Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 7
18%

Capítulo 7

La sangre en la nieve

Huimos a través de la noche como dos espectros perseguidos por el mismo infierno.

El bosque ya no permanecía en silencio. A nuestra espalda, el estruendo de la madera al troncharse resonaba como el crujido de huesos gigantescos.

El fuego azul que había consumido al hombre sin ojos no se apaciguaba; al contrario, parecía haber contagiado a la propia vegetación, elevando columnas de humo violáceo que teñían la copa de los pinos y sofocaban la poca luz de las estrellas.

Mis pulmones arden con cada bocanada de aire helado.

Llevaba a Mercy medio a rastras, sintiendo su cuerpo rígido contra el mío, su peso muerto hundiéndose en los ventisqueros.

La nieve acumulada nos llegaba a las rodillas, actuando como una trampa de hielo que frenaba nuestros pasos mientras el eco de los lamentos del aquelarre retumbaba en las laderas de la hondonada.

—¡No te detengas! —le grité, con la garganta enajenada por el esfuerzo y el humo—. ¡No mires atrás, Mercy!

Pero ella no luchaba contra la tormenta.

Sus pies descalzos dejaban un rastro de sangre sobre la superficie blanca, una sangre oscura, casi negra, que no parecía congelarse al contacto con la intemperie.

Sus ojos, fijos en la negrura que se abría ante nosotros, no reflejaban el pánico del fugitivo, sino la pesadez del que se sabe atado por una cadena invisible.

Cruzamos el límite de los Pinos Negros casi sin aliento, cayendo de bruces sobre la ladera que descendía hacia los límites de Salem. Rodamos por la pendiente entre matorrales congelados y rocas afiladas hasta detenernos al pie de la vieja estructura del molino abandonado, junto al arroyo congelado.

Me arrastré sobre la nieve hasta alcanzar a mi hermana. La tomé por las solapas de la túnica, incorporándola. Su rostro era una máscara de cera; las venas oscuras que surcaban su cuello y sus pómulos pulsaban con un ritmo lento, ajeno al latido de un corazón humano.

—Mírame, Mercy —le ordené, sujetándole el rostro con ambas manos. El frío de su piel me quemó las yemas de los dedos—. Tienes que luchar contra esto. Rompimos el ritual. El guardián está muerto.

Mercy dejó escapar un suspiro que se congeló al instante en el aire, pero de sus labios no brotó vaho, sino una fina hebra de savia negra y espesa que se derramó por su barbilla.

—No se puede matar a la tierra con plomo, hermano —susurró, y su voz sonaba tan lejana que parecía provenir del fondo de un pozo—. El guardián solo era la boca que hablaba por ellos. Lo que habita bajo el monolito ya ha sentido tu disparo. Ha probado la plata de tu sangre.

—¡Me importa un demonio lo que haya bajo esa piedra! —grité, sacando el pañuelo de mi bolsillo para limpiarle el rostro—. Te voy a sacar de aquí. Traeré los caballos de la taberna, tomaremos el camino del sur hacia Boston antes de que desunte el alba.

—¿Hacia dónde? —Mercy sonrió con una amargura devastadora, señalando con un dedo tembloroso hacia el horizonte.

Cegué mis ojos contra la ventisca y miré en la dirección que me indicaba.

A menos de media milla, donde se erguían las primeras casas de madera de Salem, el cielo nocturno no estaba oscuro.

Una docena de antorchas avanzaba en fila india desde la Casa de Reuniones, cortando la niebla como una serpiente de fuego.

El repique frenético y metálico de la campana de la iglesia comenzó a taladrar la noche, un doble de alarma que llamaba a las armas a todos los hombres del pueblo.

Hathorne no había esperado al amanecer. La fuga del calabozo y la profanación del sótano habían desatado la cacería puritana.

—Están buscando a la bruja y al hereje que la liberó —dijo Mercy, recostando la cabeza contra las tablas carcomidas del molino—. Para el magistrado, somos siervos del Diablo. Para el bosque, somos el tributo. No hay Boston para nosotros. No hay refugio.

Apreté los dientes hasta sentir el chasquido del hueso. Metí la mano bajo la casaca y toque el cañón de la pistola: estaba frío, vacío y useless sin tiempo para volver a medir la pólvora y el plomo. En mi cinturón solo quedaba la daga de hierro y el crucifijo en mi cuello.

Éramos dos condenados atrapados entre dos miedos. De un lado, las antorchas del fanatismo humano, dispuestas a alzarnos en la pira o estirarnos en la soga para purgar sus propios terrores; del otro, la sombra ancestral que reclamaba la deuda de sangre desde las entrañas de los pinos.

—No voy a dejar que te quemen, Mercy —murmuré, pasándole mi abrigo pesado de lana por los hombros y levantándola en brazos a pesar de la punzada de dolor que me atravesó la espalda—. Y tampoco voy a dejar que te lleven ellos.

—Entonces nos destruirán a los dos —respondió ella, cerrando los ojos mientras se apoyaba en mi pecho—. Porque para salvarme a mí, vas a tener que convertirte en algo peor que el juez Hathorne... y más oscuro que el propio aquelarre.

Cargando con el peso de mi hermana, me adentré en la penumbra del viejo molino justo cuando los primeros ladridos de los perros de caza de Herrick comenzaron a resonar sobre el manto helado de la noche.