Capítulo 10
La deuda de la sangre
Abandonamos la ruina del molino y nos sumergimos de nuevo en las fauces del invierno.
Caminar en dirección a los Pinos Negros, dándole la espalda a las pocas luces que aún titilaban en Salem, era un acto de pura demencia.
Todo instinto humano, toda fibra de mi ser, gritaba que debíamos huir hacia el sur, buscar un barco, un carruaje, cualquier vía de escape.
Pero la lógica de los hombres no aplicaba bajo esta luna.
Huir significaba morir lentamente, consumidos por una escarcha negra que nos seguiría hasta el fin del mundo.
Si queríamos vivir, debíamos arrancar el mal de raíz.
Mercy se apoyaba pesadamente contra mi costado, su brazo pasado sobre mis hombros.
Cada paso que dábamos sobre la nieve virgen era un triunfo agónico de la voluntad sobre el agotamiento.
Su cuerpo emanaba un frío antinatural, tan intenso que sentía cómo se me entumecía el flanco derecho a través del grueso tejido de mi abrigo de lana.
—Deberías haberme dejado en el calabozo —murmuró ella, con la voz rota por el esfuerzo—. El tribunal me habría colgado. Un cuello roto es un final rápido. Lo que nos espera en el claro... no conoce la clemencia de la muerte.
—Nadie va a colgar a nadie hoy —gruñí, apretando el agarre en su cintura para evitar que tropezara con una raíz oculta bajo la nieve—. Y nadie se va a quedar en ese bosque. El viejo nos dejó el hierro y la plata por una razón, Mercy. Él lo sabía.
Mercy soltó una carcajada débil y áspera que terminó en un acceso de tos.
—El abuelo no nos dejó esas armas para que nos defendiéramos, hermano. Las dejó porque él fue quien firmó el primer contrato.
Me detuve en seco. El viento aulló a nuestro alrededor, arremolinando la nieve en pequeños tornados fantasmales, pero el frío de sus palabras me caló mucho más hondo. La miré, buscando en su rostro pálido algún rastro del delirio, pero sus ojos azabaches estaban terriblemente lúcidos.
—¿Qué estás diciendo? —exigí, sintiendo un nudo de plomo en el estómago.
—¿De verdad creías que un simple tabernero tenía los medios para forjar plata pura y balas de plomo bendito?
—Mercy se separó un poco de mí, sosteniéndose contra el tronco de un fresno desnudo—.
Nuestro abuelo no llegó a Salem huyendo de la persecución religiosa en Inglaterra.
Llegó huyendo de un aquelarre en el Viejo Mundo, llevándose consigo secretos que no le pertenecían.
Cuando la tierra de este bosque sintió su sangre...
reconoció la magia. Él hizo un pacto para que el Amo de los Pinos Negros lo dejara en paz a él, prometiendo que su descendencia pagaría el diezmo.
El aire se me escapó de los pulmones. Todas las advertencias de mi abuelo durante nuestra infancia, sus miradas aterrorizadas hacia la linde del bosque en los solsticios de invierno, el arcón escondido bajo las tablas del suelo.
No era paranoia de un viejo colono. Era la culpa de un hombre que había vendido a sus nietos para comprarse una vida tranquila.
—Por eso la fiebre no te mató el invierno pasado —continuó Mercy, bajando la mirada hacia la nieve manchada con las gotas de su propia savia oscura—.
La entidad te estaba madurando. Te estaba preparando para el sacrificio.
Cuando me adentré en el bosque para rogar por tu vida, no me ofrecieron un trato nuevo.
Simplemente... me ofrecí a ocupar tu lugar en la balanza.
Apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas. La ira, una rabia ardiente y purificadora, reemplazó al terror. No solo los jueces de Salem nos habían traicionado; nuestra propia sangre nos había condenado desde antes de nacer.
—Entonces cambiaremos los términos del contrato —dije, acercándome a ella y volviendo a pasar su brazo por mis hombros—. Si la sangre heredó la deuda, la sangre la pagará. Pero será la nuestra en nuestros propios términos, o la de ellos.
Retomamos la marcha. A medida que nos adentrábamos nuevamente en el territorio de los Pinos Negros, la atmósfera se espesó.
Ya no era un bosque; era el interior de una bestia gigantesca.
Los árboles parecían inclinarse hacia nosotros, sus ramas crujiendo como tendones tensos.
