5. El pacto #2
Aquella noche no fueron a ninguna parte.
El médico dejó el frasco, las instrucciones y la promesa de volver si hacía falta, y no pidió que le pagaran.
Mucho después de que los demás se durmieran, Cayo seguía despierto.
Escuchaba cómo la respiración de Quinto recuperaba algo parecido a un ritmo normal, le daba vueltas al puñal de su padre en la oscuridad e intentaba decidir si era un regalo o una deuda que un hombre que no le debía nada lo conociera tan a fondo.
Por la mañana, Quinto ya se incorporaba solo y comía un poco.
Se quejó, con una voz fina y cascada, de que no entendía por qué tenía que ir a ninguna parte justo cuando empezaba a volver a ser él, y de que el médico había malgastado buena tinta en escribir unas instrucciones con una letra que ningún escriba que se respetara reconocería como suya.
A Cayo le pareció lo más esperanzador que había dicho nadie en semanas.
Fueron andando a casa de César, los cuatro juntos, Quinto envuelto en la única manta que tenían y apoyando en Tito más peso del que habría reconocido.
Cayo veía a los otros mirar las calles por las que a él se lo habían llevado cuatro días antes, maniatado; los ojos les iban a todas partes con el mismo recelo, sin encontrar dónde posarse.
La casa le pareció tan anodina como la recordaba. Livia se paró en seco delante y Tito estuvo a punto de chocar con ella.
—Así que es aquí —dijo. Sonaba como si hubiera esperado algo bastante más siniestro.
—O es pobre, o le trae sin cuidado qué aspecto cree Roma que debe tener su puerta —dijo Cayo, y llamó.
Un mayordomo les abrió antes de que los nudillos de Cayo se hubieran despegado de la madera, señal de que los esperaban y de que alguien vigilaba su llegada.
Los condujo hasta un comedor caldeado por el aceite de las lámparas y con olor a pan, donde César se levantó de un diván y los recibió como a iguales.
Los ojos grises fueron pasando por cada uno de ellos, rápidos, midiéndolos. Cayo reconoció aquella lectura. Era la misma que había soportado en el sótano, solo que ahora cabía en un instante donde antes había hecho falta una conversación entera.
—Al estar de pie te cuidas el lado izquierdo —le dijo César a Livia—, lo que me dice que la muñeca se te está curando mal, aunque has escondido el entablillado tan bien que se me habría escapado de no estar buscándolo.
Miras a las puertas, no a las caras. Los ladrones callejeros no nacen con esa costumbre.
Alguien te la enseñó por las malas, y resulta que no tengo ninguna prisa por preguntar quién.
La cara de Livia le ofreció algo que no llegaba a confianza y algo que tampoco llegaba a lo contrario, y no dijo nada. En ella, eso era una respuesta.
César se volvió hacia Tito y no le mostró la deferencia recelosa que le dedicaban casi todos, la que se reserva para algo que en cualquier momento puede decidir volverse peligroso.
—Desde que has cruzado esa puerta te has hecho más pequeño —dijo—.
Has encorvado los hombros. Has bajado la barbilla.
Imagino que te has pasado la vida convenciendo a habitaciones llenas de desconocidos de que no eres ninguna amenaza, e imagino que rara vez ha sido cierto.
—Hizo una pausa—. Aquí no te hará falta.
Tito fue alzando los hombros poco a poco, como quien comprueba si la oferta aguanta. No llegaron a enderezarse del todo. Tampoco volvieron a encogerse.
Por último, la mirada de César llegó a Quinto, pálido y tambaleándose a pesar del brazo de Tito, y a César se le suavizó la cara de un modo que Cayo aún no le había visto con nadie.
—Nada más entrar has mirado el estuche de los rollos que hay junto a la puerta —dijo César—, antes de mirarme a mí, antes que la comida, antes que cualquier cosa que un chico hambriento debería desear más.
Eso no es poco. Roma tiene soldados a millares.
Tiene muchos menos hombres que miran una habitación y ven primero lo que hay escrito en ella.
Quinto no dijo nada, pero los dedos se le crisparon sobre el borde de la manta.
—Comed primero —dijo César, señalándoles la mesa con un gesto, y no insistió más. Aquella soltura, y la ausencia evidente de toda exigencia, aflojó algo en los otros tres a la vez.
Comieron. Cayo vio a su familia comer pan de verdad y carne de verdad a la mesa de un rico, y pensó, desde cierta distancia, que solo con aquello César podría haberse comprado hasta la última migaja de lealtad que pudiera desear, antes de que nadie dijera una palabra de pactos ni de propósitos.
Cuando retiraron los platos, César se levantó y, sin dar explicaciones, los hizo bajar de nuevo por la casa hasta el mismo sótano frío que Cayo recordaba demasiado bien.
Cruzó hasta los estantes del vino de la pared del fondo y apoyó la palma en una tabla que a Cayo le pareció igual que todas las de alrededor.
