50. Cenizas del pasado
Cenizas del pasado
Cuando Cayo salió por la reja, junto al portón trasero de la panadería esperaban cuatro caballos, ensillados y con mantas, con el aliento humeándoles en el frío.
Por la noche había helado con fuerza. La escarcha erizaba el hierro del portón y blanqueaba las juntas entre las losas, y sobre los tejados el cielo estaba despejado por primera vez en más tiempo del que Cayo alcanzaba a recordar.
Se entretuvo un momento con los caballos.
Arreos sencillos, cuero gastado, nada que un ladrón mirase dos veces.
En todos sus años en aquella ciudad nunca había salido de ningún sitio de ella si no era a pie, y casi siempre por un callejón que nadie más quería.
Antes de montar miró una vez atrás, hacia la reja, hacia la boca estrecha y oscura de la abertura y los travesaños que bajaban hasta el único hogar que habían elegido por sí mismos.
Le pesó más de lo que esperaba. La guarida se quedaría vacía mucho tiempo.
Más, sospechaba, del que los cuatro seguirían siendo como eran aquella mañana, una vez que las colinas sabinas empezaran a trabajarlos.
—Más te vale montar por la izquierda —dijo Labieno, sin apartar la vista de su caballo—.
A menos que quieras pasarte la primera hora de instrucción explicándome por qué no lo hiciste.
—La luz del día no lo favorecía. Parecía mayor que bajo los candiles de la Cisterna, con la cicatriz del pómulo pálida de frío, y nada impresionado por la escarcha, ni por la hora, ni por nada de lo que la mañana pudiera ofrecer.
—Los dos años empiezan en cuanto vuestros pies dejen estas losas. Id recordándolo por el camino.
Tito subió a la silla por etapas, apretando los dientes contra lo que el movimiento le costaba a la herida de las costillas, y rechazó con un gesto la mano de Livia antes de que ella terminara de ofrecérsela.
—Me estoy recuperando —dijo—, no muriéndome. Hay una diferencia. Ya he insistido en ello. —Se acomodó con cuidado—. Y pienso seguir insistiendo hasta que dejéis todos de mirarme como si fuera a caerme de un caballo solo por estar cerca de uno.
—Pues a punto has estado de caerte de un caballo solo por estar cerca de uno —dijo Quinto—. Ahora mismo, al montar.
—Eso era un reconocimiento del terreno. —Tito le dio unas palmadas en el cuello al animal—. Estaba poniendo a prueba la paciencia de la silla antes de confiarme a ella.
Salieron a caballo por calles todavía medio dormidas.
En los callejones apenas empezaban a abrirse los postigos.
Pasó el carro de un aguador, con la misma queja en las ruedas de todas las mañanas que Cayo recordaba, y el aprendiz de un batanero cruzó delante de ellos arrastrando una tina humeante sin levantar la vista.
La Roma corriente, que despertaba a una mañana corriente, sin la menor idea de lo que los cuatro jinetes que la cruzaban se habían pasado el último mes haciendo para que siguiera así.
Cayo se dejó llevar por las calles conocidas y no pensó demasiado en adónde conducían.
Fue Quinto quien notó, al cabo de un rato, que el giro que habían tomado no era el camino corto hacia la puerta.
Al principio no dijo nada. Miró cómo cambiaban las casas a su alrededor, y Cayo le vio en la cara que ya sabía qué rodeo era aquel.
—No tenemos por qué —dijo Cayo, poniéndose a su altura—. Puedo volver al camino corto. Nadie sabría nunca que hemos decidido no ir.
Quinto mantuvo la vista en la calle, en algo que Cayo todavía no alcanzaba a ver.
—Yo lo sabría. —Avanzó unos pasos más—. Creo que desde el puesto del batanero, dos calles atrás, ya sabía que no iba a pedirte que dieras la vuelta.
Labieno se quedó rezagado, a cierta distancia, sin preguntar por qué. Livia y Tito aflojaron el paso con él, y nadie dijo nada más mientras Cayo abría la marcha por el último tramo, hasta un callejón que no pisaba desde hacía más tiempo del que quería contar.
Nadie había reconstruido el edificio. Seguía tal como lo había dejado el fuego, madera negra bajo un tejado hundido, una herida en la calle alrededor de la cual la Subura había aprendido a crecer sin llegar a curarla nunca.
Con los años, las casas de ambos lados se le habían echado encima, apretando los hombros contra los muros ennegrecidos, y aun así nadie había reclamado el solar, ni lo había despejado, ni se había decidido a cerrar el hueco.
Quinto desmontó, recorrió a pie los últimos pasos y se quedó delante largo rato sin hablar.
—Mi padre trabajaba junto a esa ventana —dijo por fin, y señaló con la cabeza un hueco negro tres pisos más arriba, donde la pared de alrededor del marco se había venido abajo hacía mucho—.
Copiaba registros del Senado para hombres que no le preguntaron su nombre ni una sola vez.
Mi hermano Aulo dormía en el cuarto de detrás.
