Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

El aliento del bosque

El frío que desprendía la runa grabada en la madera no era hielo; era el tacto de un cadáver.

Acerqué la mano, casi por un instinto morboso, y a escasos centímetros de la puerta sentí cómo el aire me succionaba el calor de la piel.

No me atreví a tocar el símbolo. Sus líneas, retorcidas y angulosas, parecían palpitar bajo la escarcha negra, como si la madera de roble de mi propia taberna estuviera respirando.

El aquelarre me había marcado. No era una advertencia para que me mantuviera alejado de Mercy; era una reclamación.

Una burla. Me estaban diciendo que las paredes de mi hogar, los cerrojos de hierro y el fuego de la chimenea no significaban nada para los horrores que habitaban más allá de los límites del pueblo.

Retrocedí tropezando con un taburete. El olor a tierra removida y a hojas podridas se había vuelto tan espeso que me costaba tragar saliva.

Salem entero llevaba semanas consumido por los rumores, por las convulsiones de las niñas de Parris y por las acusaciones de brujería que volaban como dagas en la oscuridad.

Pero hasta ese momento, una parte de mí había querido creer que todo era producto de la histeria, de la envidia entre vecinos o del hambre que traía el invierno.

Ya no. La magia negra existía, era tangible, y acababa de profanar mi puerta.

Corrí hacia la trastienda, mis botas repiqueteando contra la piedra con una urgencia desesperada.

No podía quedarme a esperar a que la escarcha negra devorara el resto de la taberna.

Descolgué de la pared mi viejo abrigo de lana cruda, pesado por la humedad, y lo eché sobre mis hombros.

Luego, me agaché junto al baúl de las provisiones y saqué lo único que mi abuelo me había jurado que servía contra las sombras que rondaban el Nuevo Mundo: una pesada daga de hierro forjado.

No era un arma elegante, pero el hierro puro era un veneno para las criaturas del bosque.

La enfundé en mi cinturón, encendí un farol de aceite y me dispuse a salir, evitando rozar la puerta principal.

Salí por el callejón trasero, empujando la puerta de servicio contra la nieve acumulada.

La noche de Salem me recibió con un aullido.

El viento soplaba desde el este, trayendo consigo el eco lejano del mar, pero también un susurro seco que provenía de los pinos negros.

Las calles estaban desiertas. Las casas de madera y techos a dos aguas se alzaban como lápidas gigantescas en un cementerio abandonado.

No había una sola vela encendida en las ventanas; los vecinos de Salem se habían sumido en la oscuridad voluntariamente, aterrorizados de que la luz atrajera la mirada del diablo o, peor aún, la de los magistrados.

Caminé hundiendo las botas en la nieve ensangrentada por el barro y los desperdicios, dirigiéndome hacia la Casa de Reuniones.

Desde que la cárcel del pueblo se había desbordado con mujeres, hombres e incluso niños acusados, las autoridades habían empezado a utilizar el sótano de la Casa de Reuniones como un calabozo improvisado. Allí tenían a Mercy.

Mientras avanzaba por la calle principal, la paranoia de la aldea se hizo palpable.

Cada sombra proyectada por mi farol parecía retorcerse.

Cada crujido de las ramas desnudas sonaba como un hueso al romperse.

Al pasar frente a la casa del reverendo Parris, un ruido gutural me detuvo en seco.

Provenía del callejón estrecho entre su propiedad y el granero de los Putnam.

Levanté el farol, entrecerrando los ojos contra la ventisca.

Allí, agazapada sobre la nieve, había una figura envuelta en harapos. Estaba de espaldas a mí, hurgando en el vientre abierto de un perro callejero congelado. El sonido de la carne rasgada y los tendones masticados me revolvió el estómago. Llevé la mano a la empuñadura de mi daga de hierro.

—¿Quién anda ahí? —mi voz sonó ronca, casi extraña para mis propios oídos.

La figura dejó de masticar. Se incorporó lentamente, con un movimiento espasmódico, como si sus articulaciones estuvieran unidas por hilos rotos.

Cuando giró el rostro hacia la luz de mi farol, el aliento se me atascó en la garganta.

Era Sarah Good, la mendiga del pueblo. Pero sus ojos no eran humanos; estaban completamente en blanco, nublados por unas cataratas espesas como la leche agria.

Su boca, manchada de sangre oscura, se curvó en una sonrisa que dejaba ver encías ennegrecidas.

—El amo exige carne, posadero —susurró Sarah, y su voz no era la de una anciana desdentada, sino un coro de susurros ásperos que resonaban directamente dentro de mi cabeza—. Tu hermana ya bebió del cáliz oscuro. La soga no la matará. Solo la liberará.

Antes de que pudiera desenvainar la daga, Sarah se dejó caer sobre las cuatro extremidades y huyó hacia la oscuridad del bosque con una velocidad repulsiva, más parecida a la de un arácnido gigante que a la de una mujer.

Me quedé paralizado, temblando de pies a cabeza, con el corazón martilleando contra mis costillas.

Tu hermana ya bebió del cáliz oscuro. Las palabras se clavaron en mi mente como astillas envenenadas.

Mercy no era una víctima inocente de la histeria puritana.

O la habían corrompido, o estaba bajo un embrujo tan profundo que el aquelarre ya la consideraba suya.

Sacudí la cabeza para espantar el terror y apreté el paso.

La imponente silueta de la Casa de Reuniones se alzó finalmente ante mí, recortada contra un cielo sin estrellas.

Dos guardias custodiaban la entrada pesada del sótano, armados con mosquetes y tiritando bajo sus gruesas capas.

Reconocí a uno de ellos al instante: Thomas, un viejo bebedor de mi taberna que ahora trabajaba para el magistrado Hathorne.

Me acerqué manteniendo el farol en alto, ocultando la mano que aferraba el hierro. Thomas levantó su mosquete, apuntándome al pecho con manos temblorosas. Sus ojos estaban inyectados en sangre, delatando días enteros sin dormir, consumido por el mismo terror que asfixiaba a todo Salem.

—Ni un paso más. En el nombre de la corte de Oyer y Terminer, identifícate o te disparo al alma —gritó Thomas, con el dedo rozando el gatillo.

El viento aulló de nuevo, pero esta vez, juraría que arrastraba consigo el sonido de decenas de mujeres riendo en lo profundo de los árboles.