El olor a ozono y a tierra pútrida reemplazó por completo el aire limpio del invierno.
Las sombras se estiraban y se contraían de forma imposible, jugando con nuestra cordura.
Saqué la daga de hierro y la empuñé con firmeza. La pistola colgaba inútil en mi cinturón, pero el crucifijo de hierro y la corteza negra de abedul latían contra mi pecho, uniendo mi pulso al de la magia oscura que impregnaba el lugar.
Llegamos al borde de la hondonada.
El claro ya no estaba iluminado por el fuego azul que había consumido al guardián ciego. En su lugar, una luz rojiza, como la de una brasa a punto de extinguirse, pulsaba desde la base del monolito de piedra negra.
El aquelarre nos estaba esperando.
Pero ya no danzaban. Ya no llevaban los cráneos de ciervo sobre sus cabezas.
Eran doce mujeres. Doce figuras envueltas en túnicas manchadas de barro y sangre vieja, dispuestas en un semicírculo alrededor del altar.
Al verlas sin sus máscaras macabras, el horror psicológico me golpeó con la fuerza de un mazo físico.
No eran demonios informes ni espectros de pesadilla. Eran vecinas.
Reconocí a Goody Osborne, la anciana que tejía mantas en la plaza del pueblo.
Vi a Martha Corey, la esposa del granjero, con el rostro transfigurado por una devoción fanática.
E incluso, en el extremo derecho, el rostro pálido y joven de una de las primas mayores de Abigail Williams. Las acusaciones de las niñas de Parris en la corte eran un teatro de mentiras, sí, pero la ironía era macabra: Salem estaba cazando inocentes mientras las verdaderas brujas se sentaban en las primeras filas de la iglesia los domingos, observando la masacre con sonrisas ocultas.
En el centro del semicírculo, de pie frente al monolito, se alzaba la líder.
Era una mujer inusualmente alta, de cabellos grises que le caían como cascadas de ceniza sobre los hombros. Sus ojos no eran negros como los de Mercy, sino de un ámbar brillante y depredador. En sus manos sostenía un cáliz de madera negra, rebosante de un líquido oscuro y espeso.
—Habéis vuelto al rebaño —pronunció la mujer.
Su voz no era un susurro en la mente, sino un trueno bajo que hizo temblar la nieve bajo nuestras botas—.
La sangre llama a la sangre, posadero. Rompiste a nuestra bestia en el molino y quemaste a nuestro vidente.
Has demostrado ser digno del legado de tu abuelo.
—No vengo a heredar nada —grité, dando un paso adelante en la hondonada, colocándome entre Mercy y el aquelarre, con la daga de hierro en alto—. Vengo a romper el juramento.
La líder esbozó una sonrisa que dejó al descubierto unos dientes afilados y manchados.
—Los juramentos de la tierra no se rompen con hierro, muchacho. Se reescriben con sacrificio —levantó el cáliz hacia el cielo sin estrellas—. Tu hermana bebió de la savia para atar su vida a la tuya. Para desatarla, debes ofrecer algo de igual valor. El Amo de los Pinos Negros exige un alma.
Las once mujeres restantes comenzaron a entonar un cántico bajo, un zumbido gutural que parecía emanar directamente del suelo congelado. El monolito detrás de la líder comenzó a rezumar la misma savia negra, pulsando al ritmo del cántico.
—Ocuparé su lugar —dije, sin dudar un instante.
Mercy me agarró del brazo desde atrás, clavándome los dedos con fuerza.
—¡No! —gritó ella, intentando empujarme a un lado—. ¡Si lo haces, el pacto se perpetuará! ¡Te devorarán!
—Si das tu alma, posadero, ella será libre —dijo la líder, ignorando a mi hermana, extendiendo el cáliz hacia mí—. Bebe de la tierra. Acepta la oscuridad. Y la marca de tu hermana desaparecerá. Salem arderá bajo nuestras órdenes, y tú caminarás a mi lado como el nuevo Guardián.
El cántico se hizo más ensordecedor, llenando mi cabeza de imágenes de poder, de sangre y de venganza contra los jueces que nos habían torturado.
El cáliz me llamaba. Pero mi mano, aferrada al hierro, no tembló.
Sabía que en un juego arreglado por el Diablo, la única forma de ganar era volcar el tablero.