Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

El peso de la plata maldita

El callejón quedó sumido en un silencio denso y antinatural, roto únicamente por el silbido del viento invernal al colarse entre los tablones podridos del granero municipal.

Me quedé de pie en el fango helado, con el pecho subiendo y bajando erráticamente mientras el aliento se me escapaba en nubes de vapor blanco.

A mis pies, los dos cadáveres que segundos antes intentaban estrangularme no eran más que un amasijo grotesco de huesos quebrados, carne desecada y tela mugrienta.

Sin el control del invocador, la energía residual que los animaba se había evaporado como el humo de una vela apagada.

El hedor a tierra de camposanto y podredumbre, sin embargo, permanecía, adhiriéndose a la lana de mi abrigo y al fondo de mi garganta con una persistencia nauseabunda.

Abrí lentamente la mano izquierda. La palma me ardía con una intensidad feroz.

El medallón de la serpiente bicéfala descansaba sobre mi piel sudorosa.

No estaba hecho de simple plata forjada; el metal irradiaba un calor febril, pulsando con un ritmo lento y sordo que parecía querer acompasarse con los latidos de mi propio corazón.

Las dos cabezas de la serpiente, finamente talladas, parecían retorcerse bajo la escasa luz de la mañana, devorándose la una a la otra en un ciclo infinito.

No era un amuleto puritano ni una reliquia de los Pinos Negros.

Era una pieza de ingeniería oculta, un artefacto diseñado con precisión quirúrgica para usurpar, almacenar y redirigir la magia cruda que había quedado a la deriva tras la destrucción del monolito.

El dolor en mi mano se volvió insoportable.

Arranqué un trozo de tela de la manga rasgada de uno de los cadáveres y envolví el medallón con él, aislándolo del contacto directo con mi piel antes de guardarlo en el bolsillo más profundo de mi casaca.

Sentí su peso contra mi cadera, un ancla de plomo que amenazaba con arrastrarme hacia una locura diferente a la del aquelarre.

Recogí la daga de hierro del suelo, limpié el fango de la hoja contra mi pantalón y me asomé al borde del callejón.

El caos en Salem no se había disipado con la huida del erudito, pero su naturaleza había cambiado.

Al romperse el vínculo que controlaba a la legión de muertos, los cadáveres que marchaban hacia la plaza principal debían haber colapsado, al igual que los que yacían a mis pies.

Sin embargo, el terror psicológico ya había hecho su trabajo.

Me deslicé pegado a las fachadas de madera, avanzando con paso sigiloso a través de la densa niebla que ahora cubría la calle principal.

El escenario era desolador. Las carretas estaban volcadas, esparciendo manzanas congeladas y leña por el lodo ensangrentado.

Las puertas de las casas permanecían cerradas a cal y canto, pero desde su interior se escuchaban los rezos frenéticos de familias enteras, suplicando a un Dios que parecía haber abandonado este valle mucho antes de que se construyera la primera iglesia.

Al acercarme a la plaza de la Casa de Reuniones, me oculté tras el grueso tronco de un olmo centenario. Desde allí, la vista era el retrato mismo del colapso puritano.

En el centro de la explanada, media docena de los ajusticiados yacían inertes sobre la nieve pisoteada, convertidos de nuevo en cadáveres inofensivos.

Pero la guardia de la corte estaba destrozada.

Los hombres de Herrick corrían de un lado a otro con los mosquetes aún humeantes, gritándose órdenes contradictorias, disparando a las sombras y a los perros callejeros, presa de un pánico ciego.

En la escalinata de la Casa de Reuniones, flanqueado por alguaciles temblorosos, estaba el juez Danforth.

Su habitual postura de autoridad divina había desaparecido.

Tenía el rostro ceniciento, el capote desabrochado y la peluca empolvada torcida sobre la frente.

A su lado, Hathorne miraba los cadáveres inertes en el centro de la plaza con los ojos muy abiertos, murmurando letanías incoherentes.

Habían visto a los muertos caminar. Habían visto cómo el plomo de sus armas no servía de nada contra el castigo que ellos mismos habían desenterrado.

Su fe, su sistema de leyes, su inquebrantable certeza de ser los elegidos...

todo se había resquebrajado ante el peso de una verdad que no cabía en sus biblias.

Podría haber salido de las sombras en ese mismo instante. Podría haberles gritado que el verdadero enemigo no era Satanás, sino un joven académico con ambiciones retorcidas. Podría haberles arrojado el medallón a los pies.

Pero conocía a mi pueblo demasiado bien.

Si me veían allí, cubierto de barro y sangre, sosteniendo un artefacto de magia oscura, no verían a un salvador.

Verían a la explicación perfecta para su terror.

Verían a la bruja que necesitaban quemar para sentir que retomaban el control.

El fanatismo no busca respuestas lógicas; busca combustible.

Di un paso atrás, fundiéndome nuevamente con la niebla espesa, y emprendí el camino de regreso por los callejones traseros.

Cada sombra me parecía el eco del invocador; cada crujido del hielo bajo mis botas sonaba como el chasquido de un hueso reanimándose.

La adrenalina de la pelea comenzaba a abandonarme, dejando en su lugar un agotamiento físico y mental que me pesaba en los hombros como una losa de granito.

El frío del invierno penetraba por los desgarros de mi abrigo, entumeciendo mis dedos alrededor de la empuñadura de hierro.

Mi mente, sin embargo, trabajaba a una velocidad vertiginosa.

