19. El olor de la traición
El olor de la traición
Durante años, el tablinum había olido a mirra quemada y a nada más, hasta que Léntulo Sura entró en él y echó a perder el ambiente.
Metelo notó el perfume antes de que el hombre cruzara el umbral: algo floral y barato, tan cargado que se anunciaba ya desde el corredor, y que por debajo perdía la batalla contra la mugre de la Subura que aún llevaba pegada a las sandalias.
Viéndolo acomodarse sin invitación en la silla del otro lado del escritorio, Metelo pensó que aquello lo resumía a la perfección.
Intenciones caras. Cimientos inmundos. Y ni la menor idea de lo mal que casaban las dos cosas.
Hacía años que había elegido aquel tablinum para sus reuniones, porque nadie llegaba a él sin cruzar el atrio bajo tres generaciones de máscaras funerarias de los antepasados: una forma pequeña y muda de recordar a cualquier visitante en qué casa estaba.
Con Léntulo no había surtido efecto ni una sola vez.
Allí lo tenía ahora, repantigado, con la toga arrugada, tan a gusto bajo aquellos rostros de cera como si el suyo tuviera ya prometido un sitio entre ellos, y poco importaba lo que opinaran de la pretensión los actuales ocupantes de la sala.
—Catilina te manda recuerdos —dijo Léntulo por todo saludo—, aunque, como siempre, los asuntos del destino lo tienen demasiado ocupado para atender en persona los de la correspondencia.
—Qué suerte, entonces, tenerte a ti en su lugar.
Léntulo sonrió, sin ver el insulto que la frase llevaba doblado dentro, o decidido a no encontrarlo, y sacó del pliegue de la toga un par de dados de hueso. Los hizo rodar distraído por la palma de la mano. Entrechocaban, suaves y constantes, por debajo de todo lo demás que se dijo.
—La ciudad está preparada —dijo Léntulo—. Más de lo que crees. Tengo hombres en cada insula al sur del Foro que preferirían reducir el valle entero a ceniza antes que pasar otro invierno debiendo un dinero del que nunca se verán libres.
—Que estén preparados no los convierte en soldados.
—Metelo entrelazó sobre el escritorio pulido los dedos cargados de anillos y mantuvo la voz serena, cosa que aquella noche le costaba más que de costumbre—.
Los soldados necesitan hierro, y disciplina, y alguien capaz de hacer llegar las dos cosas al mismo sitio a la misma hora.
¿Cuál de las tres, exactamente, debería tranquilizarme saber que tienes?
—Debería tranquilizarte la paciencia, senador.
La misma que has tenido conmigo desde el principio.
—La sonrisa se le afinó, y parte de aquel encanto indolente se le escurrió de la cara—.
El hierro ya se mueve. Despacio, en silencio, como debe moverse todo lo que vale la pena cuando no puede permitirse llamar la atención.
Tendrás tu ejército cuando llegue su hora, y ni un día antes, porque es un día antes cuando caen los descuidados.
—¿Y adónde se mueve ese hierro?
—A un sitio que tu plata nunca ha tenido que tocar, ni tocará.
—Bajo todo aquel fervor, Léntulo tenía la mirada afilada, y no parpadeaba—.
Tú financias el trato, senador. No necesitas llevar el inventario para fiarte de que el inventario existe.
Creía yo que un hombre de tus costumbres sabría apreciar lo que se guarda en el menor número de manos posible.
Metelo dejó que la frase reposara, dándole vueltas como se las daba a cualquier afirmación que no hubiera comprobado él mismo, y descubrió, como solía pasarle con aquel hombre, que se creía más o menos la mitad.
Con la otra mitad, Léntulo protegía la pequeña reserva de poder, la única, que conservaba en una alianza donde por lo demás no tenía ninguno: la última moneda que un mendigo aparta de la mesa cuando los dados ya se lo han llevado todo.
—Y la profecía —dijo Metelo, incapaz de negarse la pequeña crueldad de preguntarlo—. ¿Sigue en pie, o el destino se ha vuelto tímido desde la última vez que hablamos?
El encanto abandonó por completo la cara de Léntulo, y lo que lo sustituyó era más extraño. Y sincero.
—Los libros sibilinos no mienten, crea Roma lo que crea de ellos.
Tres hombres del linaje de los Cornelios, destinados a gobernar esta ciudad como reyes.
Cinna fue el primero. Sila, el segundo. —Dejó los dados sobre el escritorio, uno junto al otro, alineados con el borde como una ofrenda—.
Yo soy el tercero. Estaba escrito antes de que naciéramos ninguno de los dos, senador.
Solo espero a que la ciudad alcance lo que los dioses ya decidieron.
Metelo lo estudió a través de la mirra y sintió el frío de siempre al pagar buena plata a alguien que recibía órdenes de la Sibila.
No creía en la profecía. En aquella parte de sí que nunca hablaba en voz alta, no creía que la competencia de Léntulo se acercara ni de lejos al tamaño del destino de Léntulo.
Pero una larga carrera le había enseñado que la fe nunca era la moneda que contaba.
La convicción movía a los hombres donde el dinero no bastaba, y un necio seguro de que los dioses ya lo habían coronado era un arma mucho más útil que un escéptico al que hubiera que persuadir de cualquier cosa.
—Entonces que los dioses sigan sus plazos —dijo Metelo—, y mi plata, los míos. No compré paciencia para ver cómo se despilfarra en profecías.
Hablaron un rato más de cosas menores: las elecciones, ya cercanas, y la certeza de Catilina de que aquel año, por fin, el consulado sería suyo, como debió serlo años atrás, una deuda de la historia misma a punto de cobrarse.
Léntulo lo contaba con el fervor que ponía en todo.
