Las sombras de César (Serie Umbrae 1)
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1. El fuego
El fuego
Quinto pegó la cara a las tablas y trató de recordar cómo se respiraba.
El humo pesaba. Le aplastaba la espalda como una mano, y cada bocanada robada a la fina capa de aire que quedaba a ras de las tablas sabía a aceite de lámpara quemado y a madera vieja.
Arriba, el techo había empezado a chasquear y a gemir.
Hasta aquella noche nunca había oído a la madera hacer ese ruido. Lo reconocería el resto de su vida.
Aulo lo tenía agarrado del hombro y no lo soltaba, ni cuando Quinto se revolvía ni cuando la siguiente oleada de calor les pasaba por encima llevándose el poco aire que quedaba.
Tenía dieciséis años, era enjuto como su padre y había velado junto a él todas las noches que copiaba hasta tarde sin que se le notara nunca el miedo en la voz. Ahora sí.
—No lo mires —dijo Aulo. Quinto ya tenía los ojos puestos en su padre, tendido en el suelo entre los dos.
Lo miró de todas formas.
Su padre yacía boca arriba, con la túnica oscura y empapada sobre el pecho.
La sangre que tenía debajo había dejado de extenderse, y eso, sin saber por qué, era peor.
Junto a la mano abierta había un estilo.
Alrededor, desperdigadas como si alguien las hubiera revuelto a toda prisa, estaban las tablillas de cera en las que anotaba sus encargos: tres rajadas y una sin el marco de madera.
Quinto no sacaba nada en claro. El humo pasaba sobre los ojos abiertos de su padre, y su padre no parpadeaba, y al fuego le daba igual.
—Quinto. —Aulo lo apartó a rastras del cuerpo, con tanta fuerza que le hizo daño—. La ventana. ¡Ya!
Avanzaron de rodillas. El humo se espesaba, negro, a la altura de la cabeza; solo a ras de suelo quedaba algo que respirar, un dedo de aire bueno tendido sobre la habitación como el aceite sobre el agua.
Las tablas se ampollaban bajo las palmas de Quinto.
Gateó hasta que la pared lo detuvo al pie de la ventana.
Aulo lo alzó tirándole de la túnica, empujó un postigo con el hombro y entre los dos asomaron la cabeza a la noche por encima del alféizar.
El frío le dio en la cara como una bofetada. Tosió hasta que le dolieron las costillas y se le quedó la garganta en carne viva. Abajo, el callejón era una franja de tierra apisonada en la que apenas cabía un carro, y no estaba vacío.
En la oscuridad esperaban seis hombres, apostados para cerrar el paso por los dos extremos.
Dos llevaban garrotes y se limitaban a apoyarlos en el hombro.
En medio había un hombre más corpulento, vestido de blanco, y aun desde tres pisos de altura, aun a través del humo, Quinto alcanzaba a olerlo: algo floral y caro que iba perdiendo la batalla contra el sudor de su dueño.
Sostenía un frasco de plata. Cuando lo alzó para beber, los anillos de oro brillaron al resplandor del fuego. La ceniza se le iba posando en los hombros, suave como una primera nevada, y él la dejaba estar. Echó la cabeza atrás para mirar la ventana en llamas y siguió bebiendo sin prisa.
—Son los últimos —dijo uno de los que llevaban garrote. Bajó la voz, pero el callejón la hacía subir hasta ellos—. El escriba y los dos cachorros.
—Los cabos sueltos son los que arden con menos ruido —dijo el hombre de blanco. Soltó una risa suave, satisfecha, y se secó el cuello, sin frotar, con un pañuelo de lino fino.
Quinto no tenía nombre para lo que le pasó entonces en el pecho. Solo sabía que quería, más que respirar, estar lo bastante cerca de aquel hombre que se reía para hacerlo callar.
Algo crujió arriba, seco como un hueso al partirse, y una viga del techo cedió.
Aulo empujó a Quinto contra el suelo, bajo el alféizar, y se le echó encima.
Les cayeron chispas a los dos, y luego algo más pesado, y todo el cuerpo de Aulo dio una sacudida.
Cuando dejó de caer lo peor, Aulo alzó la cabeza.
Tenía la cara surcada de hollín, y los ojos, a aquella luz, más viejos de lo que Quinto los había visto nunca.
Le había quedado un tramo de viga atravesado sobre las piernas, todavía ardiendo por un extremo.
Quinto se giró, metió las dos manos por debajo y empujó hasta que le temblaron los brazos. La viga no se movió.