—Se calló—. Fue él quien me llevó hasta esa ventana cuando entró el humo. Luego él no consiguió llegar.
Cayo desmontó también y se puso a su lado sin decir nada: a esas alturas ya sabía qué silencios quería de él Quinto, y aquel era uno.
—El hombre que lo ordenó está muerto —dijo Quinto—.
Lo sé. Yo era el que sostenía el estilo.
—Entonces se apartó de la ruina y miró de frente a Cayo, cosa que no había hecho desde que se habían parado—.
En algún momento de los dos años que han pasado desde que supe su nombre, decidí que matarlo cerraría algo.
No cerró nada. Lo viví como lo que era: un chico haciendo algo violento y necesario en una habitación a la luz de una lámpara, y después el edificio seguía quemado, y mi padre seguía muerto, y Aulo seguía faltando, y que Metelo ya no respirara no cambiaba nada de eso.
—La mano le había ido a la tira del zurrón, y no la soltaba—.
Hay heridas que no se cierran. Solo dejan de estar abiertas.
Cayo giró el anillo de hierro en el dedo, todavía sin acostumbrarse a llevarlo, y descubrió, de pie ante una casa quemada y con Quinto a su lado, que por una vez en la vida las palabras estaban listas cuando las necesitaba.
—El hierro no empieza siendo nada que valga la pena llevar puesto —dijo—.
Empieza siendo mineral. Enterrado, inútil, igual que la roca que lo rodea, hasta que alguien lo mete en un fuego lo bastante caliente para deshacerlo en algo a lo que se pueda dar forma.
El fuego no pide permiso. No le importa lo que habría elegido el hierro.
Quema, porque eso es lo que hace el fuego, y lo que queda es con lo que tiene que trabajar el herrero.
—Miró la ruina, el hueco donde había estado la ventana, todo lo que había costado llevar a Quinto hasta aquel sitio—.
No voy a decirte que el fuego no importó.
No voy a decirte que te hizo más fuerte, ni que Aulo estaría orgulloso de lo que salió por el otro lado, porque eso no lo sé, y tú tampoco.
Lo que sé es que estás aquí, de pie. Lo que el fuego dejara de ti sigue siendo tuyo, y la forma se la das tú.
Te he visto ir dándosela desde entonces. Me gustaría seguir viéndolo.
Quinto tardó en responder. Cuando lo hizo, tenía la voz ronca.
—Nunca te he oído decir tantas palabras seguidas.
—Cuando lleguemos a la puerta volveré a estar callado —dijo Cayo—. Tienes mi palabra.
A Quinto se le escapó una risa, fina y de verdad. Se secó la cara con el dorso de una mano, se agachó en el umbral ennegrecido y sacó el cuchillo del cinturón.
Talló la marca en el viejo marco de la puerta con trazos lentos y cuidadosos: el Creciente, la misma curva que Livia había grabado en el escritorio de un muerto.
El Código tenía sus lunas y su eclipse para el trabajo, señales para moverse por una ciudad asustada.
Aquella marca era solo suya, de los cuatro, y Quinto la dejó en el único lugar de Roma que había hecho de él quien era antes de que empezara todo lo demás.
—Por la versión de esta calle que ya no necesite ser una herida —dijo Quinto, poniéndose en pie y envainando el cuchillo—. No olvidada. Solo terminada.
Hicieron el resto del camino hasta la Porta Fontinalis casi sin hablar, mientras el sol subía y le limaba al aire lo peor del frío.
Pasaron bajo el viejo arco de la puerta y salieron al terreno abierto del Campo de Marte, y allí Labieno mandó parar sin que nadie se lo pidiera.
Cayo no supo leer lo que cruzó aquella cara curtida, solo que su dueño había decidido que aquello merecía una parada.
Los cuatro hicieron girar a los caballos y miraron atrás.
Las murallas se extendían pálidas a la luz baja del sol, y detrás de ellas Roma trepaba por sus colinas, tejado sobre tejado, con el humo de sus hogares subiendo recto en el aire quieto.
Más allá del Campo, el Tíber brillaba en el recodo.
Una ciudad que nunca sabría sus nombres y que, aun así, había dado forma a cada uno de los cuatro.
—Bueno —dijo Livia en el silencio—. Supongo que debería darle las gracias antes de irnos.
A Roma. Tres años forzando sus cerraduras, y ni una sola vez me lo ha agradecido.
Ni siquiera una capa decente por las molestias.
—Siguió mirando la silueta de la ciudad un rato más, y parte de la sequedad se le fue de la voz—.
Llegué a esta ciudad con una cicatriz de collar y nada más que valiera la pena nombrar.
Me voy con una familia y un anillo de hierro, y con tantos enemigos que nadie con sentido común lo llamaría un buen cambio.
—Se echó hacia atrás en la silla, cuidando el costado—. Creía que dejarla me dolería más.
—Echarás de menos el carro del garum —dijo Tito—. Te lo recordaré cada día que estemos fuera hasta que lo admitas.
—No pienso admitir nada parecido.