Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

El vientre de cobre

El borde del acantilado era un sendero diseñado para cabras o para suicidas, no para hombres en sus cabales.

Bordeamos la mansión por el flanco este, aplastando nuestros cuerpos contra los tablones ennegrecidos de la fachada para no perder el equilibrio.

A nuestra derecha, a un palmo de distancia de mis botas, la roca desnuda caía a plomo hacia el océano.

El bramido del Atlántico al estrellarse contra los arrecifes era ensordecedor, un rugido constante que vibraba en las suelas de mi calzado y hacía inútil cualquier intento de hablar.

La espuma salada subía disparada por la pared de piedra, empapándonos la ropa con una escarcha gélida que me cortaba la piel del rostro como si fueran esquirlas de vidrio.

Mercy avanzaba delante de mí. A pesar de su fragilidad física tras el exorcismo de la hondonada, se movía con la precisión de un felino, aferrándose a las salientes de la madera con dedos entumecidos pero firmes.

Su instinto la guiaba hacia la fuente de aquel calor antinatural que ambos sentíamos emanar desde los cimientos.

Al llegar a la parte trasera de la casa, donde el acantilado formaba un pequeño saliente ciego, encontramos lo que buscábamos.

Oculta bajo un alero colapsado, semisepultada por la nieve y los escombros, había una pesada trampilla doble de madera reforzada con herrajes de hierro oxidado: la vieja entrada del carbón. Un conducto directo a las entrañas del sótano.

Me arrodillé sobre el hielo, ignorando el dolor punzante en las articulaciones, y deslicé la punta de mi daga entre las dos hojas de madera.

El pestillo interior estaba echado, pero la madera de la casa Corey llevaba décadas pudriéndose bajo la sal y la humedad.

Hice palanca con todo el peso de mi cuerpo.

El hierro forjado de mi arma raspó contra el cerrojo herrumbroso con un chillido sordo, apenas audible por encima del fragor del oleaje, hasta que la madera podrida cedió con un chasquido húmedo.

Levanté una de las hojas de la trampilla.

El contraste fue brutal. Mientras que a nuestra espalda el invierno rugía con temperaturas bajo cero, del hueco oscuro ascendió una bofetada de calor sofocante y un tufo químico que me obligó a apartar el rostro y toser.

Era una mezcla nauseabunda de vinagre hirviendo, cobre caliente, carne conservada en salmuera y un rastro acre de ozono que me erizó los vellos de la nuca.

—El horno está a máxima capacidad —murmuró Mercy, asomándose al hueco—. Está destilando algo. O a alguien.

—Yo primero —le indiqué, guardando la daga y girándome para bajar con los pies por delante.

El conducto de carbón era un tobogán estrecho y resbaladizo. Me deslicé por la rampa de piedra lisa, aterrizando pesadamente sobre un montón de escoria y ceniza apelmazada en la oscuridad del sótano. Segundos después, Mercy cayó a mi lado con la agilidad de una sombra.

Nos pusimos de pie lentamente, entrecerrando los ojos para adaptarnos a la lúgubre iluminación del lugar. Lo que vimos nos dejó paralizados.

El sótano de la mansión Corey era gigantesco, abarcando toda la extensión de la planta baja, pero no tenía nada de almacén colonial. El joven académico de Boston lo había transformado en una catedral de herejía científica y ocultismo.

A lo largo de las paredes de piedra rezumante, docenas de faroles de aceite proyectaban una luz amarillenta y enfermiza.

En el centro de la estancia, sobre tres mesas de disección forjadas en hierro pesado, yacían restos que desafiaban cualquier ley de Dios y de la naturaleza.

No eran cadáveres completos, sino amalgamas grotescas.

Brazos de hombres adultos unidos a torsos de animales, cosidos con gruesos hilos de tripa y conectados mediante alambres de cobre a baterías primitivas hechas de vasijas de arcilla que burbujeaban con ácidos pestilentes.

Una red de tubos de vidrio y serpentines de latón subía desde gigantescos calderos en ebullición hacia el techo, destilando una savia negra y espesa que reconocí de inmediato.

Era la misma sustancia que había manchado la nieve del bosque de los Pinos Negros; la sangre de la tierra maldita que Mercy había purgado de sus venas.