—No hay puerta —dijo Aulo. Lo dijo como cuando repasaba en voz alta las cuentas de su padre, línea tras línea de números que no cambiaban por más que uno los mirase—. Dentro de poco no habrá techo. Está la ventana, está el callejón, y en el callejón hay seis hombres.
—Aulo. —Fue lo único que le salió a Quinto antes de que se le quebrara la voz.
—Lo sé. —La mano de Aulo le buscó la nuca y se quedó allí, como cuando Quinto era lo bastante pequeño para tener miedo a la oscuridad—. Lo sé.
Detrás de ellos, el fuego alcanzó la última madera seca de la habitación y prendió en ella de golpe, con un rugido duro y luminoso que tiñó de naranja toda la ruina. No iban a salir de allí.
Quinto gritó. No había querido hacerlo. Le salió de dentro, áspero, infantil e inútil contra el estruendo del fuego, y Aulo lo atrajo hacia sí y le apretó la cara contra el pecho. Quinto oía martillear bajo la oreja el corazón de su hermano, más deprisa que el suyo.
Entonces el otro postigo saltó hacia dentro hecho astillas.
Por el hueco entró algo oscuro, bajo y rápido, que tocó el suelo ya en movimiento. Lo primero que pensó Quinto fue que el tejado se les había venido encima por fin. Lo segundo, cuando la figura se convirtió en un muchacho no mucho mayor que Aulo, fue que el humo se le había metido en la cabeza.
El muchacho era flaco, hecho para el trabajo rápido en sitios pequeños y oscuros, y a la luz del fuego tenía los ojos de un verde tan pálido que parecían iluminados por detrás.
Abarcó la habitación de una sola mirada.
El cadáver. El fuego devorando la pared del fondo.
Ellos dos bajo el alféizar, y la viga. Nada de aquello lo detuvo.
—Moveos —dijo, a nadie y a todos.
Tras él entró una segunda figura. Más que trepar por el hueco, se plantó dentro, con unos hombros demasiado anchos para el marco y la cabeza morena agachada para pasar.
Cayó sobre las tablas ardiendo y cruzó derecho una cortina de llamas bajas.
Apartó de una patada una mesa humeante como si fuera leña menuda.
La tercera llegó la última y la más ligera. Una chica. Se agarró al alféizar con una mano, se coló de un impulso y cayó agachada, con el pelo oscuro suelto alrededor de la cara. Su mirada fue al cuerpo del padre y pasó de largo. Se posó en Quinto y en Aulo, y la chica apretó los labios.
—Son dos —dijo—. Dos vivos.
El alto ya estaba junto a la pared interior, palpándola con la mano abierta. Lo que notó allí lo hizo volver hacia la ventana. No había salida por el resto del edificio. Nunca había habido más que la ventana.
El muchacho flaco se agachó junto a ellos. Miró la viga atravesada sobre las piernas de Aulo y luego el techo de encima. De cerca parecía más joven de lo que Quinto había creído; no tendría más años que Aulo.
El alto volvió de la pared y metió las manos bajo la viga. Hizo fuerza. La viga subió un pelo; el techo gimió sobre sus cabezas y soltó una lluvia de yeso, y él volvió a bajarla antes de que cayera lo demás.
—¿Cuántos podemos sacar? —En la voz del muchacho de los ojos verdes no había ni rastro de duda.
Quinto tardó un instante en comprender que la pregunta no era para él. Era para el alto, que miraba el techo.
—Uno —dijo el alto. Le salió bajo, con la voz quebrada, como una disculpa.
La mano de Aulo, en el hombro de Quinto, se puso rígida como la madera.
—Llévatelo —dijo Aulo.
—No. —Quinto agarró a su hermano de la túnica—. No. ¡A los dos! Llevaos a los dos.
—No hay tiempo para discutirlo —dijo la chica, sin aspereza. Se volvió hacia el alto. Entre los tres desconocidos corrió una mirada, rápida como una seña, y quedó decidido antes de que Quinto pudiera seguirla. El muchacho alargó los brazos hacia él.
Aulo lo empujó hacia el desconocido sin darle tiempo a resistirse.
El muchacho lo levantó y lo volvió hacia la ventana, y en aquel instante Quinto vio la cara de su hermano.
Estaba tranquila. Aulo lo había decidido cuando la viga le cayó encima, mucho antes de que llegaran aquellos tres.
No le había pedido opinión. Nunca se la pedía.