El usurpador había huido, pero sabía que yo tenía su catalizador.

Había invertido demasiado tiempo y energía en Salem como para marcharse con las manos vacías.

Volvería. Y esta vez, no subestimaría la resistencia del tabernero local.

Al llegar a la parte trasera de mi establecimiento, di tres golpes secos y uno espaciado contra la madera, la señal que habíamos acordado. El crujido de los cerrojos al descorrerse fue el sonido más dulce que había escuchado en horas.

La puerta se abrió lo justo para permitirme entrar y se cerró de golpe a mis espaldas.

Thomas seguía allí, pero había dejado el rincón y sostenía una pesada vara de roble con manos temblorosas. Mercy me esperaba junto al mostrador, iluminada únicamente por la luz mortecina de una vela de sebo. Al verme, soltó el aire que parecía haber estado conteniendo desde que me marché.

—Estás vivo —susurró, acercándose rápidamente para examinarme el rostro—. Las campanas callaron hace un rato y luego solo hubo disparos. Pensé que te habían acorralado en la plaza.

—Casi lo hacen, pero no fueron los jueces —respondí, caminando con pesadez hacia la barra y dejándome caer sobre uno de los taburetes.

Me quité el abrigo empapado y lo arrojé a un lado—.

El invocador controlaba a los muertos desde las sombras del granero municipal.

Quería marchar sobre la corte y desatar una masacre a plena vista.

—¿Lo detuviste? —preguntó Thomas, acercándose con cautela, sus ojos fijos en la sangre seca que manchaba mis manos.

—Le corté los hilos —dije. Metí la mano en el bolsillo de mi casaca, saqué el fardo de tela sucia y lo deposité con un golpe sordo sobre la madera de roble del mostrador.

El tejido se deshizo lentamente, revelando el medallón de plata de la serpiente bicéfala. A pesar de haber estado envuelto, la madera del mostrador bajo el artefacto comenzó a emitir un leve siseo, como si estuviera en contacto con un hierro candente.

Mercy contuvo el aliento. Se acercó a la barra, inclinándose sobre el medallón, pero sin atreverse a tocarlo.

Sus ojos perdieron el enfoque por un segundo, y vi cómo sus pupilas se dilataban al percibir la resonancia de la magia que el metal albergaba.

Su conexión previa con el aquelarre la había dejado hipersensible a las corrientes oscuras que surcaban nuestro mundo.

—Esto... esto no es magia de la tierra, hermano —murmuró Mercy, y su voz adquirió un tono clínico, cargado de un miedo nuevo y profundo—. Esto es una jaula. Está diseñado para absorber la esencia de la vida y pervertirla. El metal está sediento.

—Lo sé. Me quemó la mano al arrancárselo del cuello —respondí, masajeándome la palma izquierda, donde la piel había quedado enrojecida y dolorida—. Mientras él tuviera esto, podía dirigir la energía libre del bosque hacia los cadáveres. Ahora lo tengo yo. Pero no sé cómo destruirlo.

Mercy levantó la vista del medallón y me miró directamente a los ojos. La luz de la vela proyectaba sombras afiladas sobre su rostro, endureciendo sus facciones.

—No se puede destruir con un martillo ni fundiéndolo en la fragua, porque el metal es solo el recipiente —explicó, cruzándose de brazos—.

Si el fuego de la chimenea no sirve y el hierro solo lo hiere, necesitamos algo que rompa la alquimia desde adentro.

Ese muchacho de Boston... es un hombre de ciencia oculta.

Ha estudiado los principios de la vida y la muerte en libros que nosotros ni siquiera podemos imaginar.

Si queremos acabar con él y con su maldita obra, no podemos hacerlo en las calles de Salem persiguiendo fantasmas.

—¿Entonces qué propones? —pregunté, sintiendo que una nueva pesadilla apenas comenzaba a perfilarse en el horizonte.

—Tenemos que ir a donde guarda sus respuestas —sentenció Mercy, con una determinación feroz que me recordó que seguía siendo la mujer que había desafiado al Diablo para salvarme la vida—.

Un académico arrogante no viaja sin sus grimorios, sus mapas y sus registros.

Tiene que haber establecido un estudio, un laboratorio donde preparó este artefacto antes de venir a las tumbas.

Thomas, que escuchaba la conversación desde atrás, palideció aún más.

—El forastero de terciopelo... —balbució el viejo guardia, señalando hacia el sur—.

Cuando llegó a Salem, no alquiló una habitación en la taberna del puerto ni en las posadas del centro.

Le pagó una suma exorbitante a la viuda de Corey para instalarse en la mansión abandonada de la colina del cuervo, a las afueras.

Dijo que necesitaba aislamiento para sus estudios sobre las mareas.

Mercy y yo nos miramos. La colina del cuervo.

Una propiedad lúgubre, apartada de las rutas de vigilancia de los jueces y rodeada por acantilados escarpados que caían a pique sobre el Atlántico helado.

El lugar perfecto para que un usurpador de tumbas tejiera su red de pesadillas lejos de las miradas curiosas.

—Entonces ya sabemos cuál es nuestro próximo destino —dije, empuñando de nuevo la daga de hierro y sintiendo cómo el cansancio se transformaba en una fría y oscura voluntad de sobrevivir—.

El invocador ha perdido su catalizador, está herido y vulnerable.

Vamos a hacerle una visita antes de que encuentre otra forma de encender la chispa.

Y esta vez, le quemaremos la casa hasta los cimientos.