Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

El filo del acero y la ciencia de la muerte

El joven invocador esbozó una sonrisa cortés, elevando la barbilla con una suficiencia que me revuelve las tripas.

A su señal, los dos cadáveres reanimados que bloqueaban el callejón dieron un paso al frente al unísono, arrastrando los pies sobre la nieve empapada de fango.

Sus ojos blancos reflejaban la pálida luz de la mañana con una fijeza vacía.

No esperé a que terminara su monólogo académico.

Si algo me había enseñado la breve y brutal historia de los últimos días, era que los hombres que confían demasiado en sus propias palabras suelen descuidar el terreno.

En lugar de retroceder, me lancé directamente hacia adelante, esquivando al primer cadáver con un giro cerrado que me dejó a escasos centímetros de su costado rígido.

El muerto intentó agarrarme con garras heladas, pero hundí la punta de la daga de hierro en su articulación del hombro.

El metal puro siseó contra la carne descompuesta, liberando una bocanada de humo negro y pestilente que hizo tambalearse a la criatura.

—¡Imbécil! —exclamó el erudito, perdiendo por un segundo la compostura mientras su sonrisa se torcía en una mueca de fastidio—. ¡No sabes manipular las variables!

El segundo cadáver se abalanzó sobre mí con una velocidad inesperada, derribándome contra la pared de madera del granero municipal.

El impacto me sacó el aire de los pulmones, y el frío de la túnica del muerto me quemó la piel a través del abrigo.

Luché con cada gramo de fuerza que me quedaba, usando la empuñadura de la daga para bloquear las manos reanimadas que intentaban cerrarse alrededor de mi garganta.

El hedor a tierra de cementerio y putrefacción era tan denso que me nublaba la vista.

Pero el invocador cometió el error clásico de los teóricos: creía que sus marionetas eran invencibles.

Con un esfuerzo supremo, logré liberar mi brazo derecho y clavé el talón de mi bota en la rodilla del cadáver.

La articulación cedió con un crujido seco de cartílago viejo.

El cuerpo perdió estabilidad y se desplomó sobre el fango, arrastrándome con él.

De inmediato, rodé sobre la nieve, me puse de pie de un salto y, con el corazón martillándome las sienes, fijé la mirada en el verdadero blanco.

El joven del medallón de la serpiente bicéfala levantó las manos, murmurando una letal salmodia en un latín corrompido, intentando invocar la energía oscura para frenarme. Pero ya estaba demasiado cerca.

Me abalancé sobre él como un animal acorralado, ignorando el frío y el cansancio. No intenté apuñalarlo; en su lugar, lancé un manotazo directo a su pecho, mis dedos cerrándose con fuerza alrededor del pesado medallón de plata que colgaba de su cuello.

Con un tirón violento, rompí la cadena de plata.

El efecto fue instantáneo y devastador para el ritual.

El invocador dejó escapar un grito agudo, llevándose las manos al pecho como si le hubieran arrancado la piel viva.

Los dos cadáveres que se arrastraban hacia mí se detuvieron en seco a mitad del movimiento, temblaron violentamente y, con un suspiro de aire viciado, se derrumbaron sobre el suelo convertido en simples montones de huesos y trapos inútiles.

El joven retrocedió tropezando, pálido como un espectro, con los ojos desorbitados de terror al ver su control desvanecerse en segundos.

—Tus fórmulas no sirven de nada aquí, forastero —le espeté, avanzando hacia él con la daga de hierro apuntando a su garganta, mientras el medallón de la serpiente quemaba mi propia palma con un calor febril—. Esto es Salem. Aquí los muertos se quedan en la tumba.

El invocador tragó saliva, tambaleándose al borde del callejón. Miró el medallón en mi mano, luego el filo de la daga, y comprendió que había subestimado no solo al pueblo, sino al peso de la sangre que lo habitaba.

Sin mediar palabra, dio media vuelta y huyó cojeando hacia la niebla de los campos del oeste, abandonando su obra y dejando atrás el eco de sus propias mentiras.

Pero sabía que no se había ido para siempre. El vacío en Salem seguía abierto, y la verdadera batalla por el alma del pueblo apenas comenzaba.