Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

El amanecer sobre las cenizas

El camino de regreso a Salem se extendió ante nosotros como una prueba silenciosa.

La ventisca que había aullado durante la noche se había disipado, dejando tras de sí un manto de nieve virgen y cegadora que reflejaba la pálida luz del nuevo día.

Por primera vez en meses, el aire de la linde de los Pinos Negros no olía a azufre ni a podredumbre; olía a pino seco, a frío limpio y a una tregua ganada a pulso contra la muerte.

Caminaba despacio, sosteniendo a Mercy del brazo.

Aunque el color había regresado a sus ojos y la negrura maldita se había desvanecido de sus venas, el cansancio la doblegaba.

Cada paso sobre la nieve crujía con una claridad inusual, como si el bosque entero contuviera la respiración, asimilando la catástrofe que había borrado al aquelarre de la faz de la tierra.

—¿Crees que alguien los buscará? —murmuró Mercy con voz débil, rompiendo el largo silencio mientras divisábamos las primeras empalizadas de la aldea.

—A las brujas no —respondí, mirando los tejados nevados de Salem que comenzaban a perfilarse contra el cielo de plomo—.

Para los jueces y el reverendo Parris, Goody Osborne y las demás simplemente habrán huido al amparo de la noche, aterrorizadas de que la justicia humana las alcanzara.

El fanatismo siempre prefiere creer en la huida del enemigo antes que admitir que las fuerzas con las que trataban se los tragaron enteros.

Cuando cruzamos el umbral de la calle principal, el pueblo parecía aletargado, sumido en esa quietud tensa y paranoica que los juicios habían impuesto como norma.

Algunas chimeneas empezaban a exhalar delgadas columnas de humo gris, pero las calles estaban desiertas.

Nadie se atrevía a circular a estas horas.

Los horrores de la noche anterior —la masacre de los sabuesos de Herrick, el estruendo en el bosque— habían quedado registrados solo como ecos lejanos de una tormenta sobrenatural que los aldeanos atribuían a la ira de Dios.

Llegamos frente a la puerta de mi taberna.

Me detuve un instante, con la mano en el pestillo, conteniendo el aliento.

Empujé la madera con recelo. El interior no estaba congelado ni envuelto en humos violáceos.

El calor residual del hogar apagado impregnaba el ambiente, y sobre el umbral donde horas antes se retorcía la runa de escarcha negra, ya no quedaba nada. Solo la madera ajada por los años.

Ayudé a Mercy a sentarse junto a la mesa del rincón, la más alejada de la ventana. Le preparé una taza caliente con el poco agua que quedaba en el bidón y un chorro de miel. Ella la tomó entre sus manos entumecidas, dejando que el vapor le templara el rostro.

Me dejé caer en el taburete frente a ella, sintiendo que cada hueso de mi cuerpo pesaba como el plomo. Saqué la vieja daga de hierro del cinto y la deposité sobre la madera, junto a la pistola de chispa descargada. El crucifijo pesado seguía colgado de mi cuello, frío contra mi piel.

—Lo logramos —dijo Mercy, mirándome con una media sonrisa cansada, la primera auténtica que le veía en años—. La deuda está pagada. El abuelo descansa, y nosotros también.

—Sí —asentí, aunque una sombra fría persistía en el fondo de mi mente—. El aquelarre ha desaparecido y el monolito se ha venido abajo. Pero Salem sigue aquí, Mercy. Y la paranoia de los jueces no se extingue con la muerte de unas pocas personas.

A lo lejos, rompiendo la quietud de la mañana, el repique solemne y metálico de la campana de la iglesia comenzó a tañer. El llamado al tribunal. El juez Danforth y el magistrado Hathorne reanudarían sus sesiones hoy, necesitados de nuevas víctimas para justificar el terror que habían sembrado.

Me puse de pie, fui hasta la ventana y corrí un poco el visillo. Las calles empezaban a agitarse con la marcha de los alguaciles hacia la Casa de Reuniones.

Nuestra pesadilla sobrenatural había terminado, pero la verdadera prueba de supervivencia en un mundo consumido por la culpa y el miedo recién comenzaba. Sin embargo, al mirar a mi hermana y sentir que la casa ya no albergaba presencias oscuras, supe que estábamos listos para lo que viniera.

Éramos los guardianes de un secreto que ningún tribunal de Salem podría juzgar jamás.