7. Las sombras del poder
Las sombras del poder
Marco Metelo creía, por pura observación y no por vanidad, que los dioses habían construido Roma por capas precisamente para que los hombres de su calidad no tuvieran que oler nunca a los que vivían debajo.
Estaba en el balcón de su domus , con una copa de buen falerno enfriándose en la mano.
Miraba hacia el norte desde el Palatino, más allá de la hondonada oscura del Foro, hasta el valle donde la Subura humeaba, gritaba y apestaba, como siempre había hecho y siempre haría.
Mil pequeños fuegos ardían allá abajo aquella noche, de cocina y de fragua, y de vez en cuando el de alguna casa por la que nadie de allí arriba se molestaría en preguntar.
Desde aquella altura, todo el feo amasijo parecía casi apacible, casi bonito, como puede parecerlo un nido de ratas si uno lo mira desde lo bastante alto y el viento se lleva el olor hacia el otro lado.
La idea le agradó. Sacó de los pliegues de la toga el pequeño frasco de aceite de rosas y se untó un poco en la piel de la garganta, más por costumbre que porque aquella noche le hiciera falta.
Los insectos de allá abajo se reproducían deprisa y morían más deprisa aún.
Pasaba semanas enteras sin acordarse de ellos, lo que, según su experiencia, era lo correcto y lo sano tratándose de insectos.
Muy de tarde en tarde, alguno hacía algo digno de su atención, y un escriba, unos meses atrás, había sido uno de esos casos.
Metelo le daba vueltas ahora al recuerdo con el mismo placer callado que le producía una deuda cobrada por entero.
Aquel hombre le había sido útil en su momento, antes de convertirse en un problema.
Metelo había necesitado rehacer ciertas escrituras y mover ciertos mojones, en los registros, aunque no sobre el terreno: tres fincas a lo largo de la vía Latina cuyos dueños se habían dejado convencer, mediante el instrumento corriente y perfectamente legal de la deuda, de venderlas a un precio que pagaba con creces la paciencia de Metelo y muy poco la tierra.
El escriba había hecho el trabajo con bastante competencia.
Lo que también había hecho, y para lo que Metelo nunca habría creído que un hombre de esa condición tuviera ingenio ni agallas, era guardar una segunda copia.
Le había costado tiempo enterarse. Una vez enterado, apenas le costó decidir lo que venía a continuación.
Los cabos sueltos no se arreglaban negociando.
Se arreglaban con fuego, porque el fuego no dejaba segundas copias de nada, y porque un incendio, para cualquiera que se molestara en mirar, era el destino corriente de quienes vivían en seis pisos de madera apilados sobre fuego vivo.
Metelo había ido a verlo arder en persona.
No tenía grandes deseos de ver morir a aquel hombre, pero un general que nunca inspecciona el resultado de sus campañas es un general que acaba perdiendo alguna.
Daba la casualidad de que en aquel edificio había dos chicos.
Los recordaba sin esfuerzo y sin que le pesaran: un asunto menor, zanjado hacía meses.
Una chusma callejera había ido a por ellos por los tejados, tres sombras con más valor que sensatez, y al final había salvado a uno.
Metelo, de pie en la boca del callejón, había visto cómo sacaban al superviviente por la ventana y lo pasaban al tejado de enfrente, pequeño, negro de hollín, chillando.
Había sentido entonces la irritación leve y pasajera de un error de copista que solo se había corregido a medias.
Volviendo a casa aquella noche, con el humo todavía metido en la ropa, se había dicho que un incendio que cortaba dos cabos sueltos y dejaba atrás a un huérfano afligido era un resultado favorable por cualquier criterio razonable: una poda lamentable y nada más, una pérdida que una hacienda de su tamaño podía encajar sin pestañear.
Había estado seguro de ello, creía, durante casi un mes.
Últimamente, en noches que prefería no examinar, aquel pensamiento le costaba más trabajo que antes.
Lo apartó, como hacía siempre. Un huérfano de la Subura no tenía un nombre que valiera la pena conocer, ni dinero, ni le quedaba familia que hablara por él, y un niño que no sabía escribir su nombre no podía firmar documento alguno, ni lo creerían aunque supiera.
Roma estaba llena de chicos así. Mendigaban, robaban y morían de fiebres, del frío del invierno o acuchillados unos por otros, y en toda la larga historia de la ciudad ni uno solo había inquietado a un hombre de peso hasta el punto de quitarle una noche de sueño. Metelo no pensaba ser el primero.
Sonó una tos discreta en la puerta, a su espalda, y no le hizo falta volverse.
Ningún otro hombre de su casa se anunciaba con aquella economía: un solo sonido, ofrecido una vez y nunca repetido.
Druso lo había aprendido en alguna de las viejas campañas de Sila, donde quien tenía que pedir atención dos veces ya había gastado toda la autoridad que traía.
