Capítulo 11
La ruptura del cáliz
El silencio que siguió a mis palabras no fue de paz, sino el preludio de una tormenta contenida.
La mujer de ojos de ámbar sostuvo el cáliz negro frente a mí, su respiración empañando el aire con volutas de vaho grisáceo.
La expresión de triunfo en su rostro comenzó a resquebrajarse ante la quietud de mi mano.
Yo no temblaba. El peso del crucifixed de hierro contra mi pecho y la frialdad de la daga en mi otra mano me devolvían un anclaje terrenal que ni mil años de magia negra podían disolver.
—Ofreces tu alma a cambio de nada, muchacho —siseó la líder, y su voz, que antes sonaba como un trueno subterráneo, dejó escapar una nota de inquietud—. La tierra no acepta un trato sin sangre derramada por propia voluntad en su altar. Debes beber. Debes rendirte al Amo de los Pinos Negros.
—Mi abuelo firmó con ustedes engañado por el miedo —dije, elevando la voz para que resonara en toda la hondonada, cortando el zumbido de las mujeres que nos rodeaban—.
Y mi hermana pagó una deuda que nunca debió existir.
Pero yo no vine a negociar con parásitos que se esconden tras máscaras de vecinas piadosas mientras mandan a la horca a los inocentes de Salem.
Los rostros de las mujeres del aquelarre se contrajeron de furia. Goody Osborne dio un paso al frente, con los ojos inyectados en un odio visceral, pero la líder alzó una mano para detenerla.
—Entonces moriréis los dos aquí —sentenció la mujer de cabellos de ceniza, volcando el cáliz hacia el suelo de tierra congelada—. Que el bosque os devore hasta los huesos.
El líquido oscuro y espeso tocó la nieve, y en el mismo instante, el monolito de piedra negra soltó un alarido sordo, una vibración telúrica que hizo que las raíces bajo nuestros pies se agitaran como serpientes despertando de su letargo.
La luz rojiza del altar se tornó de un negro absoluto, y una cúpula de oscuridad comenzó a cerrarse sobre nosotros en círculos concéntricos.
No esperé a que el hechizo se completara.
Con un grito de rabia, saqué la pesada daga de hierro de mi cinto y me abalancé directamente contra el altar.
La líder chilló, extendiendo las manos para invocar una barrera de viento helado que me golpeó el pecho como un muro de piedra, haciéndome rodar sobre la nieve. Pero el impulso ya estaba dado.
Antes de que pudiera ponerme en pie, Mercy se movió con una velocidad que desafiaba toda lógica humana.
No huyó hacia atrás. Se deslizó por el lateral del semicírculo, ignorando las garras y los zarcillos de energía que las brujas intentaban lanzarle, y se plantó frente al monolito.
Con ambas manos cubiertas por esa negrura antinatural que le surcaba las venas, aferró el borde superior de la piedra sagrada.
—¡Rompen el círculo! —gritó Martha Corey con desesperación, perdiendo por completo la compostura y el aire de respetable puritana.
—El círculo ya está podrido —respondió Mercy, con una voz que sonaba a mil voces superpuestas.
Con un esfuerzo titánico, alimentado por toda la energía oscura que la había consumido desde el invierno pasado, Mercy empujó el monolito de obsidiana.
La piedra ancestral, que llevaba siglos arraigada en el corazón del bosque, gimió con un estruendo metálico, como si el esqueleto de la Tierra misma se estuviera partiéndose en dos.
Una brecha profunda se abrió en la base del altar, y de su interior no brotó una bendición ni un ejército de sombras, sino un géiser de humo helado, un hedor a azufre y sangre coagulada que eclipsó la luz de las estrellas.
El ente que habitaba bajo el suelo —el verdadero Amo de los Pinos Negros, la entidad ciega y hambrienta que había reclamado Salem— había despertado de golpe, pero no para obedecer al aquelarre.
El suelo tembló con violencia. Una columna de humo negro y denso estalló desde la brecha, barriendo a las mujeres del aquelarre como si fueran hojas secas en otoño.
Goody Osborne y las demás soltaron alaridos desgarradores mientras el viento antinatural las arrastraba ladera arriba, destrozando sus túnicas y arrancándoles la piel en jirones de escarcha.
—¡Nos consume a todos! —gritó la líder, perdiendo su máscara de poder, intentando huir hacia la espesura antes de ser engullida por la marea de tinieblas. Pero una raíz gigantesca brotó del suelo congelado, envolviéndole los tobillos y arrastrándola hacia la grieta abierta.
—¡Agárrate a mí! —le grité a Mercy, tendiéndole la mano mientras el viento intentaba arrancarnos del suelo.
Ella se aferró a mi muñeca con una fuerza desesperada, pero el frío que desprendía su piel ya no era el de una persona; era el frío absoluto del abismo que se abría bajo nuestros pies.
El monolito se derrumbó sobre sí mismo, tragándose el altar, las runas y el eco de los cánticos del aquelarre en un estruendo sordo que sacudió los cimientos de todo el valle de Salem.
Cuando el humo y la furia de la tierra comenzaron a calmarse, la hondonada ya no era un claro en el bosque. Era una cicatriz humeante, un cráter de tierra negra y calcinada que exhalaba volutas de vapor tibio bajo la ventisca que regresaba lentamente.
El silencio volvió a reinar. Pero esta vez, no quedaba rastro del aquelarre. Las brujas y su magia habían sido devoradas por la misma bestia a la que habían servido durante generaciones.
Me quedé de rodillas en el borde del cráter, con la respiración pesada, sosteniendo a Mercy entre mis brazos. El temblor en su cuerpo había cesado. Las venas negras que le recorrían el cuello y el rostro se habían atenuado, volviéndose translúcidas hasta desaparecer casi por completo.
Ella abrió los ojos. Ya no brillaban con la negrura absoluta del abismo; el tono marrón cálido de su infancia había regresado a sus pupilas.
—Se acabó... —murmuró Mercy, con un hilo de voz, apoyando la cabeza contra mi hombro—. El pacto se ha roto con su propia sangre.
Miré hacia el este, donde las primeras luces pálidas y frías de un nuevo amanecer comenzaban a teñir de gris las copas de los pinos.
Allá abajo, en la aldea de Salem, las campanas de la iglesia pronto volverían a repicar para llamar a los jueces a su tribunal, ignorantes de que los verdaderos monstruos que gobernaban su mundo ya no existían.
Pero nosotros sabíamos la verdad. Eramos los únicos supervivientes de una deuda pagada con fuego y hierro.
—Sí, se acabó —le respondí, ayudándola a ponerse de pie sobre la tierra aún tibia—. Ahora nos vamos a casa.