—Voy detrás de ti —dijo Aulo. Era la única mentira que su hermano le había dicho nunca; Quinto tardaría mucho en comprenderlo.
El techo se desplomó entre los dos.
No se desplomó de una vez. Eso era lo cruel.
Primero cayó una viga, y con ella una plancha de yeso en llamas, justo sobre el sitio donde estaba Aulo.
Quinto sintió el calor en las piernas, por detrás, mientras el muchacho de los ojos verdes tiraba de él por encima del alféizar.
Oyó que su hermano lo llamaba a gritos, una sola vez, con una voz aguda y desgarrada.
Luego el resto del techo se vino abajo tras la viga, y el fuego, que hasta entonces había tenido paciencia, dejó de tenerla.
El alto se lanzó hacia los escombros. Dio dos zancadas.
La chica lo agarró del brazo y tiró de él hacia atrás, con más fuerza de la que cabía esperar en alguien de su tamaño, diciéndole algo que el fuego se tragaba.
Luego ya no quedó ningún hueco por el que abrirse paso.
Donde había estado Aulo solo había una pared de un naranja vivo y hambriento.
Quinto nunca recordó haber salido por la ventana.
Recordaba volver a sentir el aire de la noche, más frío que antes, y un tablón que se combaba bajo los pies del muchacho mientras lo llevaba en brazos por encima del vacío hasta el tejado de enfrente, con el callejón como una larga caída negra debajo.
Recordaba las tejas bajo las manos, ásperas de escarcha.
Recordaba haber vuelto a gatas por el borde del tejado hacia la ventana en llamas, gritando el nombre de su hermano a un calor que lo empujaba hacia atrás como una palma abierta sobre el pecho.
Alguien lo agarró por la cintura y no lo soltó.
—Ya no está —le dijo la chica al oído. Tenía la voz áspera de humo—. No puedes volver a entrar ahí. ¿Me entiendes? No puedes.
Aun así, forcejeó. Forcejeó hasta que el cuerpo no pudo más y se le vino abajo. Quedó de rodillas sobre las tejas frías, con el nombre de su hermano intentando todavía formarse en la garganta, mientras la ventana por la que habían salido se hundía en una lenta caída de chispas.
En la boca del callejón, el hombre de blanco había dejado de contemplar el fuego y ahora alzaba la vista hacia ellos.
No mostraba la menor alarma. Se fue enderezando los pesados anillos de los dedos, uno tras otro, sin ninguna prisa, y aunque tres desconocidos armados acababan de sacar a un chico de aquel fuego delante de él, nada alteró su ritmo.
Se volvió, dijo algo en voz baja a los hombres de los garrotes y estos echaron a andar tras él.
Los seis se alejaron por la calle oscura sin volver la vista ni una vez.
La ceniza caía sobre todo aquello: el callejón, las llamas moribundas, el chico que temblaba en las tejas. Se le posaba a Quinto en el pelo y en los hombros con la misma suavidad con que se había posado en los del hombre que había mandado quemar a su familia.
Durante un rato los tres desconocidos no dijeron nada, y Quinto fue reparando en ellos poco a poco, uno a uno, como vuelve la sensibilidad a una mano entumecida.
El alto estaba en el otro extremo del tejado, con los hombros grandes encogidos para ocupar menos sitio y los nudillos despellejados, sangrando de golpear a puño limpio el muro en llamas.
La chica seguía arrodillada frente a Quinto, sosteniéndolo, con los rizos oscuros pegados a la cara, pálida bajo el hollín, y la respiración tan agitada como la de él.
El muchacho de los ojos verdes, agachado un poco aparte, vigilaba la calle por donde se había ido el hombre de blanco, y estaba contando; aun en medio de su pena, Quinto lo veía en el leve ir y venir de su mirada: los hombres, las bocacalles, las entradas y las salidas, cada cosa guardada donde pudiera volver a encontrarla.
Por último se volvió hacia Quinto y lo miró como había mirado la habitación en llamas.
—¿Puedes levantarte?
No había nada blando en la pregunta, pero esperó a que respondiera.
Quinto no lo sabía. Ya no sabía nada, salvo que su padre estaba muerto en el suelo de una habitación que había dejado de existir, que el grito de su hermano llamándolo era lo último que le oiría en la vida, y que aquellos tres, que no le debían nada, habían entrado por la ventana de un edificio en llamas por unos niños a los que no conocían.
No respondió. Pero dejó que el muchacho de los ojos verdes lo pusiera en pie, y cuando le temblaron las piernas, nadie lo dejó caer.