Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

El vacío y la espina

Los días que siguieron a la caída del monolito no trajeron paz a Salem, sino una clase distinta de agonía: el silencio del vacío.

En la superficie, el pueblo intentaba recuperar su rutina bajo el yugo de la escarcha y el terror puritano.

Pero la desaparición repentina de Goody Osborne, Martha Corey y las demás mujeres del aquelarre no había apaciguado a los jueces; al contrario, había desatado una paranoia furiosa.

Para el magistrado Hathorne y el juez Danforth, la huida o evaporación de las cabecillas solo significaba que el Diablo había cambiado de piel, volviéndose invisible y más peligroso.

Las detenciones en la Casa de Reuniones se duplicaron, y la horca de la colina comenzó a trabajar incluso bajo cero, mientras la paranoia colectiva devoraba lo que quedaba de la comunidad.

Dentro de la taberna, el ambiente era pesado, cargado de una quietud diferente.

Mercy pasaba los días sentada junto a la chimenea apagada, envuelta en mantas de lana, con la mirada perdida en las brasas muertas.

Aunque la negrura que le corrompía las venas se había disipado aquella noche en el cráter, su cuerpo guardaba la memoria del abismo.

Su piel seguía pálida como el hueso y, de vez en cuando, un temblor involuntario le recorría las manos.

Ya no era la servidora del aquelarre, pero tampoco era la muchacha que solía reír en la cocina antes de que el invierno maldito cayera sobre nosotros.

—Han vuelto a colgar a dos más esta mañana en la plaza —le dije, alejándome de la ventana con un suspiro pesado, mientras terminaba de limpiar la barra con la gamuza—.

Los vecinos apenas si se miran al pasar.

Nadie se atreve a abrir la boca por miedo a que el siguiente dedo acusador los señale a ellos.

Mercy levantó lentamente la vista. Sus ojos, cálidos de nuevo, reflejaban el cansancio de mil inviernos.

—No buscan justicia, hermano. Buscan culpables para calmar el miedo que tienen dentro —su voz sonaba frágil, pero lúcida—. Y lo peor no es lo que hacen los jueces en la superficie. Es lo que ha quedado abajo.

Me detuve frente a ella, con la gamuza apretada entre los dedos.

—¿Qué quieres decir?

—El monolito se derrumbó y el guardián murió, pero la tierra no olvida —murmuró Mercy, inclinándose hacia delante con un atisbo de angustia en el rostro—.

Aquel aquelarre controlaba el hambre del bosque, canalizaba la fuerza del Amo de los Pinos Negros con sus rituales y sus cánticos.

Ahora que ya no están... la magia ha quedado sin pastor. Es un perro rabioso suelto en la noche.

Sus palabras confirmaron el frío presentimiento que me helaba la sangre desde hacía noches. La destrucción del altar no había purificado el valle; había desatado una corriente salvaje e incontenible.

Esa misma tarde comprobaríamos hasta qué punto tenía razón.

El sol apenas se arrastraba por el horizonte, tiñendo el cielo de un gris ceniciento, cuando los golpes desesperados en la puerta principal de la taberna rompieron el silencio.

No eran los nudillos formales de un cliente ni la bota pesada de un alguacil del tribunal; era un golpeteo frenético, desesperado, acompañado por sollozos ahogados.

Desenvainé la daga de hierro por pura precaución y me acerqué a la puerta. Descorrí el cerrojo con lentitud y la abrí una rendija.

Era Thomas, el viejo guardia de la Casa de Reuniones que me había dejado pasar al calabozo la noche en que encontré a Mercy.

Pero ya no quedaba nada del hombre abrumado pero firme que había sostenido un mosquete.

Su rostro estaba desencajado, pálido como un sudario, y su abrigo chorreaba un fango oscuro y maloliente que no era nieve derretida.

—¡Posadero... por el amor de Dios, déjame entrar! —suplicó, cayendo de rodillas contra el umbral.

Abrí de par en par y lo arrastré hacia el interior, cerrando de un golpe antes de que el viento helado de la calle colara algo más.

—Tranquilo, Thomas. Respira. ¿Qué ha pasado? —le exigí, sosteniéndolo de los hombros mientras sus dientes castañeteaban con violencia.

—El cementerio... —balbució el guardia, señalando con un dedo tembloroso hacia la dirección de la iglesia—.

Estábamos cavando la fosa para los ajusticiados de hoy.

La tierra... la tierra del camposanto no está congelada.

Está blanda, podrida... y los cajones...

los cajones de los que enterraron la semana pasada...

Thomas tragó saliva con desesperación, ahogándose en su propio pánico.

—¿Qué pasa con las tumbas, Thomas? —le pregunté, sintiendo que el aire de la taberna se volvía irrespirable.

—Las tapas están rotas desde adentro, posadero. Y lo que salió de allí... no caminó hacia el bosque. Caminó hacia el pueblo.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral de arriba abajo. Miré hacia Mercy, que se había puesto de pie junto al hogar. En sus ojos, la advertencia era cristalina: el vacío dejado por el aquelarre no estaba vació por mucho tiempo. Los muertos de Salem empezaban a reclamar su turno.