Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

La ley de los hombres

El camino de regreso a Salem fue una larga marcha a través del purgatorio.

El alba se abrió paso entre las nubes de plomo no con un destello de luz, sino con una claridad cenicienta y enferma que teñía la nieve de un gris cadavérico.

El viento del océano, que en los acantilados de la colina del cuervo aullaba como una bestia desatada, descendió hacia el valle convertido en una bruma helada que se pegaba a los pulmones, haciendo que cada inhalación doliera como si trágamos espinas de hielo.

Mercy caminaba a mi lado, apoyando su mano sobre mi antebrazo.

El cansancio físico la encorvaba, pero en sus pasos ya no había la pesadez antinatural de la marioneta que el aquelarre había controlado.

Sus pies dejaban huellas limpias en la escarcha, huellas de carne mortal, de una mujer que había recuperado el dominio de su propia sangre.

Sin embargo, ni la victoria sobre las brujas ni el derrumbe del laboratorio del alchemist traían consuelo a nuestros corazones.

Sabíamos que la monstruosidad más impredecible nos esperaba al cruzar las empalizadas de la aldea.

Al aproximarnos a las primeras fincas del sur, el silencio de Salem era sepulcral.

No se escuchaba el gallo matutino, ni el rechinar de las carretas de leña, ni el chocar de los cubos en los pozos.

Salem no dormía; se escondía. Las casas de madera alineadas a lo largo de la calle principal parecían mausoleos cerrados a cal y canto, con las ventanas bloqueadas por gruesas trancas y los quicios de las puertas marcados con cruces improvisadas de ceniza y tiza blanca.

El pánico de la noche anterior, cuando los cadáveres caminaron sobre la nieve, había calado en los huesos de los colonos de una forma que ni mil sermones del reverendo Parris podrían borrar.

El olor que flotaba en el aire ya no era la savia negra del bosque ni los ácidos del alquimista. Olía a madera quemada, a pólvora rancia y al tufo rancio de la grasa de cerdo frita con la que los vecinos intentaban iluminar sus encierros.

Avanzamos pegados a las cercas de los huertos, esquivando las calles abiertas. En la esquina del granero de los Miller, nos detuvimos al ver la carretera principal.

La plaza de la Casa de Reuniones había sido convertida en un campamento militar atrincherado.

Los hombres de Herrick habían levantado barricadas improvisadas con carretas volcadas, barriles de sal de pescado y estacas de madera afiladas.

En el centro de la explanada, donde las brasas de una gran pira aún humeaban, dos patrullas de alguaciles caminaban con los mosquetes amartillados, apuntando a cualquier sombra que la niebla proyectara contra las fachadas.

Sus rostros no mostraban la devoción austera de los puritanos; mostraban la demencia del animal acorralado.

—No buscan a las brujas —murmuró Mercy, atrayéndome hacia la penumbra del granero—. Buscan un chivo expiatorio para no volverse locos. Si ven que regresamos del exterior con las ropas rasgadas y cubiertos de hollín...

—Lo sé —asentí, apretando la empuñadura de la daga bajo el abrigo—. Danforth necesita una explicación que sus libros de leyes puedan procesar. Para él, los muertos no caminaron por la física de un ocultista de Boston; caminaron porque el Diablo fue invocado por un culpable de carne y hueso.

Nos deslizamos por el callejón trasero que conducía a la parte posterior de mi taberna.

Las paredes de roble del establecimiento se alzaban familiares y oscuras en medio de la neblina.

El rastro de ceniza que había dejado el fuego del molino días atrás aún manchaba las maderas del suelo, pero la estructura permanecía en pie, como un bastión desgastado en mitad de una tierra arrasada.

Giré el picaporte de la puerta trasera con extrema cautela y di tres golpes secos, seguidos de un chasquido suave contra la madera.

El silencio al otro lado se prolongó durante varios segundos que se sintieron como horas.

Luego, el chirrido sordo de la tranca al deslizarse rompió la tensión.

La puerta se abrió una cuarta y el rostro desencajado de Thomas apareció en la penumbra.

El viejo guardia tenía los ojos inyectados en sangre y las manos le temblaban de tal manera que apenas podía sostener el viejo mosquete que apuntaba directamente a mi pecho.

—¡Por Dios bendito, bajad la voz y entrad! —siseó Thomas, tirando de mi manga con fuerza desesperada para arrastrarnos al interior.

Cerró la puerta de golpe, pasó los tres cerrojos de hierro y se dejó caer de espaldas contra la madera, jadeando como si hubiera corrido millas.