—Estuvo en el claro... —susurré, acercándome a una de las mesas y mirando con horror el interior de un caldero—. Después de que destruyéramos el monolito, él fue allí. Ha estado recolectando la savia oscura de las raíces expuestas.

Mercy se acercó a un atril de madera tallada situado en un rincón, iluminado por un candelabro de plata.

Sobre él, había un voluminoso libro de cuero encuadernado con remaches de bronce, abierto de par en par.

Las páginas estaban atiborradas de diagramas anatómicos impecables, ecuaciones incomprensibles y bocetos detallados del monolito negro y de la fauna de Salem.

—No es un simple nigromante, hermano —dijo Mercy, pasando las páginas con la punta de los dedos, como si temiera que el papel la mordiera—.

Para el aquelarre, la magia era adoración, un trato de vasallaje con la oscuridad.

Pero para él... la magia es solo una fuente de energía.

Combustible. Está intentando aislar el principio de la vida eterna combinando la podredumbre del bosque con la conductividad de los metales.

Me acerqué a ella para mirar el diario. En la página derecha había un dibujo preciso del medallón de la serpiente bicéfala que yo llevaba guardado en el morral.

Alrededor del dibujo, anotaciones en latín describían el artefacto como un "acumulador de fluidos etéreos", diseñado para almacenar la voluntad de los muertos y canalizarla a través del tejido nervioso.

—Buscaba la perfección —una voz culta, suave, pero cargada de una frialdad homicida, resonó desde las sombras al otro lado del sótano, detrás de un enorme alambique de cobre.

Me giré de golpe, desenvainando la daga y empujando a Mercy a mis espaldas.

De entre el vapor químico y la penumbra emergió el joven del medallón.

Ya no vestía la túnica oscura con la que lo había enfrentado en el callejón.

Llevaba un delantal de cuero grueso de carnicero, manchado de fluidos impronunciables, y pesados guantes de amianto hasta los codos.

En su rostro pálido, la arrogancia de la mañana había sido reemplazada por una mueca de furia contenida y agotamiento extremo.

—Rompisteis mi conducto principal en el pueblo, posadero —dijo el erudito, avanzando con lentitud, apoyando una mano enguantada sobre la mesa de disección más cercana—.

Me obligasteis a abandonar una legión de especímenes de primera calidad.

Me robasteis el condensador focal. Pero confieso que os estoy agradecido por esta visita.

—Se acabaron tus experimentos —le solté, avanzando un paso, con el filo del hierro apuntando directamente a su garganta—.

Las tumbas de este pueblo no son tu laboratorio, y esta pesadilla termina hoy.

Entrega tus apuntes y camina hacia el acantilado, o juro por mi vida que te corto la cabeza aquí mismo.

El alquimista soltó una carcajada lúgubre que reverberó contra la piedra del sótano.

—Oh, mi rudo e ignorante amigo... —suspiró, accionando una enorme palanca de bronce oxidado que sobresalía del lateral de la mesa de disección—. ¿De verdad creías que el medallón era mi única fuente de poder? Era un instrumento para la sutileza. Pero en mi propia casa... ya no necesito ser sutil.

Un silbido agudo, como el de una locomotora a punto de estallar, llenó la estancia.

De los tubos de vidrio colgados del techo comenzó a llover una lluvia fina y chispeante de líquido verdoso. Las vasijas de ácido burbujearon con violencia, y una corriente de energía estática erizó el cabello de mi nuca.

Sobre las tres mesas de hierro, los amasijos de carne cosida, huesos y metal comenzaron a convulsionar de forma violenta y errática.

Los cables de cobre se tensaron, chisporroteando con luz azulada.

No estaba reanimando hombres esta vez. Había creado quimeras de pesadilla, bestias forjadas para descuartizar, y acababa de encender el interruptor de su furia.

—La ciencia requiere sacrificio —murmuró el invocador, retrocediendo hacia la escalera de caracol que subía al interior de la mansión—. Destrozadlos.

Las tres abominaciones se arrancaron los arneses de cuero que las sujetaban a las mesas con un estallido de fuerza brutal, y fijaron sus ojos lechosos y deformes directamente en nosotros.