Las sombras de César (Serie Umbrae 1) 11. El vino ceremonial
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11. El vino ceremonial

El vino ceremonial

Al bajar los últimos travesaños, Cayo vio abierta la puerta de la escalera de César, y aquello le dijo casi todo lo que necesitaba saber antes de pisar el ladrillo.

—César. —Lo dijo a la oscuridad de todos modos. La esperanza hacía eso, se fiara uno de ella o no.

Solo le respondieron el goteo de la Cisterna y el aire frío y viciado de una sala abandonada a toda prisa. El candil de la mesa de piedra se había consumido hasta quedar en una perla azul: encendido hacía horas, y nadie había vuelto a despabilarlo.

Tito ya estaba agachado junto a la mesa, con un pulgar sobre la tablilla de cera apoyada contra el candil. La leyó una vez, y otra, y se le quedó la cara inmóvil.

—Se ha ido antes del alba. Está en el Foro con los demás magistrados y los sacerdotes. Fijando el orden de los ritos.

Livia había cruzado hasta el pie de la escalera de César y miraba la oscuridad de arriba, atenta a unos pasos que no llegaban.

Quinto no dijo nada. El pergamino, con su sello de cera sin marca y su única frase insoportable, seguía doblado contra el pecho de Cayo, donde había viajado toda la noche.

Y arriba ya no había nadie a quien entregárselo: ningún protector al que acudir, ninguna mano más curtida que cargara con el peso y dijera qué venía después.

En aquella sala, César se había vuelto una vez hacia los cuatro con una antorcha en el puño y les había dicho: Esto es vuestro ahora. No mío. Entonces había sonado a regalo.

Durante un instante, Cayo se permitió sentir lo grande que era la sala vacía. Luego dejó aquello a un lado, con todo lo demás que no podía cargar y correr a la vez.

—Entonces no va a venir nadie —dijo Cayo—. Nos toca a nosotros.

No esperó a ver qué efecto causaba. Ya estaba en los travesaños antes de que nadie respondiera.

La Subura ya estaba despierta, y más ruidosa que una mañana cualquiera.

Los panaderos habían encendido temprano los hornos para el gentío.

Un grupo de chicos pasó corriendo con un odre robado, borrachos de fiesta antes de que el sol asomara sobre los tejados.

Nadie miró dos veces a cuatro niños más que corrían. Por una vez, eso era una suerte.

Cayo imponía el ritmo y no lo dejaba decaer, atajando por callejones que conocía desde antes de saberse sus nombres, con Tito retumbando a su espalda y Quinto luchando por no descolgarse.

La nota se le clavaba en el pecho a cada paso, y por dentro le corría, quisiera o no, la misma cuenta sombría.

Cuánto hacía que habían colocado el frasco.

Cuánto hacía que alguien lo había comprobado.

Cuánta mañana se había ido ya antes de que supieran siquiera que había una mañana que gastar.

Las piernas no le iban más deprisa por eso. Corría igual.

Entonces el ruido dio con ellos, un rugido bajo e ininterrumpido que subía por la última calle antes de que se abriera el Foro, y ya no hubo tiempo de contar nada. Lo que viniera después vendría al paso que el día ya había marcado.

El Foro ya no parecía el Foro.

Donde el enlosado solía extenderse despejado entre los templos, se alzaban por todas partes gradas de madera nueva, con los tablones todavía pálidos, clavados en un puñado de días por carpinteros pagados para trabajar toda la noche, aunque no lo bastante para hacerlo bien.

Ensambles enteros se habían hecho con prisas.

La madera verde lloraba savia en las cabezas de los clavos.

La mitad de lo que sostenía en el aire a varios miles de personas no llevaba ni un día en pie, y a Cayo, que una vez había cruzado un callejón con un chico en brazos sobre un solo tablón, no le gustaba nada lo que veía.

Las gradas se llenaban deprisa: no las decenas de miles que los poetas atribuían a días así, pero sí unos cuantos miles por lo menos, más gente de la que había visto nunca junta, apretada en bancos que crujían y se movían.

Hombres de lana basta se peleaban por las filas más cercanas al suelo.

Más arriba, donde la vista era peor y la compañía mejor, familias enteras habían ocupado bancos con cestas de pan y aceitunas en las rodillas, preparadas para un día que iría mucho más allá del mediodía.

Primero, el ruido. Un solo animal enorme hecho de miles de voces más pequeñas, que pedían a gritos asiento, vino, a sus luchadores favoritos, que aún no habían luchado.

Un vendedor recorría los pasillos con una bandeja de nueces con miel, y su pregón subía y bajaba sobre la multitud como una gaviota sobre la rompiente.

Más allá, unos chicos habían trepado al andamiaje exterior para ver mejor y no hacían caso a los carpinteros que los maldecían desde la grada de arriba, todavía martilleando, todavía tratando de acabar antes de que los sacerdotes llegaran al estrado.

Bajo todo aquello, la madera nueva temblaba con el peso de los pies que buscaban su sitio, y Cayo lo notaba más en el pecho que en los oídos.

