Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

El cáliz oscuro

—Baja esa maldita arma, Thomas —dije, manteniendo la voz en un susurro áspero, apenas por encima del viento—. Un disparo ahora mismo despertaría a medio pueblo. Y a juzgar por lo que aúlla ahí fuera, llamar la atención es lo último que quieres hacer.

El viejo guardia parpadeó, reconociendo por fin mi rostro bajo la luz mortecina del farol. La punta del mosquete tembló violentamente antes de descender hacia la nieve. Su rostro estaba demacrado, surcado por un terror puro que le había envejecido diez años en una semana.

—El magistrado Hathorne dio órdenes estrictas... Nadie entra sin su sello —balbuceó Thomas, frotándose los ojos enrojecidos. Miraba de reojo hacia la espesura de los árboles, como si esperara que el mismísimo diablo emergiera de entre los troncos en cualquier momento.

Con la mano izquierda, sin soltar el farol, rebusqué bajo mi pesada capa de lana y saqué una pequeña petaca de cuero.

Era ron antillano, espeso y abrasador. Se la tendí en silencio.

Thomas dudó un segundo, pero el frío y el miedo fueron más fuertes que su lealtad al tribunal.

La arrebató con dedos agarrotados, quitó el tapón con los dientes y dio un trago largo y desesperado.

—Cinco minutos —jadeó, devolviéndome la petaca mientras un calor febril le devolvía algo de color a las mejillas—. Si Hathorne o el reverendo Parris te ven aquí, nos colgarán a los dos en la colina antes del amanecer. Entra por la compuerta de la leña.

Asentí en silencio y me deslicé hacia el lateral de la Casa de Reuniones. Empujé la pesada trampilla de roble y comencé el descenso por las escaleras de piedra hacia las entrañas del edificio.

El calabozo improvisado era la antesala del infierno.

El aire allí abajo era espeso, sofocante, cargado de un hedor nauseabundo a cuerpos sin lavar, heces, paja podrida y algo más.

Un olor punzante a azufre y a carne quemada que me irritó la garganta al instante.

La poca luz provenía de antorchas humeantes clavadas en las paredes, proyectando sombras que parecían retorcerse de forma independiente, burlando las leyes de la luz y el fuego.

Había al menos veinte personas hacinadas en el espacio húmedo.

Algunas lloraban en silencio; otras, encadenadas a las argollas de hierro, miraban al vacío con el espíritu roto.

Pero lo que me heló la sangre no fueron los sollozos, sino los susurros.

Desde los rincones más oscuros, varias de las mujeres acusadas murmuraban letanías en una lengua gutural, escupiendo sílabas que raspaban los oídos y hacían vibrar la piedra del suelo.

La locura no solo había infectado Salem; la magia oscura estaba devorando la prisión desde adentro.

Encontré a Mercy en el rincón más alejado, encogida bajo un ventanuco enrejado.

No estaba tiritando. No estaba llorando.

Me arrodillé junto a ella y acerqué el farol.

El aliento se me cortó de golpe. Mercy tenía un trozo afilado de piedra en la mano y estaba raspando el suelo de tierra compacta.

Los trazos que dejaba formaban exactamente el mismo patrón herético que había aparecido congelado en la puerta de mi taberna.

Sus dedos estaban manchados de su propia sangre, que usaba para darle vida a la runa.

—¡Mercy! —susurré, agarrándola por los hombros para detenerla—. Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo? He venido a sacarte. Conozco un camino hacia el puerto, podemos...

Ella levantó el rostro. Su piel estaba pálida como el hueso, pero sus ojos brillaban con una lucidez feroz y antinatural. No había miedo en ellos; había una resignación abismal.

—No hay puerto lo suficientemente lejos, hermano —su voz sonó extrañamente serena, desprovista del pánico de esta mañana—. Las raíces del bosque profundo se extienden por toda la tierra. Ellos ven a través de los cuervos. Ellos escuchan a través del viento.

—Estás delirando por el frío. Te han torturado —intenté tirar de ella, pero Mercy se resistió con una fuerza que no correspondía a su cuerpo frágil y desnutrido.

—No me torturaron. Y no me obligaron —respondió, clavando sus ojos en los míos. La confesión cayó sobre mí como un bloque de hielo—. Fui yo. Yo caminé hacia el claro de los pinos negros. Yo firmé en el libro de cortezas.

—No... no mientas. Lo dices porque estás aterrada...

—Lo digo porque es la verdad —me interrumpió, agarrando la solapa de mi abrigo—.

El invierno pasado ibas a morir por la fiebre.

¿Recuerdas? El médico del pueblo te desahució.

Fue entonces cuando las hermanas del bosque me llamaron.

Me ofrecieron un trato. Tu vida, a cambio de mi juramento.

Bebí del cáliz oscuro para que tú pudieras respirar.

El suelo pareció abrirse bajo mis botas. Mi hermana, mi sangre, había condenado su alma para salvar mi cuerpo de la enfermedad. La magia negra, los susurros blasfemos, el terror que envolvía a Salem... todo era real, y mi vida estaba cimentada sobre ese pacto impío.

Antes de que pudiera asimilar el golpe, un sonido seco hizo eco en el techo de madera sobre nuestras cabezas. El golpe de un bastón. Luego, el crujido de unas botas pesadas descendiendo por la escalera de piedra.

El juez Hathorne.

—Vienen por mí para el interrogatorio final —susurró Mercy, poniéndose de pie ágilmente—. Vete. Ahora.

—No te voy a dejar aquí para que te ahorquen.

—Mi alma ya les pertenece a ellos, no a los magistrados —Mercy se llevó la mano al pecho, rebuscó bajo sus harapos y me entregó un pequeño bulto.

Era un trozo de corteza de abedul negra, envuelto fuertemente con un mechón de su propio cabello—.

Toma esto y no lo sueltes. El aquelarre sabe que eres mi sangre.

Esta marca te ocultará de los ojos del Diablo, al menos por un tiempo.

Los pasos estaban casi al final de la escalera. Podía ver el reflejo del farol de los guardias bailando en la pared.

—¡Conviértete en sombra! ¡Huye! —ordenó Mercy, dándome un empujón hacia la oscuridad del muro trasero, donde se apilaban viejos barriles de pólvora inutilizados.

Me deslicé tras los barriles en el instante exacto en que el juez Hathorne, envuelto en su pesada toga negra, pisaba el calabozo.

Su rostro, afilado y cruel, se contrajo con asco al aspirar el hedor del encierro.

Detrás de él, dos carceleros levantaron sus antorchas, iluminando el rostro pálido e inquebrantable de mi hermana.

Apreté la corteza contra mi pecho, sintiendo cómo el mechón de pelo parecía palpitar contra mis nudillos.

Oculto en las tinieblas, supe que mi vida ya no me pertenecía, y que escapar de los jueces de Salem era solo el menor de mis problemas.

Tenía una deuda con el bosque, y el bosque siempre cobra su tributo.