Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

La serpiente en la sombra

Corrí los tres cerrojos de la puerta trasera con una violencia tal que la madera crujió bajo la presión.

Thomas seguía acurrucado junto a la chimenea apagada, tiritando y con los ojos vidriosos, completamente fuera de sí.

Mercy, en cambio, se había puesto de pie de inmediato al verme entrar, con el rostro tenso y las manos apretadas en los pliegues de su falda.

—¿Qué has encontrado ahí fuera? —preguntó ella en un susurro urgente, acortando la distancia entre nosotros—. Tu cara... estás sangrando.

Me pasé el dorso de la mano por la mejilla, rozando el corte superficial que me había hecho el haz de energía del invocador.

—No son los jueces —le contesté, dejando caer la pesada daga de hierro sobre el mostrador—.

Tampoco es el viejo aquelarre. Alguien ha ocupado su lugar.

Encontré a un joven, apenas un muchacho con ínfulas de erudito, usando símbolos extraños y controlando los cadáveres de los ajusticiados como si fueran marionetas de madera.

Mercy frunció el ceño, procesando cada palabra. Sus ojos oscuros se ensancharon ligeramente al escuchar la descripción de los métodos del intruso.

—¿Un joven? —repitió, ladeando la cabeza—. Los aquelarres del bosque no aceptaban hombres, y menos aún con la formación que describes. La magia de los Pinos Negros era visceral, salvaje, nacida de la tierra misma. Lo que relatas suena... clínico. Calculado.

—Llevaba un medallón al cuello —añadí, apoyando las manos en la madera fría del mostrador—.

Una serpiente bicéfala. No era rústico como los cráneos de ciervo de las brujas.

Era metal fino, grabado con precisión de orfebre.

Me dijo que nosotros rompimos el equilibrio al destruir el monolito, y que ahora él iba a recoger las piezas.

Thomas dejó escapar un gemido ahogado desde el rincón.

—La serpiente... —balbució el viejo guardia, enterrando el rostro entre sus manos—.

He visto ese símbolo antes. Hace un mes, un hombre llegó de Boston en el carruaje del correo.

Vestía casaca de terciopelo oscuro, a pesar del frío, y se reunió en secreto con el magistrado Hathorne en los altos de la taberna del puerto.

Decía ser un enviado especial de la Real Sociedad, interesado en las "anomalías naturales" de la región.

El aire de la estancia pareció volverse aún más gélido.

Las piezas comenzaron a encajar en mi mente con la precisión de un mecanismo macabro.

Los jueces de Salem no solo estaban cegados por su propio fanatismo religioso; estaban siendo manipulados desde fuera.

Mientras Hathorne y Danforth creían liderar una cruzada divina contra la brujería, un erudito de las altas esferas —un ocultista con pergaminos de las academias europeas— se había infiltrado en la colonia para aprovechar el caos, apoderarse de la energía desatada por la caída del monolito y construir su propio ejército de ultratumba.

—No busca purgar el pueblo —dijo Mercy, con una frialdad repentina en la voz—. Busca cosecharlo. Si controla a los muertos que la Inquisición manda a la horca, en pocas semanas tendrá una fuerza imparable bajo su mando, oculta a plena vista mientras los jueces siguen firmando sentencias de muerte.

—Tenemos que detenerlo antes de que mueva ficha en el pueblo —repliqué, tomando la daga de hierro y guardándola de nuevo en el cinto—.

Si ese hombre usa a los reanimados en medio de una sesión de la corte, Salem entero caerá en una masacre de la que nadie saldrá vivo.

Y nosotros seremos los primeros a los que culpen.

—No puedes ir a cazarlo a ciegas por los callejones, hermano —advirtió Mercy, dándome un paso al frente y tomando mi muñeca con firmeza—.

Si tiene la capacidad de levantar cadáveres con precisión académica, el granero de los Putnam era solo su laboratorio de pruebas.

El verdadero ritual lo está preparando en otro lugar.

Un sitio donde la tierra esté tan cargada de muerte como el cráter de los Pinos Negros.

Antes de que pudiera responderle, un sonido seco, metálico y ensordecedor retumbó a lo lejos, cortando el aire de la madrugada.

El campanazo de la iglesia.

No era el tañido solemne y pausado que llamaba a la corte de los juicios.

Era un repique frenético, irregular, desesperado, que doblaba sin tregua desde la colina.

Al mismo tiempo, gritos ahogados y alaridos de terror comenzaron a filtrarse a través de las rendijas de las ventanas de la taberna, rompiendo el silencio de la aldea.

Thomas se levantó de un salto, aterrorizado, mirando hacia la puerta principal como si esperara que fuera a estallar en cualquier momento.

—Ha empezado —susurré, apretando los dientes y empuñando el crucifijo de hierro bajo la camisa—. El usurpador ha movido a los muertos hacia el corazón del pueblo.