Las sombras de César (Serie Umbrae 1) 2. La hermandad
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2. La hermandad

La hermandad

Cayo contó las cabezas dos veces antes de permitirse creer que eran cuatro.

Los había bajado del tejado por donde habían subido, y ya volvían a pisar la calle.

A dos podía situarlos en la oscuridad sin mirar: la ancha espalda de Tito, justo delante, y Livia en la retaguardia, dando uno de cada tres pasos hacia atrás para vigilar el camino que ya habían hecho.

El tercero era nuevo. Pequeño y callado, iba arrimado detrás de Tito, tan replegado en sí mismo que Cayo lo perdía una y otra vez contra lo oscuro de las paredes, una sombra entre las sombras.

Los alejó del fuego sin más plan que lejos : por huecos entre casas que ninguna patrulla se había molestado nunca en aprenderse, por encima de una tapia baja resbaladiza por el agua de lavar que alguien había tirado, por un callejón que apestaba a la curtiduría de dos calles más allá.

A su espalda, el edificio en llamas teñía por debajo las nubes de un naranja apagado, y el resplandor se quedó sobre los tejados más tiempo del que le habría gustado.

Llevaba la mano suelta junto al cinturón y la vista en la oscuridad de delante.

Bajo la calma que se obligaba a mostrar, un pensamiento no dejaba de dar vueltas, paciente y despiadado como una piedra de molino: solo había habido tiempo para uno.

No lo había elegido él. Se lo repetía mientras caminaba, y sabía que volvería a decírselo antes del amanecer.

Tito había dicho uno , y el hermano mayor había respondido antes que nadie, antes de que Cayo abriera siquiera la boca, y no había habido tiempo de discutir quién debía vivir.

Pero una parte fría de él, la que, antes de saber que iba a meterse por aquella ventana, ya contaba hombres, salidas e instantes, volvía una y otra vez a aquel momento en que podría haber dicho otra cosa.

En que podría haber dado con otra manera.

No sabía cuál habría sido. La viga apenas se había movido para Tito, y para él no se habría movido en absoluto.

Aun así, la parte que contaba insistía en que había habido una manera, y en que él no había dado con ella a tiempo.

Más adelante, una patrulla pasó por el extremo de una calle lateral.

Cuatro hombres. Botas claveteadas sobre el empedrado, a un ritmo demasiado regular para ser casual.

Seguramente sería la guardia nocturna de los magistrados, sin ninguna prisa por adentrarse en unas calles que no la querían.

Cayo detuvo a los demás con la palma abierta y los empujó al hueco de un portal.

Durante lo que tardaron ocho botas en pasar sobre la piedra, contuvo el aliento.

La mano se le fue a la empuñadura gastada del puñal del cinto, y allí se quedó.

El ruido se perdió entre los sonidos corrientes de la noche, y Cayo soltó el aire.

No miró a Livia, inmóvil a su lado, ni a Tito, cuya mano había ido a buscar la nuca de Quinto y descansaba allí.

Nadie le preguntó qué le pasaba. Nadie se lo preguntaba nunca.

Era el acuerdo, que nunca se había dicho en voz alta: Cayo los mantenía con vida, y lo que eso le costara podía guardárselo para sí.

A la Subura no la detenía un edificio en llamas, como no la detenía nada.

A dos calles de allí, un panadero cargaba ya los hornos para la venta de la mañana, y el olor a pan se abría paso, extraño, entre el humo que Cayo llevaba en el pelo.

Un borracho cantaba mal, a solas, en un portal.

En algún piso alto, un hombre y una mujer discutían con el tono cansado, sin altibajos, de quienes llevan años discutiendo cada noche por lo mismo y piensan seguir.

Allá en el Palatino, las grandes casas estarían a oscuras y cerradas tras sus muros, y nadie de los que dormían allí perdería una hora de sueño por la familia de un escriba reducida a cenizas a todo un mundo de distancia.

Nada de lo que ocurría por debajo de cierta altura inquietaba mucho tiempo a la ciudad.

También se tragó aquello, y siguió adelante.

—Se han ido —dijo Livia en cuanto la calle se vació, y fue la primera en despegarse de la pared. Cayo sabía por qué: un portal era un sitio pequeño y oscuro, y ella solo aguantaba un rato los lugares así antes de quedarse sin poder moverse—. Vamos. Ya queda poco.

Lo poco que quedaba fueron cuatro calles más y una subida: unos escalones medio podridos, clavados al costado de un taller de batanero que había cerrado hacía ya dos caseros, y arriba, un desván bajo un tejado al que le faltaban más tejas de las que conservaba.

Olía a lana vieja y a palomas y, débilmente, a las hierbas que Livia colgaba de las vigas para tener a raya ambos olores.

No era mucho. Era de ellos, como nada en la Subura lo había sido nunca, y Cayo notó que se le relajaban los hombros al pisar el último escalón.

