Capítulo 6
La comunión del fuego frío
El descenso hacia la hondonada fue como tragar veneno gélido.
Cada paso que daba pendiente abajo hendía la nieve con un chasquido seco, pero la docena de figuras que danzaban alrededor del monolito ni siquiera se giró.
Sus movimientos continuaban siendo fluido y macabro, como títeres impulsados por una corriente invisible, rozando la tierra helada sin aplastar una sola rama.
Los cráneos de ciervo que coronaban sus cabezas me observaban con cuencas vacías y oscuras, petrificadas en una mueca de agonía ancestral.
El hombre sin ojos me esperaba al pie de la piedra negra. A medida que me acercaba, el resplandor violáceo que emanaba de la tierra hacía temblar las sombras, deformando la realidad a nuestro alrededor.
—Has traído el hierro en el cinto y la plata en el cañón —dijo la criatura.
Su voz no salía de su boca, que permanecía entornada y repleta de dientes como esquirlas; resonaba en el centro de mi cráneo, haciendo que me dolieran las sienes—.
Armas de hombres asustados. Crees que has venido a luchar por el alma de tu hermana, posadero.
Pero no entiendes la naturaleza de la deuda.
Detuve mis pasos a tres varas de él. Mano derecha en la empuñadura de la daga de hierro, mano izquierda rozando la culata de la pistola en mi cinturón. El crucifijo de hierro me pesaba en el cuello como una losa de tumba.
—Déjala ir —dije, tratando de que el temblor de mi voz no traicionara la angustia que me carcomía las entrañas—. El trato fue por mi vida cuando la fiebre me consumía. Yo estoy aquí. Toma mi carne, toma mi sangre si es lo que exige este lugar maldito, pero rompe el nudo que ató a Mercy.
Una carcajada sorda y multitudinaria brotó del grupo de danzantes. Las figuras se detuvieron de golpe, congelándose en posturas imposibles. Un silencio de muerte cayó sobre el claro.
—¿Tu carne? ¿Tu sangre? —El hombre sin ojos ladeó la cabeza.
La corteza de abedul podrido que llenaba sus cuencas crujió suavemente—.
La carne se pudre en el invierno, posadero.
La sangre se seca en la tierra. Lo que tu hermana entregó en el claro de los pinos no fue un tributo pasajero. Fue una estirpe.
Un frío distinto, más antiguo y voraz que la noche de Salem, me paralizó los pies.
—¿De qué hablas? —mascullé, apretando los dientes.
—Los puritanos creen que levantaron Salem sobre tierra virgen —continuó la criatura, dando un paso lento hacia mí.
El olor a tierra húmeda y humedad de sepultura que emanaba de él era casi insoportable—.
Creen que sus salmos y sus cercas de madera los protegen de la oscuridad.
Pero las raíces de este bosque bebían de los vivos siglos antes de que el primer barco inglés tocara estas costas.
Tu familia no llegó aquí por azar. Tu abuelo no guardó el hierro y la plata por devoción.
Tu sangre lleva el sello de la tierra desde que pisaron este suelo.
De detrás del monolito surgió una sombra.
Al principio pensé que era otro miembro del aquelarre, pero cuando la luz violeta iluminó su rostro, el corazón se me frenó en el pecho.
Mercy.
Estaba descalza sobre la nieve, vistiendo solo una túnica de lino blanco desgarrada.
Su piel estaba tan pálida que parecía de cera, y por sus venas corría una negrura visible, como tinta esparcida bajo la piel.
Sin embargo, no había cadenas rodeando sus muñecas.
No había cuerdas. Se mantenía erguida al lado de la piedra sagrada, mirando fijamente la luna oculta tras las copas de los pinos.
—Mercy... —un hilo de voz se me escapó de la garganta.
Ella me miró. Y en sus ojos ya no vi a la muchacha aterrorizada de la taberna, ni a la prisionera del sótano de la Casa de Reuniones. Había una frialdad monumental, una distancia abismal, como si mirara a través de mí hacia algo infinitamente lejano.
—El fuego de la fiebre no te quemaba el cuerpo para matarte, hermano —dijo Mercy.
Su voz era tranquila, dulce y aterradora a la vez—.
La tierra te estaba reclamando. El pacto que hice no fue para salvarte de la muerte...
fue para retrasar tu despertar hasta que la luna de invierno estuviera sobre el monolito.
—Te han envenenado la mente —rugí, sacando la pistola de chispa con la rapidez del pánico. Apunté directamente al pecho del hombre sin ojos—. ¡Apártate de ella! ¡Nos vamos de este bosque ahora mismo o te juro por Dios que derramo tu sangre negra sobre esta piedra!
El hombre sin ojos ni siquiera pestañeó.
—Dispara la plata, posadero. Quema la madera. Pero no puedes matar a lo que sostiene el suelo que pisas. Tu hermana no es una cautiva. Es el áncora. Y tú eres la llave.
En ese instante, la multitud de capas y cráneos de ciervo comenzó a avanzar hacia mí en un círculo sofocante.
Sus manos, largas y ramificadas como madera seca, se extendieron hacia mi rostro.
El aire se volvió tan denso que la pólvora del martillo de mi pistola empezó a humedecerse por la humedad malsana del claro.
No dudé más.
Apreté el gatillo.
El chasquido del sílex contra el hierro provocó una chispa viva. Una llamarada blanca estalló de la boca del cañón, acompañada por un rugido sordo que retumbó en la hondonada como un trueno. El perdigón de plomo envuelto en polvo de plata pura atravesó el pecho del hombre sin ojos.
El impacto no lo derribó, pero el efecto fue brutal.
De la herida no brotó sangre, sino una columna de fuego azul e hirviente que comenzó a consumirlo desde adentro.
La criatura dejó escapar un chillido agudo, un lamento inhumano que hizo vibrar el monolito y resquebrajó la escarcha de los árboles.
La masa de danzantes retrocedió en desbandada, tapándose los yelmos de cráneo mientras el fuego sagrado de la plata y el hierro los abrasaba a la distancia.
Aproveché el segundo de caos. Me abalancé hacia la piedra, agarré a Mercy por el brazo con fuerza desesperada y la arrastré conmigo hacia la pendiente del promontorio.
—¡Nos vamos! —le grité al oído, sintiendo su brazo helado y rígido como una rama de invierno.
Mercy no se resistió, pero mientras subíamos a tropezones por la nieve, su mirada se mantuvo fija en el monolito que ardía en llamas azules.
—No puedes huir de lo que llevas en las venas, hermano —susurró a mi lado mientras el aliento se nos congelaba en los labios—. Has quemado al guardián... pero el Amo de los Pinos Negros ya ha despertado. Y los jueces de Salem no serán los únicos que vengan a buscarnos al amanecer.
Detrás de nosotros, en la ceguera de la noche y el estruendo de la madera ardiendo, el bosque entero pareció exhalar un rugido de rabia que hizo temblar la tierra bajo nuestras botas.