11. El vino ceremonial #2
Había más gente de la que Cayo esperaba.
Dos esclavos domésticos atareados con un montón de lienzos doblados para los sacerdotes.
Un guardia en la puerta del fondo, medio dormido de pie.
Un hombre mayor con una túnica sencilla que cotejaba una bandeja de copas pequeñas de plata con alguna lista que solo él parecía conocer, murmurando la cuenta entre dientes.
Y cerca del centro de la sala, una ancha crátera de barro llena ya de vino, esperando a que la subieran.
—Mirad las manos —susurró Cayo—. No las caras. Cualquiera sabe componer la cara.
Miraron. Los esclavos de los lienzos se movían con gestos pequeños, como pidiendo perdón, con los ojos bajos, haciéndose todo lo invisibles que puede hacerse un cuerpo en una sala llena de superiores nerviosos.
El guardia bostezó y se rascó una vieja picadura en el antebrazo.
El hombre de las copas contaba, y volvía a contar cuando la primera cuenta no lo dejaba satisfecho.
Nada de aquello estaba mal. Ese era el problema.
Arriba empezó a sonar una flauta, fina y constante: la música de un sacrificio.
Por debajo, la voz de un sacerdote subía y bajaba con palabras que Cayo no entendía.
La espera se alargaba. Le dolían las rodillas contra la tierra apisonada.
A su lado, Tito se había quedado quieto como un poste, y Livia había dejado de moverse del todo.
Detrás del dolor se coló un pensamiento más frío que no quería irse: el frasco había entrado y salido por alguna puerta que no estaban vigilando, y los tres seguían agazapados en la sombra equivocada mientras el verdadero peligro subía hacia César por otra parte.
Entonces un quinto hombre entró por la puerta más cercana a la crátera, y a Cayo se le detuvo la respiración antes de que la cabeza acabara de entender por qué.
Llevaba la túnica sencilla de un criado y un paño de criado sobre un brazo, y sus ojos hicieron lo único que no había hecho ninguno de los demás: midieron la sala.
Una sola pasada, del guardia a la puerta, a la crátera, a cada uno de los demás, como quien comprueba un plan sobre el terreno.
Luego cruzó hasta la crátera con el paño ya levantado, como para limpiarle el borde, y dejó que la otra mano se deslizara por debajo.
—Ahí —susurró Cayo.
El hombre sacó el tapón de un frasco pequeño y oscuro que escondía en la palma, lo vació en la boca abierta de la crátera y removió una vez con el paño, quitando un polvo que no existía. Livia le apretó la muñeca a Cayo con tanta fuerza que le hizo daño, y los tres siguieron en silencio.
Ya estaba dentro.
—No podemos llegar —susurró Livia, furiosa consigo misma por decir lo obvio—. No sin que nos vean todos los hombres de esa sala.
—No necesitamos la crátera. —Cayo ya había dejado atrás el pánico; pensaba en frío y deprisa—. Necesitamos la copa antes de que llegue a una boca.
El hombre levantó él mismo la crátera y la acunó contra el pecho, con el cuidado de cualquier criado que lleva el vino de un magistrado delante de un dios, y se encaminó a la escalera.
Justo encima de ellos.
Cayo sacó el puñal de su padre y lo apoyó plano a lo largo del antebrazo. El primer escalón crujió encima. Luego el segundo. Contó las tablas y las rayas oscuras que había entre ellas, como contaba todo lo que importaba en la oscuridad.
El tercer escalón.
Clavó la hoja hacia arriba, por la rendija, con toda la fuerza que le cabía en el hombro.
Alcanzó al hombre por encima de la tira de la sandalia, en la articulación blanda donde el tendón corre pegado bajo la piel.
El grito bajó por la madera y se lo tragó la multitud, al otro lado de las paredes, un grito más en una mañana llena de ellos.
La pierna cedió. El hombre cayó hacia delante.