Enumeró las tribus que creía aseguradas y a los deudores que votarían lo que les mandaran unos hombres que ya poseían más de su porvenir del que ninguna magistratura podría darles, y se extendió sobre el descontento de los pobres, cuya lealtad, a su juicio, Cicerón no había hecho nada por ganarse.
—Un abogado de provincias, un advenedizo —dijo Léntulo con verdadero desprecio—, frente a un hombre cuya familia lleva generaciones dando forma a esta República. Roma no se humillará dos veces en una misma vida prefiriendo a un hombre de la clase equivocada antes que a uno de la buena.
—Roma se ha humillado de maneras más raras que esa —dijo Metelo, y se guardó el pensamiento siguiente.
Una vez había dicho algo muy parecido de César, un deudor con un nombre antiguo que compraba el cariño de la Subura gladiador a gladiador, y la humillación, cuando llegó, fue suya.
La comparación no le gustó, y la apartó sin examinarla.
Aun así, con una frialdad que lo sorprendió, deseó que Léntulo acertara con las elecciones, por pobres que fueran sus razones.
La autoridad de un cónsul haría más limpio todo lo que viniera después.
Un Catilina privado otra vez del consulado podía empeorarlo mucho, y Metelo no tenía ganas de averiguar hacia dónde se torcía la locura de un hombre inestable bajo una decepción más.
No mencionó el quinto frasco. No habló del Foro, ni del agua de los barracones, ni del silencio que había seguido a los dos fracasos, ni del miedo que le había resquebrajado delante de Druso una compostura que nunca había acabado de soldarse.
Lo del agua había sido idea del propio Léntulo, y el fracaso no era ningún secreto para él; del frasco nunca le habían dicho nada, ni se lo dirían.
Metelo se guardaba ahora lo demás menos por estrategia que por una vergüenza íntima que no le apetecía exponer al escrutinio de aquel hombre.
El desconocido que le había arruinado la mañana de los juegos era una herida que había decidido lamerse a solas, a oscuras, donde siempre se había lamido las que importaban.
Habría sido bastante fácil preguntar. Léntulo tenía ojos y oídos en media Subura, informantes en cada taberna, deudores que le debían mucho más que dinero.
Una sola pregunta, bien planteada, quizá habría acercado a Metelo a un nombre más que todas las batidas de Druso.
No la hizo. Preguntar era admitir lo ocurrido, y admitirlo ante un hombre que se creía elegido por una profecía era como tenderle un cuchillo a alguien convencido ya de que todos los aceros de la sala le pertenecían por derecho.
—Te noto preocupado esta noche, senador. —A Léntulo no se le había escapado la breve vacilación—. ¿Hay algo que deba saber?
—Me preocupa —dijo Metelo, escogiendo una verdad tan prudente que no servía de nada— cuánto del futuro de esta ciudad depende de hombres a los que no alcanzo a ver del todo y de los que no puedo fiarme del todo. No es un reproche contra ti. Así están las cosas entre nosotros, sin más.
—La confianza es un lujo para hombres que nunca han necesitado nada lo bastante como para arriesgarla.
—Léntulo lo dijo con ligereza, pero la frase tenía el brillo de una idea muy sobada antes de aquella noche—.
Yo no he confiado en un alma en toda mi vida, senador, y aun así he llegado exactamente adonde los dioses querían que llegara.
—Entonces nos entendemos a la perfección —dijo Metelo—, que es, por lo que veo, el único entendimiento que exige este trato.
Léntulo lo acogió asintiendo apenas, satisfecho, sin sospechar lo cerca que había estado aquello de ser una respuesta sincera, y no mucho después se levantó para irse.
Los dados volvieron al pliegue de la toga, y el mismo perfume barato e insistente lo siguió por el corredor y salió con él por el atrio, por delante de las máscaras.
Metelo siguió sentado a solas mucho después de que se cerrara la puerta, mientras la mirra recuperaba el aire bocanada a bocanada, y repasó, a su pesar, todo lo que no había dicho en voz alta.
Financiaba a un hombre convencido de que los dioses lo habían coronado, en un plan que necesitaría la competencia de ese hombre mucho después de que se le agotara la convicción.
Lo hacía cuando alguien desconocido, en algún punto de la ciudad que se extendía bajo su terraza, ya le había demostrado dos veces que las maniobras de Metelo no eran, ni de lejos, tan invisibles como había creído.
Y lo hacía todo mientras sonreía, al otro lado de un escritorio, al único aliado cuya ambición le daba más miedo del que jamás le dejaría ver.
Se sirvió un poco de vino que no pensaba beber y pasó el pulgar por el borde de la copa mientras la luz de la lámpara temblaba en la superficie.
No hacía tantos años se tenía por el hombre más cuidadoso de Roma: cada negocio, doblemente vigilado; cada deuda, cobrada sin ruido; a cada enemigo se le dejaba sentirse a salvo hasta que descubría lo contrario.
Aquella certeza ya se había resquebrajado una vez, el año anterior, en una sala no muy distinta de aquella, con una copa hecha añicos en el mosaico de su casa mientras Druso miraba, de pie.
No pensaba dejar que se resquebrajara una segunda vez delante de Léntulo, que se arrodillaba ante su propia inevitabilidad con más devoción que ante cualquier dios.
Cuando caen los muros, se recordó mientras se recostaba de nuevo en la silla y rehacía su compostura de memoria, los escombros forman una escalera, y la escalera es de quien la sube primero.
Valía incluso cuando el hombre que derribaba los muros se creía coronado para la tarea y nunca había reparado en que le pagaban por ella.
Solo tenía que asegurarse de que, cuando los muros cayeran de verdad, fuera él quien quedara en pie en lo alto del montón, y no tendido en algún lugar debajo, con el resto de las ruinas que dejaría a su paso la certeza de Léntulo.