Capítulo 4
El reclamo de las sombras
El olor a pólvora rancia de los barriles apenas disimulaba el sudor frío que me empapaba la nuca.
Apreté la espalda contra la piedra húmeda del muro, conteniendo la respiración hasta que los pulmones me ardieron.
A escasos metros, la antorcha del carcelero proyectaba la silueta encorvada del juez Hathorne sobre el rostro inmutable de Mercy.
—Te lo preguntaré una última vez, criatura abyecta —graznó Hathorne.
Su voz, siempre cargada de una superioridad moral repugnante, temblaba ligeramente por el terror apenas contenido—.
¿Quién de tus vecinos te obligó a firmar en el libro del Maligno?
Dame un nombre y el tribunal será misericordioso.
Mercy no apartó la vista del suelo de tierra. Con una lentitud escalofriante, levantó la cabeza. Sus ojos ya no eran los de la muchacha que yo había criado; estaban velados por una oscuridad que parecía tragar la escasa luz del sótano.
—El tribunal no tiene misericordia, juez —susurró ella, y su voz sonó extrañamente multiplicada, como si otras gargantas invisibles hablaran al unísono desde los rincones de la celda—.
Y el bosque no tiene piedad. Ustedes cazan liebres asustadas mientras los lobos ya están sentados a su propia mesa.
Hathorne, enfurecido por la insolencia, levantó su pesado bastón de madera con la intención de cruzarle el rostro. Pero el golpe nunca llegó.
Una ráfaga de viento helado, imposible en aquel subsuelo cerrado, barrió el calabozo y apagó de golpe todas las antorchas salvo una.
El bastón de Hathorne se detuvo en el aire, a centímetros de la frente de Mercy.
El juez dejó escapar un gemido ahogado. A la luz mortecina que quedaba, vi cómo una capa de escarcha negra y antinatural trepaba velozmente por la madera del bastón, congelando los nudillos de Hathorne hasta volverlos blancos y rígidos como el mármol.
—¡Brujería! —chilló uno de los guardias, retrocediendo a tropezones y dejando caer su manojo de llaves al suelo de piedra.
El pánico estalló en el sótano. Los prisioneros comenzaron a gritar, algunos rezando a gritos, otros riendo con una histeria desenfrenada. Hathorne soltó el bastón con un alarido de dolor, agarrándose la mano congelada. Ese era mi momento.
Confiando en el caos y en la penumbra, me deslicé lejos de los barriles.
El trozo de corteza envuelto en el cabello de mi hermana latía contra mi pecho, irradiando un calor opresivo que parecía empujarme.
Subí los escalones de piedra de dos en dos, empujé la trampilla de madera con los hombros y me lancé al exterior, rodando sobre la nieve endurecida.
La noche me recibió con su aliento cortante, pero esta vez no sentí el frío. Sentí el peso aplastante de la deuda.
Me incorporé, sacudiéndome la nieve del abrigo.
A mis espaldas, la Casa de Reuniones parecía un ataúd gigante, resonando con los gritos sofocados del subsuelo.
Mi hermana se había entregado para que yo sobreviviera a la fiebre.
Su alma estaba atada a las raíces pútridas de Salem.
Si quería salvarla de la horca y del fuego eterno, no bastaba con sobornar a un guardia ni con apelar a la razón de un tribunal corrupto.
Tenía que ir a la fuente. Tenía que romper el pacto.
Corrí de regreso a la taberna, hundiendo las botas en la nieve ensangrentada por los restos de animales congelados.
Necesitaba armarme con algo más que una simple daga.
Mi abuelo había guardado polvo de plata y perdigones de plomo fundido en un arcón de roble bajo las tablas del suelo; reliquias de una época en la que los primeros colonos sabían que los nativos no eran el único peligro en la oscuridad.
Al empujar la puerta trasera de mi establecimiento, el calor sofocante del interior me golpeó como un muro físico. Era imposible. Yo había dejado el fuego casi extinto.
Desenvainé la daga de hierro antes de dar un paso más.
La sala principal de la taberna estaba iluminada por las llamas de la chimenea, que ahora ardían con un fulgor violáceo, rugiendo como una bestia enjaulada.
La escarcha negra que horas antes había marcado mi puerta principal se había derretido, dejando un charco de lodo espeso que apestaba a carne podrida y tierra húmeda.
Y sentado en una de las mesas centrales, dándome la espalda, había un hombre.
Llevaba un abrigo de pieles gruesas, oscuro y empapado de barro. Jugaba con una de mis jarras de peltre, haciéndola girar lentamente con dedos inusualmente largos, pálidos y terminados en uñas rotas llenas de tierra negra.
—Llegas tarde, posadero —dijo el extraño. Su voz era grave, tan profunda que hizo vibrar las tablas del suelo bajo mis botas—. El calor de esta vida que disfrutas fue comprado a un precio muy alto.
Apreté la empuñadura del hierro forjado, acercándome sigilosamente por la espalda.
—¿Quién eres y cómo has entrado? —exigí, sintiendo cómo el pulso me latía en las sienes.
El hombre dejó la jarra sobre la madera con un golpe seco.
Giró el rostro lentamente hacia la lumbre violácea de la chimenea.
El terror me paralizó los músculos. No tenía ojos.
En el lugar donde debían estar las cuencas, solo había corteza de abedul retorcida, entrelazada con tejido cicatrizado, como si el bosque mismo hubiera echado raíces dentro de su cráneo.
—Soy el cobrador —susurró la criatura, esbozando una sonrisa torcida que reveló dientes afilados como esquirlas de pedernal—.
Tu hermana ya nos pertenece. Pero el Amo de los Pinos Negros ha olido la rabia en tu sangre.
Me envía para darte una invitación. Ven al claro del bosque a la medianoche.
Reclama su alma... si te atreves a apostar la tuya.
Antes de que pudiera alzar la daga para golpearlo, el fuego de la chimenea estalló en una nube de humo espeso y pestilente, cegándome por completo y llenándome los pulmones de ceniza.
Cuando logré dejar de toser y abrí los ojos unos segundos después, la taberna estaba completamente vacía.
Solo quedaba el frío cortante que regresaba, la oscuridad absoluta, y el eco de una carcajada gutural perdiéndose en el viento implacable de Salem.