Capítulo 24
El borde de la cuna de sal
El viento del Atlántico nos golpeó de lleno en cuanto la puerta del balcón se abrió de par en par.
Era una ráfaga helada, cargada de espuma amarga y salitre, que pareció congelar de golpe el sudor y el humo que nos cubrían el cuerpo.
A cien pies por debajo de la frágil barandilla de madera, el mar embravecido se estrellaba contra los arrecifes de basalto negro, levantando columnas de agua helada que caían sobre la estructura de la mansión como una lluvia pesada y constante.
El joven erudito se mantenía de pie al borde de la cornisa, con los pies hundidos en la costra de hielo que cubría los tablones.
La ventisca le azotaba el cabello pálido contra el rostro, pero en sus ojos ya no quedaba el brillo cálculo del académico de Boston.
Había una furia ciega, la desesperación de un hombre que ve cómo la obra de su vida es consumida por aquellos a quienes consideraba simples campesinos ignorantes.
—Creéis que habéis ganado —gritó por encima del bramido del océano y el crujido de las vigas que ardían bajo nuestras botas—.
Creéis que quemando cuatro calderas y matando a tres especímenes habéis detenido el progreso.
¡Salem es solo el principio! Hay docenas como yo en Londres, en París, en Harvard...
hombres que han comprendido que la muerte es una simple variable física que podemos controlar.
—Los hombres de tu clase no controlan nada —le espeté, avanzando despacio sobre el suelo de madera del salón, sintiendo cómo las tablas temblaban con mayor violencia a cada segundo—.
Solo sembráis podredumbre para cosechar cadáveres.
Y aquí no estás en una cátedra universitaria, académico.
Estás en la tierra que devoró al aquelarre.
A nuestras espaldas, un estruendo ensordecedor sacudió la mansión.
El suelo del salón crujió y se pandeó hacia abajo.
Una densa columna de humo verdoso y chispas doradas estalló desde la escalera del sótano.
La mezcla de ácidos, azufre y resina que ardía en los calderos inferiores finalmente había alcanzado las reservas de carbón y pólvora que el invocador guardaba en la bodega.
El fuego no se propagaba como una llama común; era un incendio alquímico, furioso, que devoraba la madera impregnada de sal como si fuera paja seca.
—¡El medallón! —chilló el invocador, señalando con un dedo tembloroso el morral de cuero que me cruzaba el pecho—.
¡Entrégamelo! Es el único catalizador capaz de estabilizar la energía.
Si la mansión se derrumba con el condensador adentro, la reacción en cadena hará que la grieta del cráter se abra de nuevo. ¡ Salem entera se hundirá en la tierra!
Mercy, que se mantenía a mi lado con la cara manchada de hollín y los ojos fijos en la estructura del balcón, negó con la cabeza en un gesto seco.
—Miente, hermano —dijo con voz helada, una voz que no temblaba a pesar del vendaval—. No quiere salvar a Salem. Quiere el artefacto para huir con él. El medallón es su única prueba, el único trofeo que puede presentar ante sus patrones en el sur.
El erudito apretó los dientes, desfigurando su rostro en una mueca de rabia animal.
Con un movimiento rápido y desesperado, metió la mano enguantada en el maletín de cuero que sostenía contra el costado y extrajo un pequeño frasco de vidrio reforzado, lleno de un líquido de un color rojo brillante que resplandecía con luz propia en medio de la penumbra.
—¡Si no es mío, no será de nadie! —alzó el frasco por encima de su cabeza, amenazando con estrellarlo contra los tablones del balcón—.
Esto es nitro concentrado con esencia de los Pinos Negros.
Un solo impacto contra la roca y la cornisa entera volará por los aires. Nos iremos todos al fondo del abismo.
El pánico amenazó con paralizarme las piernas, pero la rabia que acumulaba desde la noche en que hallé a Mercy en la Casa de Reuniones fue más fuerte.
No dudé. No le di tiempo a pronunciar una sola fórmula más ni a calibrar la distancia.
Apreté el puño derecho, donde aún llevaba envuelta la pesada cadena del crucifijo de hierro. Me lancé hacia adelante, ignorando el fuego que brotaba de las grietas del suelo a mis espaldas y el crujido agónico de la madera under mi peso.
El invocador intentó arrojar el frasco hacia el suelo del salón, pero la velocidad de mi embestida lo sorprendió. Antes de que sus dedos pudieran soltar el cristal, le asesté un golpe brutal con el puño de hierro en el costado del rostro.
El sonido del impacto fue seco, acompañado por el chasquido inequívoco de la mandíbula al fracturarse.
El joven perdió el equilibrio sobre el hielo resbaladizo del balcón.
El frasco de vidrio se le escapó de la mano congelada, pero no cayó sobre la madera: salió despedido hacia el vacío, dibujando una parábola roja en la noche antes de perderse en la bruma sobre el mar.
