Capítulo 23
Engranajes de carne y cobre
El primer engendro no rugió al abalanzarse sobre nosotros; emitió un chirrido espantoso, idéntico al de una rueda de molino atascada.
Era una abominación. El torso pertenecía a un hombre fornido —probablemente uno de los herreros ajusticiados la semana anterior—, pero sus piernas habían sido amputadas por encima de la rodilla y reemplazadas por las extremidades traseras de un caballo de tiro, unidas a la cadera mediante gruesos pernos de hierro y correas de cuero empapadas en resina.
De su boca destrozada asomaba un tubo de latón que le bombeaba directamente a la garganta una mezcla de ácido y savia negra, haciéndolo babear una espuma verdosa que siseaba al tocar la piedra del suelo.
Me empujé hacia la izquierda, tirando de Mercy por el brazo justo cuando la bestia se estrellaba contra el lugar donde habíamos estado parados un segundo antes. El impacto hizo temblar los frascos de cristal de las estanterías cercanas.
No hubo tiempo para respirar. La segunda quimera, más ágil y esquelética, saltó desde su mesa de disección. Tenía un brazo humano y otro que terminaba en la garra desollada de un oso, con los tendones reemplazados por gruesos cables de cobre.
Apreté la empuñadura de mi daga y le salí al encuentro. La criatura lanzó un zarpazo brutal que esquivé por centímetros, sintiendo el viento helado de las garras rozándome el rostro. Aprovechando su propio impulso, le clavé el hierro puro directamente en la caja torácica.
El efecto fue violento. A diferencia de los cadáveres comunes que colapsaban al contacto con el metal bendito, esta bestia estaba alimentada por corrientes químicas y metales pesados.
Al hundir la daga, un arco de electricidad azulada saltó desde la herida hasta mi brazo, provocándome un calambre tan agudo que me hizo soltar el arma con un grito de dolor.
La quimera se tambaleó, soltando humo negro por la herida, pero el ácido que corría por sus tubos la obligó a seguir moviéndose.
Giró sobre sí misma y me propinó un golpe ciego con el antebrazo de cobre.
Salí despedido hacia atrás, estrellándome contra una de las calderas apagadas. El aire abandonó mis pulmones de golpe. Vi borroso durante un instante, con el sabor a sangre y óxido llenándome la boca.
—¡El hierro no es suficiente para apagarlos, hermano! —gritó Mercy, agachándose para esquivar la embestida de la tercera bestia, una masa informe de carne humana y canina que se arrastraba apoyada en nudillos reforzados con placas de zinc.
Mi hermana tenía razón. El erudito no solo usaba la magia de la tierra; la había pervertido, la había blindado con ciencia. El hierro quemaba la carne muerta, pero la electricidad y el ácido seguían impulsando los músculos.
Me incorporé a duras penas, sacudiendo la cabeza para despejar la neblina.
El medallón de la serpiente bicéfala que llevaba guardado en el morral latía contra mis costillas con una fuerza salvaje, calentándose casi hasta quemarme a través del cuero.
Estaba reaccionando al festín de energía estática que inundaba el sótano.
La bestia con patas de caballo se giró hacia Mercy. La arrinconó contra un atril, preparándose para aplastarla con sus cascos herrados.
—¡Eh, monstruo! —rugí, arrancándome el pesado crucifijo de hierro del cuello, envolviendo la cadena alrededor de mi puño derecho a modo de nudillera.
Corrí hacia el engendro y le asesté un puñetazo devastador en la base del cráneo.
El impacto del hierro macizo abolló los remaches metálicos que le unían las vértebras.
La bestia soltó un chirrido metálico, trastabilló, pero en lugar de caer, giró sobre sus pezuñas y me lanzó una patada lateral que me habría partido las costillas si no hubiera logrado interponer los brazos.
Aún así, la fuerza del golpe me arrojó al suelo, deslizándome por las baldosas húmedas.
Mercy no se quedó paralizada. Mientras la bestia intentaba pisotearme, ella saltó hacia una de las grandes baterías de arcilla que palpitaban en el centro de la estancia. No usó la magia oscura que la había consumido en el pasado; usó su inteligencia pura.
