Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

La marcha hacia la pira

El silencio en la trastienda de la taberna era tan denso que el crujido de las cenizas al enfriarse en el hogar sonaba como el estallido de huesos secos.

Thomas nos miraba con una mezcla de horror y lástima, aferrado al poste de madera de la escalera como si fuera el último trozo de madera flotante en un naufragio.

—Estáis locos —susurró el viejo guardia, con los labios temblorosos—.

Si cruzáis la plaza voluntariamente, Danforth no os escuchará.

No hay argumentos que valgan ante un juez que ha decidido que vuestra muerte es la única forma de devolver la paz a sus fieles.

Os encadenarán en el sótano antes de que podáis pronunciar tres palabras.

—Si nos quedamos aquí, nos cazarán como a perros dentro de unas horas —respondió Mercy, atándose con firmeza los cordones del corpiño y ajustándose una manta de lana gris sobre los hombros—.

Y si huimos al bosque, le daréis a ese tribunal la prueba definitiva de nuestra culpa.

Es hora de que Salem mire a los ojos a las sombras que creó.

No añadí nada más. Me acerqué al mostrador, tomé la pequeña bolsa de cuero donde guardaba las pocas monedas que me quedaban y me aseguré de que la daga de hierro estuviera bien oculta en el forro interior de mi casaca.

No la llevaba para defenderme de los alguaciles; la llevaba como un recordatorio de que la verdadera magia del mundo era física, fría y no respondía a los gritos de los fanáticos ni a las oraciones de los cobardes.

Le di a Thomas una palmada pesada en el hombro al pasar a su lado.

—Si no salimos de la Casa de Reuniones antes de que caiga la noche —le dije con voz firme—, coge el dinero del mostrador y vete de este pueblo. Vuelve al sur, Thomas. No dejes que la podredumbre de esta tierra te consuma a ti también.

El viejo guardia inclinó la cabeza, incapaz de mirarnos a los ojos, mientras descorría el cerrojo de la puerta principal.

Salimos a la calle. El aire de la mañana nos golpeó el rostro como una bofetada de agua helada.

La nieve de la vía principal, que horas antes había sido el escenario del desfile de los muertos reanimados, estaba pisoteada y manchada por una capa negruzca de hollín y fango congelado.

Las casas de madera permanecían en un silencio aterrorizado.

Detrás de los visillos de lona y los tablones clavados en las ventanas, intuía docenas de ojos invisibles observando nuestro paso.

La noticia de nuestra reaparición correría como la pólvora por los pasillos de Salem antes de que alcanzáramos la colina.

Caminamos por el centro de la calle, con paso firme y acompasado. No nos ocultábamos entre las sombras de los graneros ni nos pegábamos a los cercos de piedra. Éramos dos figuras oscuras recortándose contra el manto blanco de la mañana, avanzando directamente hacia el corazón de la Inquisición.

Al doblar la esquina de la herrería, la explanada de la Casa de Reuniones se abrió ante nosotros.

Las barricadas de carretas y barriles montadas por los hombres de Herrick estaban custodiadas por ocho alguaciles armados con mosquetes de chispa y chuzos de hierro.

Al vernos avanzar con tanta frialdad por la avenida principal, los guardias entraron en un pánico inmediato.

Sonaron voces de mando frenéticas, el chasquido metálico de los percutores al ser amartillados y el ruido de botas pesadas sobre la nieve dura.

—¡Alto ahí! —rugió la voz de Herrick desde detrás de un carretón volcados—. ¡En el nombre del tribunal de Massachusetts, no deis un solo paso más, felones!

Nos detuvimos a diez varas de la barricada. Elevé las manos abiertas a la altura del pecho, mostrando las palmas limpias de armas. Mercy imitó mi gesto a mi lado, manteniendo la cabeza erguida y la mirada fija en el gran edificio de madera de roble que albergaba la corte.

—No venimos a luchar, Herrick —dije con voz clara y potente, que resonó en toda la plaza desierta—. Venimos a exigir una audiencia con el juez Danforth.

Los alguaciles se miraron entre sí, desconcertados.

