28. El subterráneo #2
Se obligó a contar, como siempre. Una fila, los hombres de la fila, las filas de detrás; llegó a la multiplicación y se paró, porque el resultado ya eran cientos y no iba a menguar.
Una pared larga estaba bordeada de petates en hileras ordenadas, suficientes para el doble de hombres: turnos, por tanto, y una fuerza hecha para durar.
En un rincón, lo que desde allí parecía material de médico: vendas en fardos junto a tarros que no sabía nombrar.
Hombres que daban por hecho, con calma, que algunos necesitarían cuidados antes del final.
Abajo, a la izquierda, brillaba una fragua; dos hombres manejaban el fuelle mientras un tercero martilleaba en el yunque algo estrecho y reluciente.
De todo lo que había allí, fue la fragua lo que le dijo a Cayo cuánto llevaba aquello gestándose bajo los pies de la ciudad.
Livia se había quedado completamente inmóvil a su lado, con la respiración superficial y controlada. Al otro lado, Quinto soltó un ruidito que Tito cortó apretándole el hombro antes de que pudiera oírse.
—¿Cuánto tiempo? —susurró Quinto cuando recuperó la voz—. ¿Cuánto se tarda en levantar algo así? No los hombres. La confianza. La disciplina. A una turba no la conviertes en eso con una temporada de instrucción.
—Desde antes de que supiéramos que existía —dijo Cayo. El miedo tenía ahora una forma y un peso que ningún libro de cuentas y ningún rumor le habían dado del todo. Entonces una figura, abajo, le llamó la atención—. Ahí.
Un hombre caminaba entre las filas que hacían la instrucción, y las filas le abrían paso sin que nadie se lo pidiera.
Iba ricamente vestido incluso allí, algo casi obsceno entre el hierro sencillo y los hombres, más sencillos aún, que lo rodeaban.
Cayo lo conocía de vista, como medio Foro: el pretor Léntulo, que de día seguía ayudando a gobernar la ciudad desde los bancos de los magistrados y de noche, al parecer, mandaba un ejército levantado para quemarla.
Lo vieron enredar con un armero de espadas nuevas: giró una hacia la luz y la dejó un dedo más allá de donde había estado.
Dos subordinados se le acercaron con cautela, con noticias que no sabían si serían bien recibidas, y uno de ellos seguía hablando cuando Léntulo levantó la mano.
Casi sin decidirlo, Cayo se inclinó hacia la luz de las antorchas y le miró la boca mientras los despachaba con un gesto.
—Basta —dijo Cayo en voz muy baja, un instante entero antes de que el sonido hubiera podido llegarles—. Les ha dicho que ahora no.
Livia volvió la cabeza.
—¿Cómo lo sabes? —Apenas fue un sonido—. No estamos ni de lejos tan cerca como para oírlo.
—No lo oigo. —Cayo no apartaba los ojos de Léntulo—.
Lo leo. Antes de César, antes de la Cisterna, un chico que no podía acercarse lo bastante para oír hablar a hombres peligrosos seguía necesitando saber lo que decían.
Así que les miraba la boca. Una palabra se ve casi tan clara como se oye, cuando has tenido miedo el tiempo suficiente para fijarte.
—Sabes leer los labios. —Lo dijo despacio, dándole vueltas, como quien lo guarda donde sabrá encontrarlo luego.
—Mal, desde tan lejos y con esta luz. —Se le escapó un amago de risa, apenas un soplo, demasiado tenue para llegar abajo—. Pero sí.
Livia no preguntó nada más, pero Cayo notó en la oscuridad cómo se le aguzaba la atención a su lado, vuelta ahora hacia un lugar al que nunca había tenido motivo para mirar.
Entonces entró un segundo hombre por un arco del otro extremo de la sala, y la poca calma que Cayo se había concedido se esfumó.
El senador Metelo atravesó la sala sin los aspavientos de Léntulo, como quien cruza el atrio de su casa, y ni uno solo de los hombres se volvió a mirarlo: Cayo comprendió que Metelo había pasado por allí más veces de las que nadie se molestaba en contar.
Iba de blanco incluso allí, y los pesados anillos destellaban a la luz de las antorchas cada vez que levantaba una mano.
