Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

En la tripa del molino

El interior del viejo molino olía a grano rancio, madera podrida y humedad estancada por años de abandono.

Las enormes muelas de piedra, congeladas en el tiempo, se alzaban en la penumbra como mandíbulas inactivas de un monstruo colosal.

El viento soplaba entre las rendijas de las vigas de roble, haciendo chirriar las aspas exteriores con un lamento metálico y rítmico que parecía el pulso agónico del propio edificio.

Acomodé a Mercy en el hueco que quedaba debajo de la tolva de madera, cubriéndola con sacos de arpillera viejos y secos para aislarla de la piedra helada.

Su aliento salía en bocanadas débiles; sus labios, teñidos por esa savia negra y opaca, susurraban palabras incoherentes en una lengua que no pertenecía a ningún dialecto de Nueva Inglaterra.

—Quédate aquí, Mercy. No hagas el menor ruido —le imploré en un susurro, sujetándole la barbilla.

Ella me miró con ojos vacíos, pero asintió despacio. Sus dedos se cerraron sobre el borde de mi manga con una presión fría y débil, como las patas de un pájaro moribundo.

Me erguí y me deslicé hacia una de las aberturas laterales de la pared de madera, donde un tablón roto me permitía atisbar el exterior sin ser visto.

A lo lejos, las antorchas de Herrick iluminaban la nieve como luciérnagas sanguinarias.

El vapor de la respiración de los sabuesos de caza se elevaba en densas nubes blancas mientras los animales tiraban de sus correas, ladra que te ladra, enloquecidos por el rastro de la sangre negra de Mercy.

Eran al menos seis hombres armados con mosquetes y chuzos de hierro, encabezados por Herrick y el propio magistrado Hathorne, cuyo capote de lana oscura flameaba con el viento como las alas de un buitre.

—¡Buscad en la orilla del arroyo! —la voz de Herrick resonó en la noche, dura y ronca—. ¡No pueden haber ido lejos! La bruja está herida y ese felón de su hermano pagará con la horca por cada paso que nos haga dar en este frío maldito.

Los ladridos se volvieron más agudos, más frenéticos. Los perros habían olido la sangre en la nieve junto al molino.

El pánico amenazó con paralizarme el pecho.

Mi pistola estaba vacía, inútil sin tiempo para recargarla en la penumbra.

Solo me quedaba la daga de hierro en el cinturón y mi propia desesperación.

Si entraban al molino, no tendríamos escapatoria.

Nos acorralarían contra las muelas de piedra y la sentencia se ejecutaría allí mismo.

Apreté el puño sobre el pomo de la daga, dispuesto a saltar sobre el primer hombre que cruzara el umbral. Pero antes de que el primer sabueso alcanzara los escalones de madera de la entrada, la noche sufrió un cambio espantoso.

El viento se detuvo de golpe. Los ladridos de los perros se ahogaron en un gemido lastimero, un aullido de puro terror animal.

A través del tablón roto, vi cómo los sabuesos se frenaban en seco, clavando las patas en la nieve, tratando desesperadamente de retroceder.

Sus guías tiraron de las correas, maldiciéndolos, pero las bestias comenzaron a convulsionar, soltando espuma por la boca mientras se arrastraban sobre el hielo.

—¿Qué demonios pasa con esos chuchos? —renegó uno de los guardias, levantando su mosquete.

Entonces, la niebla bajó desde la linde de los Pinos Negros.

No era una bruma ordinaria. Era una masa densa, azulada y pesada que reptaba a ras de suelo como una marea viviente, apagando la nieve a su paso.

Las antorchas de los hombres de Herrick comenzaron a parpadear con chispas de un verde enfermizo.

La temperatura descendió tanto y tan rápido que el chasquido del hielo al resquebrajarse en las vigas del molino sonó como disparos de fusil.

—¡Herrick! —chilló el juez Hathorne, dando un paso atrás con el rostro desfigurado por el pánico—. ¡Lanza una oración! ¡Invoca la protección del Señor!

Pero la niebla no traía oraciones. Traía el reclamo.

De entre la bruma azulada no salieron hombres ni brujas, sino sombras alargadas, amorfas, que caminaban sobre múltiples extremidades hechas de raíces retorcidas y hielo negro.

Las criaturas del bosque no venían a rescatarnos a Mercy y a mí; venían a devorar a los intrusos que osaban disputarles su tributo.

El ataque fue un relámpago de horror y silencio.

Uno de los sabuesos fue arrastrado hacia la niebla antes de que pudiera emitir un solo gruñido; solo se escuchó el crujido seco de sus huesos al partirse en mil pedazos.

Los guardias entraron en pánico. Sonó un disparo de mosquete, un fogonazo naranja que cortó la penumbra, pero la bala no encontró carne: solo la madera dura de los árboles y la niebla que se tragaba la luz.

—¡Atrás! ¡Volved a la aldea! —rugió Herrick, desenvainando su espada mientras retrocedía a tropezones sobre el lodo congelado.

Un alarido desgarrador rasgó la noche cuando una de las sombras envolvió al guardia más joven. Lo levantó a tres varas del suelo, retorciendo su cuerpo en un ángulo imposible mientras una escarcha negra le cubría el rostro en cuestión de segundos, ahogando sus gritos en una máscara de hielo.

Hathorne y Herrick, despojados de toda su soberbia y fanatismo, tiraron los mosquetes y echaron a correr en estampida hacia la luz distante de Salem, dejando atrás las antorchas caídas que se extinguían lentamente en la nieve manchada de sangre.

Retrocedí desde la rendija, temblando de pies a cabeza, con la frente empapada de sudor frío.

La fuerza que habitaba en el bosque había masacrado a los cazadores en cuestión de minutos.

No había sido una batalla; había sido una exterminación casual, un recordatorio de que ante el Amo de los Pinos Negros, los jueces, las leyes y las biblias puritanas eran tan frágiles como hojas secas en el otoño.

Un gemido a mis espaldas me hizo girar de golpe.

Mercy había salido de debajo de la tolva. Ya no estaba acostada. Se mantenía de pie en el centro del molino, envuelta en la oscuridad. Sus ojos brillaban en la penumbra con un fulgor azabache, y por primera vez desde que la saqué del calabozo, no parecía débil.

—Han olido la sangre en la entrada —susurró mi hermana, señalando la puerta del molino.

La niebla azulada comenzaba a filtrarse por las rendijas de los tablones inferiores, reptando por el suelo de madera hacia nuestros pies. La noche apenas empezaba, y las sombras del bosque venían a cobrar el resto de la deuda.