Se volvió para tenderle la mano al chico nuevo. Quinto subió solo, despacio, tanteando cada escalón antes de cargar el peso en él, y arriba se quedó en el borde del desván, abrazándose las costillas, sin dar un paso más.

—Siéntate —dijo Tito, con suavidad para alguien de su tamaño, y le hizo sitio en el montón de sacos viejos que les servía de cama a todos. Quinto miró el hueco; luego, los nudillos de Tito, que aún sangraban de haber golpeado a puño limpio la pared de un edificio en llamas, y no se movió.

Livia fue al rincón donde guardaban su pequeña reserva de comida robada y volvió con un currusco de pan duro y una tira de carne seca.

No insistió en que comiera. Lo dejó todo a su alcance y se sentó con las piernas cruzadas un poco apartada, lo bastante cerca para hacerle compañía y lo bastante lejos para no agobiarlo.

—Come si quieres —dijo—. Y si no, no. Tito se lo acabará de todos modos. Se lo acaba todo. Una vez se comió una rueda de queso entera que ni siquiera era nuestra, porque dijo que se la veía muy sola.

—Es que se la veía muy sola —dijo Tito.

Quinto los miró a uno y a otro, intentando averiguar si aquello era una broma. Tito no le dio ni la más mínima pista.

Una gata flaca y desastrada eligió aquel momento para escurrirse de detrás de un montón de tejas rotas; tenía una oreja casi arrancada del todo.

Pasó de largo ante Livia, ante Cayo, y fue derecha hacia Tito, que se hizo pequeño para ella: recogió sobre sí mismo todo aquel corpachón, encorvó los hombros, bajó la barbilla, hasta que no quedó en él ni rastro de amenaza.

Cayo se lo había visto hacer más veces de las que recordaba, y aún le parecía extraño que un muchacho con la envergadura de una máquina de asedio pudiera encogerse hasta volverse inofensivo con solo proponérselo.

La gata dejó que Tito le rascara detrás de la oreja destrozada. Su ronroneo se oía en todo el desván.

Quinto miraba a la gata, que era más de lo que había hecho con ninguno de ellos. Se le relajaron un poco los hombros.

—¿Cómo se llama? —Tenía la voz cascada, y más débil de lo que Cayo había esperado. Eran las primeras palabras que decía desde el tejado.

—No tiene nombre —dijo Tito—. No quería ponerle ninguno hasta que ella decidiera quedarse.

—Pues deberías llamarla de alguna forma. —Quinto pareció sorprenderse de haberlo dicho, y volvió a encerrarse en sí mismo, abrazado a las rodillas.

—¿Y tú cómo la llamarías? —preguntó Livia.

El chico se quedó callado tanto rato que Cayo pensó que no iba a contestar. Luego, muy bajo:

—Pavesa.

Nadie se rio, aunque a Livia le costó lo suyo mantener la seriedad. Era un nombre horrible para una gata pequeña con la oreja rota, puesto en la peor noche de la vida de quien se lo puso, y era justo el que debía tener.

—Pavesa —asintió Tito, con la gravedad de quien ratifica un tratado, y la gata, ajena al honor que acababan de hacerle, se le subió al regazo y se quedó dormida.

Livia arrancó una tira del trapo más limpio que tenía y se arrodilló delante de Tito sin pedir permiso.

Le vendó los nudillos partidos, rápido y prieto.

Ya lo había hecho antes; los dos tenían la costumbre.

Tito se dejó; torció el gesto una vez y no paró de rascar a Pavesa detrás de la oreja.

Ninguno de los dos le dio importancia. Otras familias se pasaban el pan de un lado a otro de la mesa.

Ellos dos, esto. Algo en Cayo que llevaba rígido desde la ventana se soltó al verlo.

Alargó el brazo para arreglar los sacos, por tener algo útil que hacer con las manos, y lo empeoró: la manta se enredó en una viga baja que no había distinguido en la oscuridad.

Tito la desenredó con una mano, sin levantar la vista de la gata ni decir palabra.

Cayo se dio por vencido, y los sacos se quedaron donde habían caído.

Se dejó caer contra el murete del desván, al resguardo de la corriente, lo bastante cerca para formar parte del corro sin estorbar, y miró trabajar a Livia.

Las cerraduras eran solo la mitad de lo que se le daba bien.

Sabía encontrar en la pena de cualquiera el único hilo suelto e ir tirando de él, con suavidad, sin nombrar nunca lo que hacía, hasta que algo por dentro se descosía lo justo para dejar respirar.

Cayo se lo había visto hacer con Tito después de las peores noches.

Nunca con un desconocido. Ahora lo hacía con un chico al que conocía desde hacía menos de una hora, sin pararse a decidir si debía.

Quizá nunca había sido un oficio. Quizá era Livia sin más, con el oficio levantado encima para poder sobrevivir.

—¿Cómo te llamas? —dijo cuando el silencio se ablandó lo bastante para que cupiera la pregunta.

—Quinto.

