Capítulo 16
El usurpador de tumbas
El crujido de una brizna de paja seca bajo mi bota sonó en el granero con la fuerza de un trueno.
Las palabras de la figura encapuchada se cortaron de golpe.
El silencio que siguió fue absoluto, tan denso que pude escuchar el aleteo frenético de mi propio corazón contra las costillas.
Los tres cadáveres reanimados detuvieron sus movimientos mecánicos.
Al unísono, con una sincronización grotesca y antinatural, giraron sus rostros descoloridos hacia la puerta del granero, fijando sus ojos blancos y vacíos exactamente en la rendija oscura donde me ocultaba.
—Hay un invitado no deseado en la puerta —susurró la voz rasposa de la figura, sin volverse todavía—. Los cuervos graznan demasiado alto esta noche.
No esperé a que los muertos me alcanzaran.
Di un paso al frente, empujando la puerta de madera con el hombro, y me lancé al interior del granero con la daga de hierro por delante.
Tenía el factor sorpresa de mi lado, o al menos eso creía.
Antes de que pudiera cruzar los pocos metros que me separaban del círculo de tierra, una ráfaga de aire helado me golpeó el pecho, levantando una nube de polvo y paja que me cegó por completo.
Tropecé, agitando los brazos para no perder el equilibrio, y caí de rodillas sobre la tierra batida.
—Un tropezón torpe para alguien que espía donde no debe —dijo la figura.
La túnica oscura giró con lentitud. Cuando el misterioso invocador se dio la vuelta, el resplandor violáceo que brotaba de las marcas en el suelo iluminó su rostro.
No era una anciana arrugada como las del viejo aquelarre, ni una de las vecinas piadosas de Salem.
Era un hombre joven, de apenas veinte años, con la piel tan translúcida que las venas azules se le marcadaban bajo los pómulos.
Sus ojos, en lugar de cuencas vacías o miradas salvajes, brillaban con una fría ambición académica.
Llevaba al cuello un medallón de plata grabado con una serpiente bicéfala que no pertenecía a la iconografía del bosque.
—¿Quién eres? —le exigií, incorporándome despacio, con el hierro bien firme en la mano derecha—. ¿Qué haces profanando las tumbas de Salem?
El joven sonrió con suficiencia, cruzando las manos bajo los amplios pliegues de su túnica.
—¿Profanar? Qué término tan vulgar, posadero —respondió, y su acento no era el de los colonos locales, sino el refinado y altanero de las academias de Londres o Boston—.
Yo no profano. Reorganizo los recursos. El aquelarre de los Pinos Negros era un grupo de campesinas ignorantes que desperdiciaban un poder colosal adorando a una bestia ciega.
Ahora que el monolito ha caído y la entidad ha quedado acéfala, alguien tiene que recoger las riendas.
Los tres cadáveres de los ajusticiados comenzaron a avanzar hacia mí con paso rígido, arrastrando los sudarios rotos por el suelo, barriendo la paja a su paso. El hedor a tumba se volvió insoportable.
—Esos hombres tenían nombres. Sus familias están de luto en el pueblo —le solté, retrocediendo un paso mientras calculaba la distancia hacia la salida.
—Sus nombres ya no importan. Sus cuerpos, en cambio, son excelentes recipientes para canalizar la energía residual que ustedes liberaron en la hondonada —el joven dio un paso al frente, y la luz de sus ojos se intensificó con una furia fría—.
Ustedes destruyeron el equilibrio de este valle, posadero.
Y ahora van a pagar las consecuencias de su intromisión, pieza por pieza.
El primer cadáver se abalanzó sobre mí con los brazos extendidos, intentando aferrarme del cuello.
Me agaché por debajo de su arremetida torpe y, con un movimiento seco, le hundií la daga de hierro en las costillas.
El metal puro hizo contacto con la carne reanimada; un chillido agudo, como el vapor escapando de una caldera, brotó del cuerpo del muerto mientras una columna de humo negro estallaba de la herida.
El cadáver se desplomó pesadamente sobre la paja, convertido de nuevo en un montón de huesos y tela inútil.
El joven de la túnica frunció el ceño por primera vez. La arrogancia de su rostro dio paso a un destello de genuina sorpresa al ver la eficacia del hierro.
—Veo que tu abuelo te dejó algo más que deudas —siseó, levantando ambas manos y haciendo que la tierra del suelo comenzara a temblar.
Los otros dos cuerpos corrieron hacia mí al unísono, flanqueándome antes de que pudiera retirar la daga. No había tiempo para dudar. Salté hacia un lado, usando una columna de soporte del granero para impulsarme, y me lancé directo hacia la salida.
—¡No vas a salir de aquí con vida! —gritó el invocador a mi espalda.
Un haz de energía oscura pasó silbando a milímetros de mi cabeza, astillando el dintel de la puerta del granero y desprendiendo una lluvia de chispas de madera.
Salí disparado hacia la nieve, rodando sobre el lodo congelado y perdiéndome de inmediato en la negrura de los callejones traseros de Salem.
Corrí sin mirar atrás hasta llegar a la puerta trasera de mi taberna. Abrí de un golpe, me deslicé al interior y eché los tres cerrojos con manos temblorosas.
Thomas seguía allí, acurrucado junto al hogar apagado. Mercy, que se había levantado al escuchar el estruendo de la entrada, corrió a mi encuentro con el rostro pálido.
—¿Qué ha pasado? Estás herido —dijo ella, señalando el corte en mi mejilla y la ceniza que ensuciaba mi abrigo.
—No son los jueces, Mercy —le contesté, apoyando las manos en las rodillas mientras trataba de recuperar el aliento—. Y ya no es el aquelarre. Alguien más ha tomado el control de los muertos. Alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.