Agarró uno de los gruesos frascos de cristal lleno de ácido sulfúrico destilado y lo estrelló con todas sus fuerzas contra los serpentines de cobre que bombeaban la savia negra desde los calderos principales hacia las criaturas.
El choque del ácido concentrado con la resina mágica fue inmediato.
Una llamarada de fuego verde y cegador estalló en el centro del laboratorio. Las chispas saltaron como enjambres de avispas enfurecidas, prendiendo fuego a los pergaminos y a la madera podrida de las mesas. Pero lo más importante fue que el circuito se rompió.
Al cortarse el flujo principal que unía el laboratorio con las abominaciones, las tres quimeras entraron en un espasmo generalizado.
La bestia de patas de caballo, que estaba a punto de aplastarme el cráneo, se congeló en el aire, sacudida por violentas convulsiones.
Los cables de cobre bajo su piel al rojo vivo comenzaron a derretirse, friendo la poca carne humana que aún la revestía.
Con un último silbido sordo, cayó desplomada a mi lado, convertida en un amasijo de carne chamuscada y engranajes inútiles.
Las otras dos bestias corrieron la misma suerte, colapsando sobre la piedra mientras el fuego químico comenzaba a devorar rápidamente las entrañas de la mansión.
Me puse en pie tosiendo, asfixiado por el humo acre que rápidamente llenaba el sótano. Fui hacia el cadáver del primer monstruo y arranqué mi daga de hierro de su pecho humeante. La hoja estaba manchada de un fluido negro y aceitoso, pero seguía intacta.
Mercy corrió hacia mí, tapándose la boca y la nariz con la manga de su vestido.
—Tenemos que salir de aquí. ¡Las calderas principales van a reventar! —advirtió, tosiendo por los vapores venenosos.
El sótano era un infierno verde y amarillo, pero mis ojos estaban fijos en la escalera de caracol de hierro forjado por la que había huido el invocador.
No podíamos volver por la trampilla del carbón.
Si dejábamos que el erudito escapara de nuevo, encontraría otra manera de abrir la caja de Pandora.
—¡Arriba! —ordené, tomándola de la mano libre y arrastrándola hacia los peldaños.
Subimos los escalones de dos en dos, con el rugido de las llamas químicas y los crujidos de los cristales estallando a nuestras espaldas.
Cuando alcanzamos la puerta superior de la escalera, la empujé con el hombro.
La madera cedió fácilmente, arrojándonos al gran salón principal de la mansión de la viuda Corey.
A diferencia del sótano, el piso principal era un palacio de fría y calculadora elegancia. Había estanterías repletas de volúmenes antiguos, globos terráqueos, telescopios y mapas celestes esparcidos sobre alfombras persas que parecían fuera de lugar en este rincón olvidado de Nueva Inglaterra.
Pero no nos detuvimos a admirar el mobiliario.
Al otro lado del salón, junto a unos inmensos ventanales de cristal que daban directamente al abismo del océano embravecido, estaba el académico. Se había quitado el delantal ensangrentado y estaba cerrando a toda prisa un maletín de cuero negro, metiendo frascos y pequeños libros de notas.
Al escuchar el estruendo de nuestra llegada, levantó la vista. Su rostro pálido se tensó en una mueca de desesperación absoluta al ver que habíamos sobrevivido a sus bestias de cobre y carne.
—Malditos seáis... —siseó, aferrando el maletín y retrocediendo hacia la puerta del balcón que colgaba sobre el acantilado.
—Tu laboratorio se está convirtiendo en cenizas, forastero —le grité, avanzando hacia él con la daga en alto, mientras el suelo de madera bajo nuestras botas ya comenzaba a calentarse por el incendio del nivel inferior—. No te queda nada.
El joven erudito miró hacia el humo que empezaba a filtrarse por las rendijas del suelo. Luego clavó sus ojos febriles en mí, y una sonrisa torcida, desquiciada, afloró en sus labios.
—Me subestimas de nuevo, posadero. Crees que este era mi único proyecto. Pero la verdadera obra magna no estaba en el sótano. La llevaba colgada al cuello.
Abrió la puerta del balcón de una patada, dejando entrar un vendaval helado y el estruendo salvaje del Atlántico, dispuesto a jugarse su última carta.