A Cayo se le había ido la mano a la empuñadura gastada del puñal de su padre; la retiró.
Al otro lado, de Quinto no llegó ningún ruido.
Cayo no se volvió. Metelo se reunió con Léntulo hacia el centro y se quedaron muy juntos, con la cabeza inclinada, dos hombres que ya se habían visto así otras veces y contaban con volver a hacerlo.
—Se conocen. —La incredulidad había dejado la voz de Livia en casi nada—. No es dinero que pasa por un libro de cuentas. Se conocen de verdad.
—Socios —dijo Cayo. Las piezas iban encajando en una forma que le revolvía el estómago, y una parte de él, más vieja y más fría, ya la estaba archivando como algo útil.
Avanzó con cuidado un poco más por el borde roto y se puso de cara a las antorchas. Abajo la luz vacilaba, pero por una vez los dos hombres habían ido a parar a un punto despejado, sin ninguna fila entre ellos y la bóveda. No tendría mejor ángulo.
Léntulo movía la boca a sus anchas. No tenía motivo alguno en el mundo para creer que lo vigilaban.
—Ya hay dos mil en armas —dijo, tan claro que a Cayo le bastó una sola mirada limpia para estar seguro—.
Otros cuatro mil antes de fin de mes, cuando las levas etruscas de Manlio acaben su marcha hacia el sur, y eso sin contar lo que nos dé la ciudad misma cuando corra la primera sangre y los demás decidan qué bando los mantiene vivos.
Metelo respondió más corto y más seco, como hombre acostumbrado a que lo obedecieran. Cayo le leyó la impaciencia en la mandíbula: el senador quería acabar con aquello más deprisa de lo que su socio parecía dispuesto a ir.
Livia se había quedado rígida a su lado. No podía haber captado ni una palabra, y no le hacía falta: la cara de Cayo le había dicho bastante. Dos mil hombres armados, debajo de una ciudad que todavía, casi entera, dormía encima de ellos sin tener la menor idea.
Entonces un soldado pasó muy cerca de Metelo y Léntulo; ambos callaron y esperaron a que se alejara, con la quietud de conspiradores muy acostumbrados a ello.
Arriba, en la bóveda rota, Cayo dejó de respirar con ellos.
Cuando el soldado ya no estaba, no retomaron lo que estaban diciendo.
Léntulo señaló con la cabeza un arco en sombra al borde de la sala, lejos de las filas y del resplandor de la fragua, y los dos se retiraron juntos hacia él.
Las bocas se fueron con ellos a la oscuridad, y con ellas todo lo que Cayo se había arrastrado hasta allí para ver.
—No —susurró Cayo, sin poder evitarlo.
—¿Qué hacen? —dijo Quinto a su lado, en poco más que un aliento.
—Irse adonde creen que nadie puede vigilarlos.
—Cayo ya buscaba otro ángulo en la bóveda rota.
Por el muro norte de la sala corría una cornisa estrecha, de apenas un pie de ancho, que terminaba lo bastante cerca del arco como para que, si el ladrillo aguantaba, le devolviera lo que acababa de perder—. Ahí. Si llego a esa cornisa.
—No vas a ir solo —dijo Livia, y se puso en marcha antes de que él pudiera discutírselo, tanteando el primer tramo de cornisa con la punta de la bota como tanteaba cualquier cerradura de la que aún no se fiaba.
Cayo miró atrás una vez, a Tito y a Quinto.
Ninguno de los dos necesitaba oír la orden: quedaos, vigilad el túnel a nuestra espalda.
Tito le apretó el tobillo una vez, con fuerza, y lo soltó.
Luego Cayo siguió a Livia por un ladrillo que no había soportado el peso de nadie desde antes de que ninguno de ellos naciera, con una mano plana contra la pared, que se desmoronaba, y allá abajo, a la luz de las antorchas, se extendían las filas de la instrucción con sus cientos de hojas.
Delante, más allá de la sombra cada vez más honda del arco, Metelo y Léntulo ya habían vuelto a hablar, y Cayo, que avanzaba asidero a asidero con la sala entera abriéndose en el vacío bajo él, no alcanzaba a ver ni una sola palabra.