—Senador. —Druso entró en la luz de la lámpara, un muro de cicatrices viejas embutido en la túnica sencilla de un criado.
La luz le alumbró la nariz aplastada y lo que quedaba de la oreja izquierda, y él no hizo nada por esconder ni la una ni la otra.
Al cruzar las manos a la espalda se le movió el cordón de cuero enrollado en la gruesa muñeca derecha, y los anillos ensartados en él, una docena de pequeños trofeos arrebatados a hombres que ya no los necesitaban, tintinearon con un sonido que Metelo, con los años, había llegado a encontrar tranquilizador—.
Los juegos del edil. Pediste que te avisaran cuando se confirmaran los últimos preparativos.
—Confirmados. —Metelo se apartó de la barandilla y saboreó la palabra—. Dime que son tan descabellados como espero.
—Trescientas veinte parejas de gladiadores.
—Druso lo dijo con la voz que usaba para todo, hablara del tiempo o de una matanza: neutra y profesional—.
Armaduras chapadas en plata para todos. Cacerías de fieras para abrir cada jornada.
Ha empeñado casi todo lo que tiene para pagarlo, y buena parte de lo que no tiene.
Metelo soltó una única carcajada sobre la copa.
En la vida pública había pocos placeres comparables al de un enemigo que te hace el trabajo sin que se lo pidas.
César, aquel advenedizo apuesto, endeudado y demagogo, que se arruinaba para comprar el cariño de los mismos insectos que Metelo había estado admirando, como si el afecto del populacho hubiera mantenido alguna vez a un hombre solvente, o a salvo, o con vida.
—Se ha reducido a mendigo para que lo aplauda la multitud —dijo Metelo—, y la multitud, que los dioses la bendigan por su mala memoria, lo vitoreará igual de fuerte el día que no pueda pagar a sus acreedores y estos saquen por la puerta principal, pieza a pieza, lo que quede de su patrimonio.
—Volvió a la barandilla y a la ciudad que se extendía debajo, un tablero que solo él podía ver entero—.
Pero no veo por qué dejarles a sus acreedores lo que yo mismo puedo hacer antes.
—El agua —dijo Druso. No era una pregunta. Llevaba el tiempo suficiente a su servicio para ver adónde iba una cosa antes de que nadie la dijera.
—Los barracones se abastecen de un único grupo de cisternas —dijo Metelo—.
Trescientas veinte parejas de gladiadores dan un pobre espectáculo cuando la mitad están de rodillas vomitando en la arena la mañana de los juegos.
Una función arruinada. Un magistrado humillado delante de toda la ciudad justo el día en que más necesita parecer un hombre al que Roma pueda confiar, con el tiempo, sus legiones.
No lo matará. Solo servirá para que nadie vuelva nunca a tomarlo por más de lo que es.
Un jugador al que se le acabó la suerte.
Druso esperó. En Druso, aquello era lo más parecido a preguntar.
—Hay otro frasco. —Por una vez, Metelo dejó que la voz se le templara, con la calidez que reservaba para sus ambiciones más altas y más íntimas—.
Más pequeño. Más corrosivo. Destinado a la copa que acabe en la mano del propio magistrado durante el brindis ceremonial, si la ocasión se presenta tan limpia como espero.
El agua de los barracones es el mensaje, Druso.
El quinto frasco, si llega el momento oportuno, es la firma.
—¿Y si no llega el momento oportuno?
—Entonces César solo perderá sus juegos, su fortuna y la paciencia que aún le quede al Senado con él —dijo Metelo—, que no es poco, y yo soy un hombre paciente.
En toda una larga carrera he visto a hombres menores querer abarcar más de lo que podían, y Roma acaba deshaciéndose de sus advenedizos sin ninguna ayuda por mi parte.
Solo preferiría, puestos a elegir, ser yo quien empuñe el cuchillo cuando ocurra.
Apuró lo que le quedaba de vino, dejó la copa sobre la barandilla de mármol con un leve chasquido satisfecho y miró por última vez el valle de humo, de ruido y de pequeños fuegos olvidados que, a su juicio, tenía todo el derecho a considerar indignos de su atención.
En algún lugar de aquella oscuridad dormía el chico del escriba, suponía, si es que seguía vivo: un error corregible, corregido a medias.
Marco Metelo se había pasado la vida aprendiendo a reconocer las amenazas por su linaje, su dinero y su nombre.
Allá abajo, la Subura resplandecía, hermosa, lejana y fácil de contener, y ni una sola vez se le ocurrió que un fuego prendido por él pudiera acabar siendo uno que no lograría apagar.
—Ocúpate de que se haga —le dijo a Druso, y se volvió hacia la luz cálida de su casa, pensando ya en otra cosa por completo.