Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 15
39%

Capítulo 15

Huellas en el lodo

El hierro de la verja estaba tan frío que la piel de mis dedos se quedó pegada por un segundo, arrancándome un ardor sordo cuando la empujé y me deslicé al interior del camposanto.

Las lápidas de pizarra gris parecían vigías silenciosos en medio de la negrura, inclinándose bajo el peso de la escarcha.

Me acerqué con cautela extrema a la primera de las fosas profanadas.

El montículo de tierra recién removida despedía un vaho tibio, un contraste obsceno con la helada noche de Salem.

Al asomarme al borde del sepulcro abierto, el estómago se me encogió.

El pesado cajón de roble había sido reventado desde adentro.

Las tablas inferiores estaban astilladas hacia afuera, como si un ariete invisible hubiera golpeado la madera con una fuerza titánica.

En el fondo de la fosa, sobre el sudario desgarrado, solo quedaba un rastro de fango negro y pelambre congelada. No quedaba cuerpo.

—No treparon por voluntad propia... —susurré para mí mismo, sintiendo que el aire se me congelaba en la garganta—. Los arrancaron de la tierra.

Volví la vista hacia el exterior del cementerio.

Las huellas de pies descalzos, marcadas con una precisión grotesca sobre la nieve y el barro, abandonaban la colina de la iglesia y descendían en dirección al pueblo.

No serpenteaban al azar; seguían una línea recta, implacable, como si una aguja invisible las estuviera tirando desde el corazón de Salem.

Saqué la daga de hierro del cinto, comprobando que el filo brillara en la penumbra, y me lancé en su persecución.

Caminé con el paso tenso y silencioso, pegado a los cercos de madera y a la sombra de los graneros.

La niebla se arrastraba a ras de suelo, disipando el rastro de lodo cada pocos metros, obligándome a adivinar la dirección guiado únicamente por el hedor dulzón a podredumbre que flotaba en el ambiente.

El rastro me alejó de la plaza principal, de las casas alineadas y de las luces de la Inquisición, llevándome hacia los suburbios agrícolas, donde los campos de cultivo se fundían con la espesura del oeste.

Se detuvo frente al granero abandonado de los Putnam.

La estructura de madera carcomida se alzaba como un esqueleto gigantesco bajo el cielo plomizo.

Las puertas dobles del granero estaban entreabiertas, dejando escapar un hilo de bruma azulada que no pertenecía al clima de la noche.

Dentro no se escuchaban ladridos ni el murmullo del viento; reinaba un silencio espeso, interrumpido únicamente por un chasquido rítmico y seco, como el de huesos acomodándose a la fuerza.

Me acerqué con el corazón martillándome en las costillas. Apoyé el hombro contra la jamba de la puerta y asomé la cabeza con infinita lentitud.

La penumbra del granero estaba iluminada por un resplandor fantasmal que brotaba del suelo de tierra batida.

En el centro, formando un círculo imperfecto, había tres figuras rígidas, envueltas en sudarios grises y rotos.

Eran los cuerpos de los hombres enterrados la semana pasada tras los primeros juicios de la corte.

Sus rostros estaban descoloridos, con los ojos blancos y abiertos de par en par, fijos en un punto invisible.

Pero lo más aterrador no eran los cadáveres reanimados.

De pie en medio de ellos, agachada sobre un montón de paja y manipulando un conjunto de extraños símbolos tallados con huesos humanos en la tierra, había una figura encapuchada.

No pertenecía al aquelarre que habíamos destruido en el cráter; la forma de su túnica era diferente, más austera, y de sus manos brotaban los mismos hilos de energía oscura que Mercy había utilizado en el molino.

—La sangre de la tierra ha quedado huérfana, pero el surco sigue abierto —murmuró la figura con una voz rasposa, antinatural, que parecía resonar dentro de mis propias sienes—. Si los jueces de Salem buscan brujas en la superficie... les daremos un ejército que la horca no puede romper.

Apreté la empuñadura de la daga hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El peligro ya no era solo la paranoia de la Inquisición ni la venganza del bosque; alguien, en la sombra, estaba intentando tomar el control del vacío que dejamos atrás.

Y estaba a solo unos pasos de descubrir mi escondite.