Capítulo 18
El desfile de los condenados
El sonido de la campana no era solo un llamado de alarma; era un lamento de metal que parecía rasgar el cielo plomizo de Salem.
—Quedaos aquí, cuiden la puerta —ordené con voz seca, ajustándome la bufanda al cuello y tomando la pesada daga de hierro del mostrador.
—No puedes ir solo a la plaza, hermano —exclamó Mercy, dando un paso al frente con el rostro contraído por la preocupación—. Lo que ese estudiante de ocultismo ha soltado en las calles no es una turba de aldeanos asustados. Ha abierto las compuertas de la tumba. Si te ven...
—Si me quedo aquí esperando a que rompan las puertas de la taberna, no habrá a dónde huir —le corté con firmeza, colgándome el crucifijo de hierro por fuera de la casaca—. Thomas, mantén los cerrojos puestos. Si para el amanecer no he vuelto, huyan hacia el sur por el camino del molino.
Sin esperar réplica, descorrí los pasadores y me deslicé al exterior.
La atmósfera en la calle principal era un cuadro sacado de una pesadilla dantesca.
La niebla matutina, mezclada con el humo denso de las chimeneas y el vaho de decenas de personas aterrorizadas, reducía la visibilidad a unos pocos metros.
Los vecinos corrían en desbandada de un lado a otro, chocando contra las paredes de las casas, dejando caer barriles y cestas de provisiones en el fango helado.
Puertas y contraventanas se cerraban de golpe con estrépito, aseguradas con trancas de madera que ya no ofrecían ninguna protección real.
Pero lo que hacía enloquecer de terror a la multitud no era el caos humano. Eran ellos.
Avanzando desde el extremo norte de la calle, donde el camino se conecta con el antiguo camposanto de la iglesia, marchaba una procesión silenciosa y macabra.
Eran al menos una docena de figuras envueltas en sudarios grises y ropas de verdugo.
Los rostros descoloridos, con los ojos blancos y vacíos fijos en el horizonte, avanzaban con una coordinación mecánica, implacable.
Entre ellos reconocí al viejo granjero Miller, colgado tres días atrás por orden del juez Danforth, y a varios de los vagabundos que habían muerto de frío en las zanjas del pueblo durante el apogeo de las heladas.
No emitían gritos ni gemidos; solo el chasquido seco de sus articulaciones al moverse y el arrastrar pesado de los pies descalzos sobre la nieve ensangrentada.
—¡Apartaos! ¡En el nombre de Dios, apartaos! —chillaba un alguacil de la corte, disparando su mosquete a quemarropa contra el frente de la columna.
El fogonazo iluminó la niebla con un destello anaranjado.
El plomo impactó de lleno en el pecho del primer reanimado, haciéndolo tambalearse un instante.
Pero el muerto no cayó. La herida no sangró; solo exhaló una bocanada de polvo seco y ceniza.
El cadáver continuó su marcha sin alterar el paso, alcanzó al aterrorizado alguacil y lo agarró del cuello con una fuerza sobrehumana, levantándolo del suelo como si fuera de paja antes de arrojarlo contra el fango.
Me pegue al lateral de la fachada de la herrería, conteniendo la respiración, con la mano aferrada al mango de la daga de hierro.
El plan del joven erudito con el medallón de la serpiente bicéfala era evidente y devastador.
No necesitaba destruir Salem mediante un ataque frontal de monstruos; le bastaba con usar los cadáveres de los ajusticiados por la propia Inquisición para demostrar que la justicia de los jueces era impotente ante la verdadera muerte.
En cuestión de horas, el pánico haría que el pueblo entero se destruyera a sí mismo.
A lo lejos, en dirección a la plaza de la Casa de Reuniones, las campanas de la iglesia finalmente enmudecieron, reemplazadas por gritos agónicos y el redoblar frenético de tambores improvisados.
Me moví entre las sombras de los callejones laterales, esquivando a los vecinos despavoridos que corrían hacia los campos abiertos.
Sabía que si quería cortar la cabeza de esta serpiente, tenía que encontrar al titiritero.
Y el único lugar desde donde se podía dirigir un espectáculo de esta magnitud, con vista directa a la plaza y a la corte, era el campanario de la iglesia.
Apreté el paso, doblando la esquina del granero municipal, cuando una figura emergió de la neblina a pocos metros de mí, bloqueando el camino hacia la colina de la iglesia.
Era un hombre joven, de piel translúcida y venas azuladas en los pómulos. Llevaba la túnica oscura ligeramente alzada para evitar el fango, y sobre el pecho, colgando con orgullo, brillaba el medallón de la serpiente bicéfala.
—Vaya, vaya... el posadero curioso —dijo el invocador con una sonrisa cortés, casi académica, mientras a su espalda dos de los cadáveres reanimados bloqueaban la retirada—.
Debo admitir que subestimé tu tenacidad.
Destruiste el monolito de las brujas y ahora pretendes arruinar mi tesis sobre la reanimación de la materia inorgánica.
Saqué la daga de hierro del cinto, apuntando con la punta brillante hacia su pecho.
—Tus experimentos se van a terminar aquí, forastero —le advertí, sintiendo que la rabia me quemaba en la garganta—. No vas a convertir este pueblo en tu cementerio privado.
El joven soltó una carcajada suave, desprovista de humor, mientras sus ojos brillaban con una fría ambición intelectual.
—¿Privado? Qué error de perspectiva, posadero —respondió, abriendo los brazos en un gesto teatral hacia el caos que asolaba Salem—.
Yo no hago esto por ambición personal. Estoy abriendo los ojos de esta miserable colonia a la verdadera ciencia de la eternidad.
Y tú vas a ser el primero en comprobar lo bien que se aprende la lección... cuando estás del otro lado de la tumba.