Capítulo 14
El camposanto sin dueño
El silencio que siguió a las palabras de Thomas pesó en la taberna como una losa de plomo. El viejo guardia temblaba de pies a cabeza, acurrucado junto al hogar apagado, con las manos sucias de fango seco aferradas a los faldones de su abrigo.
—Dices que las tumbas estaban abiertas desde adentro —repetí, buscando en su mirada inyectada en sangre alguna señal de histeria o delirio. Pero en los ojos de Thomas solo había un terror tan puro y primitivo que helaba la sangre.
—No eran animales, posadero —susurró el guardia, tragando saliva con dificultad—.
Ningún zorro ni lobo puede mover una losa de granito de tres quintales ni rasgar la madera de un cajón sellado con brea.
La tierra... la tierra del camposanto estaba blanda, como si un calor pestilente hubiera subido desde el infierno para derretir la helada únicamente alrededor de los sepulcros recientes.
Y las huellas... huellas de pies descalzos que salían de los fosos y se adentraban en la niebla hacia el pueblo.
Miré de reojo hacia Mercy. Seguía de pie junto a la mesa del rincón, con la taza de té frío entre las manos. Su rostro estaba tenso, y una línea de profunda preocupación surcaba su entrecejo. Ella sabía mejor que nadie lo que significaba aquello.
—Sin el aquelarre para contener y canalizar el hambre del bosque, la magia negra ya no tiene cauce —dijo Mercy con voz baja, rompiendo el silencio—.
El altar del monolito era una válvula. Al destruirlo, rompimos el sello.
Ahora la energía de la tierra fluye sin control, y lo primero que hace la oscuridad cuando se despierta hambrienta es reclamar a los que ya duermen bajo su suelo.
—Es una plaga —sentencié, sintiendo que la rabia superaba al miedo—. Si esas cosas entran al pueblo mientras la corte de Danforth sigue encerrada juzgando a inocentes, Salem se convertirá en un osario antes de que acabe la semana.
Me acerqué al mostrador y pasé la mano por debajo de la madera, donde guardaba una linterna de repuesto y un frasco de aceite de ballena.
Saqué de nuevo la daga de hierro y verifiqué que el filo estuviera impecable.
Aunque la pistola de chispa seguía descargada y ya no me quedaba pólvora de plata, el frío metal del crucifijo bajo mi camisa me recordaba que la fe de los hombres era inútil, pero el acero y la voluntad propia aún tenían peso en este mundo.
—Thomas —le dije al guardia, tomándolo del hombro con firmeza para obligarlo a ponerse de pie—, te vas a quedar aquí, encerrado con Mercy. Echa los cerrojos y no le abras a nadie, por mucho que griten pidiendo auxilio desde afuera.
—¿A dónde vas, hermano? —preguntó Mercy, adelantándose un paso con evidente alarma—. El camposanto está a la salida del pueblo, cerca de los linderos del bosque. Ir de noche, con la niebla bajando de la colina, es un suicidio.
—Alguien tiene que ver qué es lo que salió de esas fosas antes de que llegue a las casas —respondí, ajustándome el abrigo pesado y embutiendo la daga en el cinto—. Si dejamos que los muertos caminen libres por Salem, los jueces no tardarán en culparnos a nosotros de la maldición.
Sin darle tiempo a replicar, abrí la puerta trasera de la taberna y me deslizé hacia la negrura de la noche.
El aire exterior era denso, impregnado de un hedor dulzón y nauseabundo, reminiscentes de carne descompuesta y hojas mojadas.
La luna, oculta tras un espeso banco de nubes grises, apenas permitía distinguir las siluetas fantasmales de las casas de Salem.
Las calles estaban completamente sepultadas bajo un silencio sepulcral; ni los perros ladraban.
El pueblo entero parecía aguantar la respiración, atrapado entre la paranoia de la Inquisición y la amenaza invisible que reptaba desde el camposanto.
Caminé pegado a las paredes de madera de los graneros, evitando la calle principal para no tropezar con las patrullas nocturnas de Herrick.
Cada sombra proyectada por los aleros parecía estirarse al verme pasar, y el crujido de la escarcha bajo mis botas sonaba en mis oídos como disparos en medio de la madrugada.
A medida que me acercaba a la colina donde se erguía la iglesia y el cementerio anexo, la temperatura descendió de forma drástica. El vaho de mi respiración se convertía en cristales de hielo instantáneos sobre las solapas de mi abrigo.
Al doblar la esquina del granero del reverendo Parris, el olor a podredumbre se volvió casi insoportable.
Me detuve al pie de la verja de hierro forjado que delimitaba el camposanto. Las imponentes lápidas de pizarra gris se alzaban como dientes rotos contra el cielo plomizo. Y allí, justo al otro lado de la verja, la estampa era dantesca.
La nieve alrededor de tres de los sepulcros más recientes había desaparecido por completo, reemplazada por un fango negruzco y humeante. Las pesadas losas de piedra yacían desplazadas, partidas en dos con una fuerza brutal. Pero lo peor no eran las tumbas profanadas; era el rastro.
Sobre el lodo fresco, marcadas con una precisión aterradora, había huellas de pies humanos que se alejaban del cementerio. No iban hacia los Pinos Negros.
Marchaban directamente hacia el corazón de Salem.