El salón de la taberna estaba a oscuras.

Las gruesas cortinas de lona tapaban las ventanas, dejando pasar apenas unos hilos de luz grisácea que iluminaban el polvo en suspensión.

El aire olía a cerveza rancia, a la madera humedecida de las mesas y al miedo sudoroso de Thomas, que no se había quitado la casaca de la corte en toda la noche.

—Pensé que estabáis muertos —balbució el guardia, dejándose caer sobre un taburete y apoyando el mosquete contra la barra—.

Hace dos horas, una patrulla de la corte pasó por la calle principal registrando casa por casa.

Herrick ha tomado la Casa de Reuniones como fortaleza.

Tienen a más de veinte vecinos encerrados en el sótano, acusados de pacto explícito.

—¿Siguen buscando a los que caminaron? —preguntó Mercy, acercándose a la mesa del rincón y dejándose caer sobre el banco de madera con una debilidad visible.

—Los muertos que cayeron en la plaza se convirtieron en polvo de huesos antes del amanecer —dijo Thomas, mirándonos con ojos desorbitados—.

Los alguaciles intentaron moverlos para enterrarlos de nuevo, pero las articulaciones de esas cosas se deshicieron como harina seca en cuanto la luz del sol tocó la escarcha.

Danforth ha declarado que el Diablo ha sido expulsado temporalmente por la oración, pero que los invocadores siguen dentro del pueblo.

Me acerqué al mostrador, me quité el morral de cuero con el medallón envuelto y lo deposité en el fondo del arcón de roble que guardaba bajo las tablas del suelo, junto a las viejas herramientas de mi abuelo.

Cerré la madera con un golpe sordo, sintiendo que al menos por ahora, la serpiente de plata no volvería a quemar a nadie.

—¿Dijo el juez algún nombre en particular, Thomas? —pregunté, mirándolo fijamente a los ojos.

El viejo guardia tragó saliva, desviando la mirada por un segundo hacia el suelo de tablas desparejas.

—El tuyo, posadero. Y el de Mercy —admitió con voz casi inaudible—.

Abigail Williams y las niñas del reverendo Parris volvieron a tener ataques al despuntar el alba.

Gritaban en la iglesia que tu hermana nunca estuvo enferma, sino que era la vasija que trajo a la plaga desde el bosque.

Y dijeron que tú... que tú mataste a los hombres de Herrick en el molino para protegerla.

Un silencio pesado y helado cayó sobre la taberna.

Mercy no lloró ni protestó. Solo apretó los labios, fijando la mirada en las vetas de la mesa de roble.

La ironía de la verdad era una herida abierta: habíamos destruido al aquelarre de los Pinos Negros, habíamos quemado el laboratorio del alquimista que levantaba a los muertos y habíamos salvado a Salem de convertirse en un osario de ultratumba, todo en absoluto secreto.

Y nuestra recompensa por haber combatido la verdadera oscuridad era ser entregados a la horca por la ignorancia de los hombres que pretendíamos proteger.

—Hathorne ha ofrecido una recompensa de cincuenta libras de plata por la cabeza de cualquiera que os ayude —continuó Thomas, sobándose las sienes—. Están peinando las granjas del sur. No tardarán en venir a la taberna a registrar el granero y la cocina.

—Entonces nos iremos —dijo Mercy, levantando la cabeza con una firmeza repentina—.

Tomaremos el camino de las colinas antes de que cierren los pasos del norte.

No me importa el frío ni la nieve, hermano.

Prefiero morir en el bosque que darles el espectáculo de ver cómo me cuelgan en la plaza frente a una turba de cobardes.

Miré a mi hermana, luego a la puerta atrancada y finalmente a la pesada daga de hierro que descansaba sobre el mostrador.

El Acto de la magia negra y la nigromancia había terminado en las cenizas de la colina del cuervo.

Pero la verdadera pesadilla de Salem no nació en el bosque ni en las calderas de un alquimista; nació en la mente de los hombres que usaban la fe como un azote.

Si huíamos ahora, la Inquisición de Danforth seguiría devorando vidas inocentes hasta que no quedara nadie en este valle para contar la verdad.

—No vamos a huir a ciegas por el bosque, Mercy —dije, envolviendo la daga en un trozo de tela limpia y guardándola en el cinturón—.

Si la ley de los hombres busca a la bruja y al hereje, les daremos exactamente lo que piden.

Pero el juicio no se celebrará en la horca.

Se celebrará en la Casa de Reuniones, a plena vista del pueblo.