Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

El precio de la carne

El frío que precedía a la bruma no congelaba el aire; lo mataba.

En cuestión de segundos, las rendijas de las paredes del molino quedaron selladas por una costra de escarcha azulada.

El sonido del arroyo exterior cesó por completo, sofocado bajo una losa invisible de hielo macizo.

La oscuridad del interior se volvió tan densa que apenas podía distinguir la silueta de Mercy a un par de pasos, pero sus ojos —dos brasas de un negro absoluto— brillaban con luz propia en la penumbra.

—Han roto el círculo al venir a buscarnos —la voz de mi hermana sonó hueca, modulada por un eco múltiple que hacía vibrar los dientes en mis encías—. No querían justicia, ni querían purgar el pecado. Querían la tierra. Y la tierra siempre cobra con intereses.

Un golpe sordo, brutal y seco, sacudió la pesada puerta de roble del molino.

El impacto hizo que los listones de madera crujieran y se abrieran en astillas. Algo gigantesco, carente de forma humana pero provisto de una fuerza titánica, se había arrojado contra la entrada. Las viejas cerraduras de hierro forjado saltaron hechas pedazos con un estallido metálico.

Llevé la mano al cinto, instintivamente, buscando la pistola.

Estaba descargada. El polvo de plata y el plomo se habían gastado en el claro del bosque, y no había tiempo para la pólvora.

Saqué la daga de hierro con la mano derecha, mientras con la izquierda aferraba el crucifijo de metal pesado que colgaba de mi cuello, apretándolo con tanta fuerza que los bordes afilados se me clavaron en la palma de la mano, haciéndome sangrar.

El dolor caliente y punzante fue lo único que me recordó que seguía vivo.

—Quédate detrás de mí, Mercy —le ordene, con la voz quebrada pero firme.

Ella soltó una risa seca, un sonido leve que se extinguió antes de tocar el suelo.

—¿Detrás de ti? —murmuró, dando un paso al frente y pasando a mi lado con una soltura sobrenatural—. Hermano... aún no entiendes nada. Tú no eres el escudo. Eres la puerta.

La puerta del molino cedió por completo, cayendo hacia adentro con estrépito y levantando una nube de polvo seco y carcomido.

De la negrura exterior emergió la criatura.

No era un hombre, ni un animal de este mundo.

Era una amalgama blasfema de ramas centenarias, tendones negros como alquitrán y extremidades desproporcionadas que se arrastraban sobre el suelo de madera, dejando un rastro de savia espesa y humeante.

Sobre su cabeza informe, una cornamenta de ciervo de diez puntas rasgaba las vigas del techo, desprendiendo trozos de yeso y polvillo.

De su interior brotaba un hedor insoportable a podredumbre húmeda y ozono, el mismo olor que había anticipado la matanza de los guardias de Herrick.

El monstruo rugió. No fue un sonido gutural; fue el crujir de un bosque entero siendo desgarrado por una tormenta de invierno.

Levanté el crucifijo de hierro hacia el frente, temblando de pies a cabeza.

—¡En el nombre de Dios, apártate! —grité, un acto de fe desesperado en un lugar donde Dios jamás había puesto un pie.

La criatura se detuvo en seco. Sus múltiples extremidades se tensaron.

Giró su masa informe hacia mí, y de entre las marañas de madera y carne seca se abrió una ranura vertical que simulaba una boca, exhalando un vaho helado que apagó la poca luz que quedaba en el molino.

No retrocedió ante el hierro; al contrario, avanzó más deprisa, abalanzándose sobre nosotros con una velocidad aterradora.

Cerré los ojos un instante, esperando el impacto de las garras.

Pero el golpe nunca llegó.

Un destello de luz violácea, cegadora y furiosa, estalló a mi lado. El calor que irradió fue tan intenso que sentí cómo las pestañas se me chamuscarbán en cuestión de décimas de segundo.

Abrí los ojos de par en par.

Mercy estaba de pie frente a mí, con los brazos extendidos hacia la bestia. Sus manos ya no eran las de una muchacha mortal; de sus palmas brotaban zarcillos de energía oscura, filamentos de fuego frío que se enroscaban en las extremidades de la criatura como serpientes de medianoche.

—Él me eligió a mí para cuidar de las raíces —gritó Mercy, y su voz resonó con la furia de una tempestad desatada—. ¡Este territorio no es tuyo para reclamarlo, sirviente del abismo! ¡Vuelve a la tierra de donde te arrancaron!

La magia de mi hermana chocó contra el monstruo con la fuerza de un ariete.

La criatura dejó escapar un chillido metálico, agónico, mientras los zarcillos de fuego violáceo le atravesaban el torso de lado a lado, calcinando su madera y pudriendo sus tendones desde el interior.

Las astillas saltaban por los aires, encendidas por chispas de escarcha negra.

Con un último estertor que hizo temblar los cimientos de piedra del molino, el coloso se desmoronó. Se convirtió en una pila humeante de ramas calcinadas y lodo negro que se disolvía rápidamente en la nada, dejando solo una mancha de humedad pestilente sobre las tablas rotas.

El silencio volvió a caer sobre el molino, roto únicamente por mi propia respiración agitada y el sordo crujir de las vigas dañadas.

Mercy se dejó caer de rodillas. El fulgor violáceo de sus ojos se apagó de golpe, devuelto a la negrura de su mirada humana.

Tosió con violencia, expulsando un chorro de savia oscura sobre el suelo, y su cuerpo entero comenzó a temblar con una fragilidad extrema, como si el esfuerzo de canalizar aquel poder ancestral hubiera consumido lo poco que le quedaba de vida.

Me arrodillé a su lado, la tomé de los hombros y la sostuve contra mi pecho. Su piel estaba tan fría que parecía hielo puro, pero respiraba.

—Lo... lo he matado —susurró ella, con la voz débil, apretando los dedos contra mi abrigo—. Pero han sentido la magia. El aquelarre sabe que hemos usado su propio fuego. No tardarán en venir más.

Miré hacia el umbral destrozado de la puerta.

Allá afuera, en la distancia infinita de la noche de Salem, la tormenta parecía haberse calmado, pero las copas de los Pinos Negros oscilaban con un ritmo acompasado, como si miles de ojos invisibles estuvieran observando cada uno de nuestros movimientos.

Ya no éramos fugitivos huyendo de la justicia de los hombres. Éramos desertores de un pacto de sangre, perseguidos por la furia de un dios sordo y hambriento.

—No vamos a esperar a que vengan —dije, ayudando a Mercy a ponerse de pie y pasándole su brazo alrededor de mis hombros—. Vamos a ir al claro. Si quieren la estirpe, tendrán que vérselas con el último hombre de nuestra sangre.