—Quinto —repitió ella, con cuidado, como si el nombre aún pudiera quemar al tocarlo, y el chico levantó la vista y la miró de verdad por primera vez.

Cayo se inclinó hacia delante. No tenía intención de hablar. Las cosas que más importaban nunca las tenía planeadas. Le llegaban enteras, como un golpe que alcanza antes de que la cabeza termine de decidir lanzarlo, y esta le llegó igual, completa, antes de que hubiera escogido una sola palabra.

Sin notarlo, había vuelto a llevarse la mano al cinto: dos dedos apoyados en la empuñadura gastada, la vieja costumbre que asomaba cada vez que el suelo parecía poco firme bajo los pies.

Ahora lo sentía más inseguro que en la habitación en llamas.

El fuego solo le había pedido rapidez. Esto le pedía ser algo que no sabía ser.

—Quinto —dijo—. El quinto.

El chico lo miró a los ojos, receloso, preparado para lo que fuera a venir. Cayo sabía por experiencia que era eso lo que la gente de un sitio así hacía con un nombre así: convertirlo en una burla a costa de un crío que no merecía ni nombre propio.

—Es lo que quiere decir —dijo Cayo—. ¿No? El quinto hijo.

—Mi padre quería cuatro —dijo Quinto, tan bajo que el viento que entraba por el tejado roto casi se lo llevó—. Y llegué yo.

—Pues entonces tu padre acertó con el nombre —dijo Cayo—.

Aquí somos tres. Estaba tu hermano. Estás tú.

Eso hace cinco, y sin que nadie haya tenido que nacer para serlo.

—Señaló con la cabeza la oscuridad, más allá del murete, hacia donde estaba el fuego que ninguno veía ya y todos seguían sintiendo—.

Tu hermano es el cuarto. No pudimos traerlo.

Viene de todos modos. Siempre será el que ninguno puede ver, el que camina detrás de quien más lo necesite.

Y tú eres el quinto. Ya lo eras antes de esta noche. Lo seguirás siendo después.

Alargó la mano, lo bastante despacio para que Quinto pudiera apartarse, y la puso sobre la suya. A la poca luz vio que el chico tenía las yemas de los dedos manchadas de oscuro, con la tinta tan metida en la piel que parecía parte de él.

—Ahora eres uno de nosotros —dijo Cayo—. Todavía no sé lo que vale eso. No tengo una casa que ofrecerte, ni dinero, ni nada de lo que un padre debería darle a un hijo. Pero nadie va a quemar lo que queda de ti y reírse mientras lo hace. No mientras yo respire.

Oyó hasta qué punto sonaba a juramento, y no se retractó.

Las palabras no le habían salido con su voz de siempre.

Le habían salido con una cadencia más antigua, llana, hecha para prometer, la que su padre traía a casa del cuartel y extendía sobre la mesa como una manta, cuando Cayo aún no tenía edad para saber lo que todo aquello les costaría a los dos.

Quinto no contestó con palabras. Giró la mano bajo la de Cayo y se agarró a ella con un apretón pequeño, duro, en el que ya no quedaba nada de niño.

Cayo lo dejó aferrarse todo el tiempo que necesitó.

Fue mucho rato. Más allá del tejado roto, el cielo había empezado a agrisarse, muy levemente, por el lado de oriente cuando los dedos del chico se aflojaron.

Livia se había quedado callada en algún momento, con la cháchara agotada.

Cuando Cayo la miró, había subido las rodillas y apoyado la espalda en la pared junto a la entrada, desde donde dominaba todo el desván y lo alto de los escalones.

Tenía los ojos húmedos, y en la cara solo una satisfacción feroz.

Tito no se había movido: con la gata dormida en el regazo, tenía una de sus enormes manos cerca del pie de Quinto, desde donde podía interponerse entre el chico y lo que viniera después.

Cayo pensó en el hombre de blanco: el frasco, el pañuelo de lino secando sin frotar un cuello que nunca, en toda aquella vida blanda, había sabido lo que era tener miedo.

Pensó en la promesa que él mismo había hecho en voz alta, en un desván podrido, a un chico al que conocía desde hacía lo que dura un incendio, y supo, con la misma frialdad con que sabía cuántas salidas tenía una habitación, que cumplirla le tocaba ahora a él.

Aún no sabía lo que le costaría. Adormilado contra el murete, mientras la respiración de los otros se iba haciendo más lenta a su alrededor, sospechaba que sería más de lo que tenía para dar.

No se le ocurrió, ni una sola vez, que podía sencillamente negarse a pagarlo.

Fuera, el cielo seguía agrisándose camino de la mañana.

Al otro lado de la ciudad, suponía Cayo, el hombre de blanco estaría dormido, seguro de que el fuego había terminado su trabajo.

No podía saber nada de un desván de batanero sobre un taller muerto, ni de que el más pequeño de los cuatro niños que dormían en él había empezado ya, en silencio, a odiarlo.