Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

La mansión del acantilado

Envolvimos el medallón de la serpiente en tres capas de cuero grueso curtido, atándolo con un cordel de cáñamo que empapé en cera de vela para sellarlo.

Aun así, al guardarlo en el morral que me crucé al hombro, podía sentir un calor sordo y persistente latiendo contra mis costillas, como si llevara un carbón encendido que se negaba a extinguirse.

Dejamos a Thomas a cargo de la taberna. El viejo guardia estaba aterrado, pero sabía que salir a las calles en medio del caos que reinaba en la plaza era una sentencia de muerte segura.

Le ordené atrancar todas las puertas, no encender la chimenea para no delatar que el edificio estaba ocupado, y mantener cargado un viejo mosquete que guardaba tras la barra.

Si los hombres de la corte o los vecinos enloquecidos intentaban entrar, él debía fingir que estaba requisando el lugar en nombre del juez Danforth.

Mercy y yo nos deslizamos por la puerta trasera antes de que el sol de la mañana lograra perforar del todo la niebla espesa.

Evitamos los caminos principales. Salem era un hervidero de pánico y confusión.

A lo lejos, aún se escuchaban los gritos histéricos de la multitud y los rezos a gritos de los alguaciles en la explanada de la Casa de Reuniones, intentando encontrarle un sentido teológico a los cadáveres que se negaban a pudrirse en paz.

Les dejamos su locura. Nuestra guerra se había trasladado a otra frontera.

Tomamos el sendero de los contrabandistas, una ruta estrecha y traicionera que bordeaba los campos yermos del sur y se adentraba en la geografía más cruda de la costa.

A medida que nos alejábamos del valle y del influjo opresivo de los Pinos Negros, el paisaje mutaba.

Los árboles altos y retorcidos daban paso a matorrales espinosos y rocas de basalto afiladas como cuchillos.

El hedor a turba y hojas muertas fue reemplazado por el olor punzante a salitre, yodo y pescado podrido.

El viento del océano Atlántico no soplaba; golpeaba. Ráfagas heladas y cargadas de humedad nos azotaban el rostro, cristalizando el sudor en mis pestañas y haciendo que el grueso abrigo de lana pareciera de papel.

—Ese forastero eligió bien su guarida —dijo Mercy, alzando la voz por encima del rugido del oleaje que comenzaba a escucharse a nuestra derecha—.

La colina del cuervo es tierra estéril. Ni las raíces del aquelarre llegan tan lejos, ni los alguaciles de Herrick patrullan estos peñascos.

Aquí está aislado de la magia antigua y de las leyes de los hombres.

Asentí, apretando el paso por el sendero ascendente. A nuestra derecha, a casi cien pies de caída vertical, el mar invernal se estrellaba contra los acantilados con una furia de espuma gris y agua negra. A nuestra izquierda, en la cima del promontorio de roca pelada, se erguía nuestro destino.

La mansión de la viuda Corey.

Era una estructura lúgubre, construida décadas atrás por un comerciante de ballenas que enloqueció mirando el horizonte.

Tenía tres pisos de madera ennegrecida por la sal y el abandono, rematados por un tejado de pizarras caídas que le daba el aspecto de una bestia escamosa encogida contra el viento.

Las ventanas estaban tapiadas con tablones podridos, pero la propiedad no estaba muerta.

Nos agachamos tras un muro bajo de piedra seca que delimitaba el antiguo jardín frontal.

A diferencia de la podredumbre orgánica del bosque, aquí el aire olía a algo antinatural.

Un rastro acre y metálico, como cobre quemado mezclado con vinagre y cal viva, flotaba en la brisa salada.

Provenía de la chimenea principal de la mansión, que exhalaba una delgada e incesante columna de humo amarillo.

—Química —susurró Mercy, arrugando la nariz con asco—. No es la sangre de la tierra lo que hierve ahí adentro. Son metales, ácidos y alquimia. Está forzando la materia.

Me asomé por encima del muro para estudiar el terreno. El jardín era un caos de malas hierbas congeladas, pero lo que me heló la sangre fue el perímetro de la entrada.

Distribuidos en un semicírculo perfecto alrededor del porche principal, había cinco postes gruesos de madera clavados en la tierra helada.

De cada poste colgaba un cadáver de animal.

No eran ofrendas rústicas ni tótems de brujería como los cráneos de ciervo del cráter; eran perros salvajes y ovejas, pero sus cuerpos estaban abiertos en canal con una precisión quirúrgica.

Sus vísceras habían sido extraídas, y en su lugar, el interior de los vientres estaba repleto de extraños alambres de cobre y láminas de zinc, conectados a las cabezas mediante cuerdas bañadas en una resina negra.

—Ha estado practicando —dije, sintiendo una náusea profunda revolviéndome el estómago—. Antes de ir al camposanto a levantar a los hombres colgados por Danforth, perfeccionó su técnica de reanimación con las bestias de la costa. Las usa como antenas para canalizar la energía residual.

—Y como centinelas —añadió mi hermana, señalando hacia los postes—. Mira las cuencas de los animales, hermano.

Fijé la vista. A través de la niebla y la bruma salada, vi que los ojos muertos de los perros no estaban mirando al vacío.

Sus cabezas estaban orientadas exactamente hacia la única puerta de acceso de la mansión.

Si algo o alguien alteraba el campo de energía que conectaba aquellos metales, el invocador, en el interior, lo sabría al instante.

No podíamos entrar por el frente sin anunciar nuestra llegada.

—Tiene que haber una entrada de servicio. Una bodega o un acceso para descargar el carbón —murmuré, retrocediendo para mantenernos ocultos tras la pared de piedra.

—Si es un alquimista, su laboratorio no estará en los pisos superiores —razonó Mercy, pegándose a mi costado para protegerse de la ráfaga de viento cortante—.

El humo de la chimenea no viene de un fuego de leña.

La fuente de calor tiene que estar en los sótanos, donde el suelo de roca pueda soportar el peso de calderos e instrumental pesado.

Saqué la daga de hierro del cinto. El metal estaba helado, pero su solidez me reconfortaba.

—Vamos a bordear el acantilado y buscar la ventilación del sótano —decidí, mirándola a los ojos.

En ellos ya no quedaba rastro de la víctima asustada del calabozo de Hathorne, sino la fría determinación de alguien que había mirado al abismo y le había escupido en la cara—.

Si logramos entrar por abajo, quemaremos su nido de serpientes antes de que tenga la oportunidad de invocar a más muertos.

Comenzamos a movernos arrastrándonos sobre la nieve dura y las rocas de sal, dándole la espalda al pueblo de Salem para enfrentarnos al progreso de una ciencia oscura que no conocía la piedad.

Cada paso hacia la cornisa del acantilado nos ponía a merced del viento huracanado, pero el verdadero abismo nos esperaba bajo los cimientos de madera podrida de la mansión.