El erudito se tambaleó hacia atrás, golpeando la frágil barandilla de madera del balcón con la espalda.
La madera, carcomida por décadas de salitre y debilitada por el calor del incendio que subía desde abajo, no resistió el impacto. Se partió en dos con un chasquido seco.
El tiempo pareció detenerse por un instante.
El joven de Boston me miró a los ojos desde el borde del abismo.
En sus pupilas ya no había teorías ni arrogancia académica; solo el terror primitivo de un hombre que comprende, demasiado tarde, que la muerte no es una fórmula en un libro, sino un monstruo sin piedad.
Extendió los brazos desesperadamente, intentando aferrarse a los faldones de mi abrigo o al marco de la puerta.
Sus dedos rozaron la tela sucia de mi manga.
Pero no extendí la mano. Me quedé inmóvil sobre la madera del salón, sosteniendo la mirada de la criatura que había profanado las tumbas de mi pueblo.
Un segundo después, el invocador cayó hacia atrás.
Su silueta oscura se recortó contra la espuma blanca del mar antes de desaparecer en la negrura de los acantilados.
Un instante más tarde, una pequeña explosión sorda, un fogonazo de luz roja y verde, iluminó la base de las rocas por una fracción de segundo, sofocada de inmediato por el rugido implacable del océano.
El silencio, denso y pesado, volvió a reinar en el balcón, roto únicamente por el crujido de la mansión que se desmoronaba.
—¡Hermano! ¡La casa se cae! —el grito de Mercy me devolvió de golpe a la realidad.
El suelo del salón cedió definitivamente en el centro.
Una llamarada verde de diez pies de altura emergió del sótano, tragándose el atril con los libros de notas, las alfombras y el mobiliario de lujo.
Las paredes de la mansión Corey comenzaron a inclinarse hacia el mar, vencidas por el fuego inferior y la erosión de la colina.
Giré sobre mis talones, agarré a Mercy de la mano y corrimos hacia la puerta de entrada principal.
Cruzamos el salón envueltos en una nube de humo sofocante y chispas que nos quemaban la piel.
Saltamos sobre las vigas encendidas que caían del techo y atravesamos el vestíbulo justo cuando el porche delantero se derrumbaba sobre sí mismo.
Nos arrojamos hacia la nieve del jardín exterior, rodando sobre el lodo congelado mientras una lluvia de brasas caía a nuestro alrededor.
Nos pusimos de pie a duras penas, tosiendo y jadeando, y corrimos hasta ponernos a salvo detrás del viejo muro de piedra seca.
Desde allí, en la penumbra del amanecer que comenzaba a despuntar sobre la costa, fuimos testigos del final de la mansión de la colina del cuervo.
La estructura de tres pisos, completamente envuelta en llamas verdes y amarillas, crujió por última vez.
La base de roca y madera cediós ante el peso del incendio y la furia del viento.
Con un estruendo seco que resonó como un trueno a lo largo de la costa de Massachusetts, el edificio entero se deslizó por la ladera del acantilado, precipitándose al vacío.
El impacto contra el mar fue monumental.
Una enorme nube de vapor, humo y chispas se elevó desde el agua helada, disipándose lentamente en la brisa salada.
En cuestión de minutos, la superficie del mar volvió a ser una masa oscura y embravecida, tragándose para siempre los laboratorios, los diagramas, las quimeras y los secretos del erudito de Boston.
Me dejé caer de rodillas sobre la nieve, apoyando las manos en el suelo para no desmayarme de cansancio. El dolor en los brazos, la mejilla cortada y el ardor en la palma de la mano izquierda me recordaban que seguía vivo.
Mercy se arrodilló a mi lado, pasándome un brazo por los hombros y apoyando su cabeza contra la mía. Respiraba con dificultad, pero la calidez de su aliento era humana, limpia.
En el morral de cuero que llevaba al costado, el medallón de la serpiente bicéfala finalmente había dejado de emitir calor. Estaba frío, inerte, tan pesado como una piedra común de cementerio.
Miré hacia el oeste, donde las primeras luces grises de la mañana iluminaban los tejados distantes de Salem.
El humo de las chimeneas de la aldea se mezclaba con la bruma del mar.
Sabía que al regresar nos encontraríamos con un pueblo aterrorizado, traumatizado por la visión de los muertos caminando por sus calles y gobernado por jueces que buscarían desesperadamente a quién culpar para expiar sus propios demonios.
Pero los monstruos que querían usar la tierra para levantar ejércitos o saldar deudas ancestrales estaban muertos.
Apreté la mano de Mercy con fuerza, me puse de pie sobre la nieve y nos preparamos para caminar de regreso a Salem, a enfrentar el juicio de los hombres.