Luego, el olor. Savia de pino, aguda y limpia, que iba perdiendo la batalla contra el sudor, el vino de la noche anterior y una multitud que hacía cola desde antes del amanecer.

Debajo, el regusto mineral de la arena rastrillada, extendida fresca sobre el enlosado donde serían los combates, cuando los dioses hubieran recibido lo suyo.

Y bajo todo ello, tenue, dulce y fuera de lugar a aquella hora, el incienso de un altar portátil junto a la plataforma, donde un sacerdote con la toga echada sobre la cabeza preparaba el primer sacrificio de la mañana.

En el extremo más cercano, una plataforma de madera nueva salía de la vieja piedra de los Rostra, lo bastante alta para dominar a la multitud y cubierta de colgaduras blancas para los magistrados y los sacerdotes.

Allí arriba ya se movían figuras con el blanco y la púrpura de los cargos, pequeñas por la distancia, y ni una sabía que las tablas que pisaban iban a importar más que cualquier cosa que se dijera desde allí en todo el día.

En algún lugar entre ellas, aunque Cayo no lo distinguía, estaría César, sereno y sonriente ante una multitud que había comprado a costa de arruinarse, sin la menor idea de lo que llevaban hacia su copa.

—Allí. —Livia, en voz baja, a su lado. Había encontrado el hueco antes que ninguno: una abertura de servicio en la parte trasera de la plataforma, donde los carpinteros habían apoyado una pila de tablones sobrantes contra el andamiaje, lo bastante ancha para tragarse a alguien que se moviera rápido y pegado al suelo.

Cayo se agachó junto al hueco y miró atrás, a Quinto, que se había puesto pálido antes incluso de decidir si tenía miedo.

—Tú esperas aquí. —Cayo mantuvo la voz firme, la que no dejaba margen—. Vigila el hueco. Si alguien lo mira dos veces, aléjate como si nunca hubieras estado cerca, y búscanos después. No antes.

—Puedo ayudar —dijo Quinto—. Soy más pequeño que cualquiera de vosotros. Si más adelante el camino se estrecha, soy el único que cabrá sin echarnos encima la grada entera. —Sonó más firme de lo que él parecía.

—Ya estás ayudando. —Tito le puso al chico una mano ancha en el hombro, con la firmeza de quien lo dice en serio—. Alguien tiene que asegurarse de que la salida sigue siendo una salida cuando la necesitemos. Ese eres tú.

Quinto abrió la boca para seguir discutiendo. Miró la mano de Tito y cerró la boca.

—Tened cuidado —dijo, a los tres a la vez, y apretó la espalda contra el andamiaje para esperar.

Cayo entró agachado, con Livia y Tito pegados detrás.

Dentro, el mundo se volvió oscuro y estrecho.

El griterío de la multitud, tan vivo fuera, les llegaba espeso y amortiguado a través de la madera verde y la tierra apisonada.

El armazón se extendía hacia el fondo en un entramado de vigas arriostradas en cruz, algunas no más altas que la cintura de un hombre, y a los pocos pasos los tres iban a gatas, abriéndose camino por un laberinto de postes sin desbastar que todavía sangraban savia donde los había cortado la sierra.

El peso de la multitud se dejaba sentir a través de cada tabla, un retumbar cambiante de pies y bancos que nunca encontraba un mismo ritmo, y a ratos toda la estructura gemía a su alrededor mientras una nueva oleada de gente se sentaba.

A cada inspiración, a Cayo se le llenaba la nariz de polvo, de cuerda vieja, de tierra agria.

Por las rendijas de arriba caían hilos de luz en líneas quebradas, suficientes para orientarse y nada más.

Tito lo pasaba mal donde se estrechaban los huecos.

Dos veces tuvo que ponerse casi de lado y forzar los hombros con un gruñido que se tragó antes de que se oyera, con serrín pegado al sudor del cuello.

Livia iba delante sin esfuerzo aparente, eligiendo los huecos más anchos antes de que los otros dos hubieran decidido siquiera que lo eran.

Cayo la dejó encontrar el camino y mantuvo el oído en el ruido de arriba, atento a su tono, esperando el momento en que le dijera que habían dejado atrás las gradas abiertas y estaban ya bajo la plataforma.

Y cambió. Las vigas bajaron, la luz menguó y el rugido de arriba dio paso a algo más callado y ordenado: menos pies, menos voces, hombres que trabajaban sin mirar.

Cayo alzó un puño. Los tres se detuvieron.

Delante, a través de un tramo de tablazón lateral lleno de rendijas, medio oculto tras una viga de apoyo, se abría la antesala del estrado, bañada en una luz de lámpara más estable.

Se metieron en la sombra bajo la escalera que subía al estrado, una cuña de espacio en la que apenas cabían tres agachados codo con codo, con la madera pegada por encima y más pegada aún a la espalda.

Desde allí, la antesala se abría delante, baja y angosta, con los últimos preparativos de los ritos todavía en marcha.