La crátera se le escapó de los brazos en un arco amplio e impotente, y el vino, con lo que llevara dentro, se derramó sobre el último escalón en una lámina de púrpura oscuro, justo en el umbral del estrado.
El líquido tocó la madera y siseó. Una línea fina y rizada se fue comiendo la veta por los bordes, y con ella subió un olor tan acre que a Cayo le escocieron los ojos aun desde abajo, amargo, a quemado, sin nada de vino.
Ya nunca llegaría a una copa.
Cayo retiró el puñal por la rendija de un solo movimiento. Había desaparecido antes de que el ruido pudiera significar nada para nadie de arriba.
César estaba lo bastante cerca de lo alto de la escalera para verlo todo.
Por la rendija, Cayo veía una franja estrecha, del revés, de toga blanca y pies con sandalias.
De pronto los pies se quedaron quietos. César volvió la cabeza hacia el olor antes que hacia el ruido.
Luego miró hacia abajo: el criado se retorcía en el último escalón con las dos manos apretadas en torno a un tobillo que sangraba, y el vino ennegrecía las tablas a un brazo de distancia de las sandalias de César.
César no gritó. No retrocedió. Se agachó, y la mirada se le fue una sola vez, fugaz, a la rendija de las tablas donde un instante antes había habido una hoja y ya no la había.
Al enderezarse, una sonrisa pequeña y privada le vino y se le fue en un abrir y cerrar de ojos, demasiado rápida para que la captara ninguno de los sacerdotes que tenía al lado. Cayo la captó. César sabía lo cerca que había estado su mañana de acabar de otra manera, y qué mano lo había desviado.
—Guardias —dijo César, no más alto de lo que habría pedido agua, y señaló una vez al criado, que ya forcejeaba sobre una sola pierna para izarse agarrándose a la mesa ceremonial.
El criado estuvo a punto de conseguirlo.
Puso una mano en el borde de la mesa. Se alzó a medias sobre la pierna buena.
Cuando el primer guardia fue a por él, le estampó de revés en el hombro la crátera vacía, que de algún modo seguía teniendo en el puño.
El guardia retrocedió tambaleándose un paso entero; el criado se lanzó hacia la puerta y ganó dos zancadas.
Entonces el segundo guardia se le echó a las piernas y le barrió el tobillo destrozado.
Cayeron juntos, con ruido suficiente, por fin, para que se volvieran cabezas en las filas más cercanas.
Siguió peleando con ellos mientras lo levantaban del suelo, enseñando los dientes, callado ya, dando patadas con la pierna buena hasta que un tercer guardia se la clavó contra las tablas.
Lo que hubiera podido gritar se lo guardó detrás de los dientes, sujeto por alguna disciplina aprendida a golpes que aguantaba aun con la mañana deshaciéndose a su alrededor.
Alguien lo había adiestrado para no hablar, pensó Cayo. Incluso entonces. Incluso allí.
Medio a cuestas, medio a rastras, se lo llevaron fuera de la vista de Cayo, todavía forcejeando, todavía en silencio.
Lo demás salió como César quería. Una segunda crátera, ya preparada, ocupó el lugar de la estropeada en unos instantes.
Un esclavo con un trapo y un cubo de arena fregó el escalón antes de que nadie, salvo los mirones más cercanos, empezara a preguntarse qué había sido aquel ruido.
Cuando la multitud volvió a mirar al estrado, solo había un magistrado que se arreglaba los pliegues de la toga y una mañana que seguía según lo anunciado.
—Vámonos —susurró Cayo, y se fueron.
Quinto estaba donde lo habían dejado, pegado al andamiaje con la bolsa apretada contra el pecho, y el alivio que se le pintó en la cara al verlos llegar era tan claro y tan completo que nadie tuvo valor para tomarle el pelo, ni lo habría tenido hasta verse en un sitio más seguro que la sombra de una grada a medio construir.
—¿Y bien? —dijo Quinto, cuando recuperó la voz.
—Hecho —dijo Cayo—. No ha llegado a servirlo.