3. El arresto
El arresto
Los temblores empezaron al tercer día.
Los dos primeros, Quinto se había limitado a callar, encogido en el rincón del desván con Pavesa acurrucada contra las costillas, comiendo lo que Livia le ponía delante porque negarse exigía más voluntad de la que le quedaba.
Cayo se permitió creer que aquello era lo peor.
Ya se había equivocado otras veces. Nunca le había importado tanto equivocarse.
La tercera noche, el chico empezó a tiritar: primero, escalofríos pequeños, que Cayo achacó al frío; luego, largas oleadas violentas que le hacían castañetear los dientes y no paraban por muchas mantas que le echaran encima.
Por la mañana tenía la piel tan caliente que se notaba a través de la tela, y en su respiración había un estertor húmedo que a Cayo no le gustó nada.
El humo que había tragado en el incendio venía a cobrarse la deuda.
De eso hacía tres semanas. Desde entonces la fiebre no había cedido nunca del todo: solo remitía y volvía, remitía y volvía, como una marea que siempre se olvidaba de retirarse.
Cayo había vendido la vieja piedra de afilar de su padre.
Había vendido una buena manta de lana que Tito había descolgado de un tendedero el invierno anterior.
Hacía tres días había vendido el pequeño broche de bronce que era lo único de valor que Livia había reconocido nunca tener, y ella se lo había dejado llevar sin una palabra.
Eso lo asustó más que nada de lo que había hecho la fiebre.
Nada había bastado. Los médicos dispuestos a tratar a un mocoso de la Subura pedían más de lo que valía el desván entero, y la miel y la corteza de sauce que un curandero vendía a cucharadas junto a la curtiduría costaban casi tanto como el pan.
Aquella mañana Cayo había contado lo que quedaba, dos veces, y las dos le había salido lo mismo.
No bastaba.
—Podríamos volver a probar en el puerto —dijo Tito aquella noche. Pasaba un cuchillo por su piedra de afilar, aunque hacía mucho que el filo no lo necesitaba, y no levantó la vista—. A las cuadrillas de descarga siempre les faltan brazos.
—Ya he ido. Dos veces. —Cayo mantuvo la voz serena—. Ahora me conocen la cara. Un chico que pide trabajo cada tres días es un chico al que conviene vigilar, y no me puedo permitir que me vigilen.
Livia estaba sentada con las piernas cruzadas junto a la cabeza de Quinto, con la mano apoyada apenas en el pelo húmedo del chico. A la luz baja del candil, no le quedaba en la cara nada de la dureza de siempre.
—Entonces lo robamos —dijo—. Como es debido. Nada de sobras de un muelle. Una bolsa de verdad de una presa de verdad, lo bastante para no vernos otra vez así el mes que viene.
—Ya hemos hablado de esto.
—Le hemos dado rodeos. —Alzó la vista; hablaba con la seguridad de quien ya ha decidido y solo espera a que el otro se ponga a su altura—. No paras de decir que es demasiado peligroso. Cayo. Míralo.
Cayo miró. Se obligó a mirar: los ojos hundidos del chico, el pecho que apenas subía y bajaba, el mechón húmedo pegado a la frente.
El peso frío volvió a asentársele entre las costillas, el que no lo había dejado del todo desde el incendio.
En la calle de al lado, un muchacho de su edad había muerto el invierno anterior de aquella misma tos con estertor.
Había tardado toda una estación, delante de todos los que lo querían, y ninguno pudo hacer nada.
—El Foro —dijo Livia—. Día de mercado. En una hora pasará por esa plaza oro suficiente para dar de comer a los cuatro hasta la primavera, y gente suficiente para que seamos tres caras más entre mil.
—También habrá hombres de los magistrados en esa plaza. De los de verdad, con permiso para usar la fuerza. No el borracho que vigila el almacén de grano.
—Hay guardias en todos los sitios donde he trabajado —dijo Livia—, y aquí sigo.
—No en todos los sitios donde has trabajado vigilaban una bolsa que valiera la pena robar.
—Cayo se apretó los ojos con la base de la mano.
Para cuando la bajó, ya había perdido. Había perdido en cuanto miró a Quinto, y odiaba que Livia lo hubiera sabido antes que él—.
Tito viene con nosotros. Si se tuerce, corremos.
Todos. Nadie se queda atrás para hacerse el valiente.
Las manos de Tito se detuvieron sobre la piedra. No le gustaban las multitudes, y menos aún que le pidieran plantarse en medio de una. Dejó la piedra y asintió. Cuando había que elegir entre la vida de Quinto y su comodidad, nunca necesitaba pensárselo.
Salieron antes del alba, para que la penumbra cubriera la corpulencia de Tito durante parte del camino, y porque Cayo no se veía capaz de pasar otro día entero oyendo respirar a Quinto.
La Subura se sacudía la noche despacio. Los postigos se abrían calle a calle: primero los panaderos, con los hornos rugiendo antes de que el cielo acabara de agrisarse; luego los aguadores, bajo yugos que crujían; después, el trasiego sin fin de burros y carretillas que traían género de las puertas.
