Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 1
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Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2)

Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2)

Por A. E. Blackwood

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Capítulo 1

El peso del invierno y la sombra

Mis dedos estaban completamente entumecidos, y no solo por el frío que se filtraba a través de las rendijas de las maderas podridas por la humedad, sino por una densidad extraña que flotaba en el ambiente.

Desde el amanecer, una presencia pesada y orgánica latía bajo los cimientos de la aldea, un eco sordo que confirmaba lo que los ancianos murmuraban en secreto y que el puritanismo intentaba negar: los aquelarres del bosque profundo nunca descansaban.

La sangre que pronto se derramaría en los juicios no era justicia divina, sino un tributo macabro a algo mucho más antiguo.

Miré por la ventana. El cristal, empañado por el vaho de innumerables noches de desesperación, distorsionaba el exterior en un lienzo borroso de grises y blancos espectrales, hasta que una nitidez brutal y aterradora se abrió paso de repente frente a mis ojos.

Una procesión. O más bien, un arrastre infame.

Los uniformes austeros de los hombres del magistrado Herrick avanzaban con una cadencia pesada, implacable, sobre el fango helado de la calle principal.

Y en medio de ellos, arrastrada sin piedad por el fango, una figura pequeña, desgarbada, con el cabello suelto y enmarañado como un nido de cuervos azotado por una tormenta invisible.

Mercy. Mi hermana.

—¡Bruja! ¡Bruja! ¡Mercy es una bruja! —chillaron las niñas de Parris desde la linde del camino, agrupadas como buitres hambrientos.

Sus rostros estaban desfigurados por lo que solo podía describirse como un éxtasis febril y antinatural.

Señalaban con dedos huesudos y temblorosos que parecían apuntar directamente al corazón de mi propia vida.

No había inocencia infantil en sus miradas; había una malicia antigua, inyectada por las mismas sombras que habitaban los pinos negros a las afueras del pueblo.

La sangre me hirvió en las venas con una furia cegadora.

Apreté la jarra de peltre con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos, al borde de estallar.

El instinto primario de supervivencia y defensa rugió en mi garganta, exigiendo que rompiera el cristal, que saliera a enfrentar a esa jauría de lobos con piel de cordero.

Agarré el pesado atizador de hierro junto a la chimenea, dispuesto a matar si era necesario.

Pero entonces, Mercy levantó la cabeza.

Sus ojos, los mismos que había visto brillar con travesura en la infancia, se encontraron con los míos a través del vidrio helado.

En esa mirada cargada de una desesperación abrumadora no solo había terror ante la inminente hoguera; había una advertencia absoluta.

Un mandato mudo que me atravesó la mente con la fuerza de un maleficio: No intervengas.

No te sacrifiques también. Sus labios secos y agrietados no se movieron, pero el eco de su prohibición resonó dentro de mi cabeza, recordándome que el poder que la había arrastrado no era solo la estupidez humana, sino una maldad real, tangible y hambrienta.

La macabra procesión se alejó lentamente entre gritos estridentes, tragada por la bruma plomiza. El frío silencio volvió a copar la taberna. Solté el atizador, que repiqueteó contra la piedra del suelo con un sonido sordo.

La impotencia me devoraba el estómago, pero sabía que salir corriendo detrás de los guardias con un hierro en la mano solo garantizaría dos sogas en lugar de una.

Tenía que pensar. Tenía que encontrar la manera de arrebatársela a los magistrados antes de que el fanatismo del juez Danforth firmara su sentencia de muerte.

El día se escurrió como sangre en la nieve.

Nadie entró a la taberna; el pueblo entero estaba encerrado, consumido por la paranoia, rezando a un Dios que parecía haber abandonado Salem hacía mucho tiempo.

Cuando la noche finalmente cayó, envolviendo la aldea en una oscuridad absoluta, me serví un trago de ron áspero para intentar calmar el temblor de mis manos.

Fue entonces cuando el aire de la habitación cambió.

La única vela que iluminaba la barra parpadeó violentamente, aunque las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto.

El fuego de la chimenea, que apenas era un montón de brasas rojas, de repente se tornó de un azul enfermizo.

El frío se intensificó hasta volverse doloroso, y un olor inconfundible a tierra removida y hojas podridas inundó la estancia.

Un crujido sordo me hizo girar sobre mis talones.

En la pesada puerta de roble de la taberna, del lado de adentro, la escarcha del invierno había comenzado a trepar por la madera.

Pero no seguía los patrones naturales del hielo.

Las líneas blancas y cristalinas se retorcían, serpenteaban y se cruzaban entre sí con una precisión aterradora, hasta formar un símbolo perfecto y profano de más de un palmo de ancho.

Era una runa antigua, un sello de aquellos que danzaban desnudos bajo la luna en lo profundo del bosque.

El aquelarre no solo se había llevado a mi hermana. Ahora, me estaban diciendo que sabían perfectamente quién era yo.