Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

El umbral de los Pinos Negros

El humo pestilente tardó varios minutos en disiparse, adhiriéndose a las vigas del techo como una telaraña grasienta.

Me quedé de rodillas sobre la madera, tosiendo ceniza y bilis, con los ojos llorosos y la garganta en llamas.

Cuando por fin pude ponerme de pie, la taberna volvía a ser una tumba gélida.

La chimenea estaba apagada; ni siquiera quedaban brasas, solo un montículo de cenizas grises que apestaban a osario.

No había tiempo para el pánico. La locura ya había echado las cartas y mi alma era la apuesta.

Caminé a zancadas hacia el rincón más oscuro detrás de la barra.

Me arrodillé y usé la punta de mi daga para hacer palanca entre dos tablas sueltas del suelo.

La madera podrida cedió con un crujido, revelando el escondite que mi abuelo había construido décadas atrás.

Extraje un cofre pequeño de madera de cedro, pesado y sellado con cera que raspan mis dedos torpes.

En su interior descansaba una pistola de chispa, envuelta en paños engrasados para protegerla de la humedad, junto a un cuerno de pólvora y una bolsa de cuero.

Abrí la bolsa y derramé su contenido sobre el mostrador: seis perdigones de plomo fundido, un frasco de vidrio esmerilado que contenía polvo de plata pura, y un pesado crucifijo forjado en hierro negro, tosco pero letal.

Mi abuelo nunca confió en los sermones del reverendo Parris para espantar el mal. Decía que las bestias del Nuevo Mundo no temían a las palabras, sino al metal que quemaba su carne antinatural.

Cargué la pistola con manos temblorosas pero precisas.

Vertí una medida de pólvora, introduje un perdigón y lo apisoné.

Luego, vacié la mitad del polvo de plata en el cañón.

Guardé la pistola en mi cinturón, junto a la daga de hierro, y me colgué el crucifijo al cuello.

Al hacerlo, el amuleto que Mercy me había entregado —la corteza envuelta en su cabello— pareció reaccionar contra mi pecho, emitiendo un calor febril que me caló hasta los huesos.

Era una brújula maldita, tirando de mí hacia el este. Hacia los Pinos Negros.

Salí de la taberna y me adentré en la tormenta. Faltaba menos de una hora para la medianoche.

Atravesé Salem sin mirar atrás. Las casas de mis vecinos, oscuras y silenciosas, parecían las lápidas de un cementerio abandonado por Dios. Nadie iba a asomarse. Nadie iba a ayudarme. El terror había convertido a la aldea en un rebaño ciego y sordo.

Al dejar atrás la última empalizada del pueblo, la nieve se volvió más profunda, llegándome casi hasta las rodillas.

La linde del bosque se alzaba ante mí como un muro de obsidiana.

Los puritanos decían que aquel era el dominio del Diablo, pero se equivocaban; el Diablo de las Escrituras era un concepto demasiado humano, demasiado ordenado para la brutalidad salvaje y antigua que latía entre estos troncos.

Di el primer paso hacia la espesura. Al cruzar el umbral de los árboles, el viento cortante se detuvo de golpe.

El silencio que me envolvió no era paz; era el silencio de un depredador conteniendo la respiración.

Las ramas desnudas de los árboles se retorcían en ángulos imposibles, entrelazándose sobre mi cabeza como dedos huesudos, bloqueando cualquier rastro de la luna.

El único sonido era el crujido de la nieve bajo mis botas y el repiqueteo acelerado de mi propio corazón.

Avancé guiado por el calor abrasador del amuleto en mi pecho.

A medida que me adentraba, el bosque comenzó a cambiar.

Los troncos de los pinos supuraban una savia negra y espesa que apestaba a hierro oxidado.

De vez en cuando, el eco de un crujido lejano o de un susurro indescifrable rebotaba contra la corteza de los árboles.

Una vez creí ver la figura raquítica de Sarah Good trepando por un fresno invertida, como una araña monstruosa, pero al parpadear, solo había sombras.

El calor de la corteza de abedul bajo mi camisa se volvió insoportable, casi quemándome la piel. Estaba cerca.

El terreno comenzó a descender abruptamente hacia una hondonada natural. Me agaché, usando las raíces sobresalientes para no resbalar, y me arrastré por la nieve hasta llegar al borde de un promontorio de roca.

Allí abajo, oculto en las entrañas de la tierra, estaba el claro.

No había fuego, pero el lugar estaba iluminado por un resplandor violáceo y enfermizo que parecía brotar de la misma tierra congelada. En el centro de la depresión se alzaba un monolito de piedra negra, manchado de sangre vieja y escarcha.

Alrededor del monolito, una docena de figuras danzaban en completo silencio.

Llevaban capas hechas de pieles de animales desollados y cráneos de ciervos a modo de yelmos.

Sus movimientos eran espasmódicos, fluidos y antinaturales, levitando a centímetros de la nieve sin dejar huellas.

El aquelarre. Las verdaderas brujas de Salem, que usaban a las niñas de Parris y a los jueces corruptos como simples marionetas para su propio festín.

Y allí, de pie junto al altar de piedra, esperándome, estaba el hombre sin ojos.

La cuenca de abedul podrido incrustada en su rostro giró lentamente hacia el promontorio donde yo me ocultaba. Aunque no tenía pupilas, sentí su mirada atravesarme el cráneo. Levantó una mano de dedos larguísimos y pálidos, invitándome a descender al foso.

Apreté la culata de la pistola cargada de plata. Respiré hondo, tragándome el terror puro que amenazaba con paralizarme el corazón, y di un paso al frente para salir de las sombras. Era la hora de pagar la deuda de sangre.