El barro entre los edificios se había helado de noche en crestas duras, y Cayo las notaba todas a través de las suelas finas.
Livia caminaba pegada a él, con la barbilla baja y los ojos haciendo su trabajo sin mover la cabeza: cada postigo abierto, cada guardia ocioso, cada puerta sin el pestillo echado.
Por lo que Cayo había visto, aquella costumbre no se apagaba nunca.
Cerca del Foro, el barro dejaba paso a un empedrado gastado, las calles se enderezaban y quienes las recorrían empezaban a caminar más despacio, como si la calle les debiera sitio.
El Foro les llegó antes de que ellos llegaran a él: un rugido grave e incesante de voces superpuestas, tantas que ya no eran palabras, sino viento y lluvia.
Luego doblaron la esquina, junto al largo pórtico de la basílica, y la plaza golpeó a Cayo de lleno.
La gran explanada enlosada estaba abarrotada de puestos y de cuerpos, de toldos a rayas rojas y amarillas que restallaban al viento frío.
Por encima de todo, los templos de columnas miraban lo que ocurría a su sombra como si no fuera asunto suyo.
Los pescaderos pregonaban la frescura de capturas que llevaban horas muertas.
El chico de un platero pasó corriendo con una bandeja de anillos sobre la cabeza, como una ofrenda.
Cerca de los Rostra se había formado un corro para abuchear o aplaudir, Cayo no sabía bien qué, a un magistrado que, en mitad de un discurso, alzaba la voz para hacerse oír, y el mercado se la tragaba entera.
Olía a cien cosas a la vez: castañas asadas, vino derramado, lana mojada, el tufo a hierro de un puesto de carnicero y, por debajo de todo, débil, constante, el estiércol de caballo y la humedad del río de los que ningún rincón de Roma, por mucho mármol que vistiera, se libraba nunca del todo.
—Por las barbas de Júpiter —dijo Livia en voz baja, y por un momento le volvió a la cara el brillo de antes, el de un carpintero que entra en un taller bien surtido—. Hay una fortuna paseándose suelta por esta plaza.
—Elige mal y te lleva de paseo derecho al carcer —dijo Cayo—. Tres presas. Luego escogemos la más segura, no la más rica.
Recorrieron el borde de la plaza formando un triángulo holgado, lo bastante cerca para hacerse señas y lo bastante separados para no parecer lo que eran.
Cayo se fijó primero en un vinatero gordo, con oro en todos los dedos, pero sus dos guardias caminaban tan pegados a él que no quedaba hueco.
Livia encontró, entre los puestos de flores, a una matrona cargada de perlas, pero la criada no se le despegaba del codo, y la vieja movía los ojos demasiado rápido y demasiado a menudo.
Tito, plantado como un poste junto a una pila de ánforas, buscó la mirada de Cayo y señaló con la cabeza el pórtico norte, por donde caminaba una niña vestida de lana teñida de azul, con dos hombres a un paso por detrás.
Cayo los fue estudiando por partes. La niña no tendría más de diez u once años y no llamaba la atención salvo por la finura de la ropa y la pequeña bolsa de cuero teñido que le colgaba suelta del cinturón, con gemas que destellaban en el cierre.
Los escoltas llevaban sencillas capas pardas, sin los colores de ninguna casa, sin armas a la vista: la clase de hombres que cualquiera tomaría por mayordomos.
Aun así, algo en su forma de moverse le chirriaba: una quietud bajo el paso corriente, una vigilancia que la ropa no explicaba.
No habría sabido decir qué fallaba. Solo sabía que no le gustaban.
—Esa —dijo Livia en voz baja, ya en marcha.
—Livia.
—Mira la bolsa, Cayo. Mira qué suelta cuelga. Es la hija mimada de un rico, con unos guardias perezosos que nunca han tenido que ganarse la paga. —Le brillaban los ojos, y no solo de cálculo—. Esta es la buena.
Cayo la agarró de la muñeca.
—A esos dos les pasa algo raro.
—Según tú, a todo el mundo le pasa siempre algo raro. —Se zafó de su mano sin aspereza, demasiado metida ya en su plan para echarse atrás—. Tito abre el hueco. Yo cojo la bolsa. Nos vamos antes de que nadie termine de gritar. Rápido y limpio, como siempre.
Quería discutírselo. Miró más allá de ella, a la niña de azul y a sus escoltas de capa sencilla, al sol bajo de invierno que prendía en el hilo de oro de su manga. Pensó en la respiración de Quinto y no encontró un plan mejor que poner en su lugar.
—Rápido —dijo—. No peleamos. Si se tuerce, corremos, y que nada nos detenga.
Livia ya se había ido.
Tito desentumeció los hombros y se metió en lo más espeso del gentío, junto al pórtico.
Se plantó al lado de una pila de jarras de vino, cruzado de brazos y con las botas bien separadas, y se limitó a quedarse allí.
Bastó. La gente dejó de cruzar y empezó a rodearlo, refunfuñando, como el agua ante una roca.
Al cabo de unos instantes, el paso junto al pórtico se había estrechado hasta un solo hueco atascado, justo por donde venían la niña y sus escoltas.