Estaban preparados para cazar a dos fugitivos aterrorizados en la espesura del bosque, no para recibir a las víctimas proclamadas de sus edictos caminando por su propia voluntad hacia la horca.

Herrick salió de detrás de la barricada, con la espada desenvainada en la mano derecha y una pistola de rueda en la izquierda, temblando visiblemente a pesar del frío.

—La única audiencia que tendréis será frente al verdugo, posadero —siseó el alguacil mayor, acercándose con cautela extrema, como si esperara que un enjambre de demonios fuera a brotar de nuestras sombras en cualquier segundo—.

Toda la aldea sabe lo que hicisteis en el molino.

Las niñas han hablado. Las marcas del Diablo están sobre vuestra casa.

—Las niñas mienten para no admitir el miedo que las destruye desde adentro —intervino Mercy, y su voz, fría y serena, cortó el aire de la mañana con la agudeza de un estilete—.

Y tu juez sabe que las tumbas de este pueblo no se abrieron por brujería campesina.

Llévanos dentro, Herrick. Si la ley de los hombres tiene alguna validez en esta colonia, que Danforth pronuncie la sentencia frente al pueblo entero.

Herrick tragó saliva, vacilando. Miró hacia las grandes ventanas del piso superior de la Casa de Reuniones, donde la silueta enjuta del magistrado Hathorne se atisbaba tras los vidrios plomizos.

Finalmente, el alguacil bajó ligeramente la boca de su pistola y ordenó a cuatro de sus hombres que nos rodearan con los mosquetes listos.

—Si intentáis algún truco, os coseremos a plomo antes de que piséis el primer escalón —amenazó, haciéndonos una seña para que avanzáramos.

Subimos la rampa de madera de la entrada. Las pesadas puertas de roble de la Casa de Reuniones se abrieron de par en par con un gemido prolongado de los goznes de hierro.

El interior era un templo de claustrofobia y angustia.

El aire olía a sudor rancio, a lana mojada, a cera de sebo quemada y al tufo acre del miedo reprimido.

La sala principal estaba abarrotada hasta el límite.

Decenas de vecinos, acurrucados en los bancos de pino duro, se giraron de golpe al escuchar nuestros pasos.

Un murmullo sordo, cargado de odio y pánico, recorrió la muchedumbre como un latigazo.

Al fondo de la nave, elevado sobre un estrado de madera oscura bajo el escudo de la Corona inglesa, se erguía el tribunal.

En el centro presidía el juez Danforth. Tenía la túnica negra abotonada hasta la barbilla y las manos arrugadas cruzadas sobre un enorme ejemplar de la Biblia.

A su derecha, Hathorne nos observaba con ojos inyectados en sangre y las mandíbulas apretadas.

Y a la izquierda, sentado en un banco lateral junto al reverendo Parris, el grupo de las niñas acusadoras nos esperaba.

Abigail Williams, envuelta en un manto negro, se puso de pie de inmediato al vernos cruzar el umbral.

Sus ojos se dilataron de forma grotesca y comenzó a respirar con bocanadas agudas y teatrales, preparándose para desatar la histeria que había enviado a docenas de inocentes a la colina de la horca.

—¡Allí están! —chilló la muchacha, señalándonos con un dedo tembloroso mientras convulsionaba de manera calculada—. ¡La sombra de la muchacha vuela sobre la nave! ¡Trae el aliento del bosque en sus vestidos!

El populacho estalló en gritos y condenas, pidiendo a voces la cuerda y la pira.

Avancé tres pasos hacia el centro del pasillo principal, colocándome frente al estrado del tribunal. Miré directamente a Danforth, ignorando los alaridos de las niñas y el clamor de la muchedumbre, y dejé caer la pesada verdad de nuestra presencia sobre la mesa del juez.

—Ahorraos el teatro, magistrado —dije con una voz que acalló de golpe el tumulto del recinto—.

El aquelarre de los Pinos Negros está muerto.

El invocador de Boston que levantó a los cadáveres esta noche ha sido devorado por el Atlántico.

Si queréis juzgar a alguien por la magia de este valle, juzgad a los hombres que prefirieron ignorar la verdad para mantener a este pueblo aterrorizado.