El estante giró hacia dentro con un gemido sordo de goznes viejos. Detrás no había pared, sino una estrecha abertura negra y unos peldaños de piedra gastados que bajaban hacia un aire oscuro, seco, sin olor alguno: ni a humedad ni a podrido, solo a piedra fría y a tiempo.
—Esto no existe —dijo César— en ningún mapa que haya trazado nunca un magistrado. Cuidado con los escalones. Son viejos, y no perdonan los descuidos.
Bajaron en fila de uno, César delante con una antorcha, Cayo a su espalda, Livia y Tito llevando a Quinto medio en volandas entre los dos, por un túnel seco abierto en una obra de ladrillo antiquísima, hasta que el pasadizo se abrió de golpe y a Cayo se le cortó la respiración.
Era enorme. Los arcos de ladrillo se alejaban hacia una oscuridad que la antorcha no alcanzaba, bóvedas más antiguas que cualquier techo bajo el que Cayo hubiera estado nunca, obra de ingenieros muertos hacía mucho, levantadas para contener una ladera entera de agua y todavía en pie, secas y silenciosas, mucho después de que todos los de arriba hubieran olvidado para qué servían.
Las hiladas corrían por encima en largas curvas, tan ajustadas que por mucho que mirara no encontró ni una junta más ancha que una uña: el trabajo paciente de unos hombres a los que nadie vivo daría nunca las gracias.
Sus pasos resonaban, se duplicaban y volvían a duplicarse contra el ladrillo curvo, y en algún lugar lejano, en la oscuridad, el agua seguía moviéndose sin que nadie la viera, un rumor suave por debajo de todo.
En uno de los muros había, a intervalos, viejas argollas de hierro oxidadas, donde algún capataz olvidado había colgado un día escaleras o lámparas para los hombres que excavaron aquello a mano en la colina.
Cayo sintió hacia ellos una gratitud absurda, quienesquiera que hubieran sido, por haber construido algo que aún podía cobijar a cuatro niños que en su vida habían tenido cuatro paredes sólidas que llamar suyas.
—Una cisterna —dijo César, y la voz le sonó extraña en el frío—.
Vaciada, olvidada, sin conexión con nada que la ciudad siga usando.
Hay una segunda entrada, una reja de hierro detrás de una panadería de la Subura, tan cerca de vuestro antiguo desván que apenas tendréis que aprenderos calles nuevas.
—Se volvió hacia los cuatro, con la luz de la antorcha abriéndole sombras hondas en la cara—.
Esto es vuestro ahora. No mío. Yo usaré esa puerta que tengo a la espalda, y ninguna otra.
Nadie de arriba sabrá jamás que esta sala está debajo de sus sótanos, de sus baños y de su sueño.
Livia giró despacio sobre sí misma, abarcando el tamaño de aquello, con el recelo y el asombro peleándose a la vista.
—¿Y esto nos lo das a nosotros?
—Os doy un techo que no gotea, unas paredes que nadie más puede encontrar y un trabajo que, antes de terminar, hará que los hombres que os dejaron huérfanos tengan mucho miedo —dijo César—.
Ya le he dicho a Cayo lo que necesito. Ojos donde yo no los tengo.
Manos que lleguen adonde las mías no alcanzan.
Un hombre no manda a soldados que no existen dándoles órdenes.
Se lo pide, y confía en haber elegido tan bien que le digan que sí.
Los miró uno por uno, sin prisa.
—Todavía no tenéis nombre, los cuatro juntos —dijo—.
Todo ejército necesita uno. Dejaría que este eligiera el suyo, si no fuera porque ya sé cuál debe ser, y sospecho que estaréis de acuerdo en cuanto lo oigáis.
—Dejó que la luz de la antorcha se posara sobre ellos: cuatro niños harapientos de pie entre las ruinas de las cañerías de una vieja república—.
Sois las sombras que esta ciudad se niega a mirar.
Os movéis por donde la luz no llega, y haréis el trabajo que la luz no puede dejarse ver haciendo.
Umbrae. Eso es lo que Roma nunca sabrá que debe temer, hasta que ya no le sirva de nada saberlo.
Nadie habló. A sus espaldas, el agua seguía moviéndose en la oscuridad, como antes de que ninguno de ellos naciera, y como seguiría después.
Livia fue la primera. En su voz estaba el brillo de siempre, resquebrajado ahora por donde asomaba un sentimiento de verdad que no se molestó en ocultar.
—Umbrae —dijo, sopesando la palabra—. Con eso puedo trabajar.
Tito no contestó. Se agachó, sentó a Quinto en un viejo banco de piedra adosado a la pared y se quedó de pie a su lado, y por cómo tenía los hombros se veía que ya lo había decidido.
Cayo recorrió con la mirada aquella inmensa oscuridad seca que era, desde ese momento, el único hogar que les quedaba a todos. El puñal de su padre descansaba tibio contra la cadera, más firme allí que en todo el día.
—Umbrae —dijo—. Sí.