Las señales del afecto (Corazones a la deriva 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Desde luego —rió Violet, poniéndose en pie y acercándose a la mesa del rincón del salón, donde estaban esparcidos todos los documentos y pliegos—. Aunque no estoy segura de qué utilidad puedo tener examinando algo que ya hemos estudiado a fondo.

Él se encogió de hombros y esperó a que la doncella colocara la bandeja del té en el centro de la mesa antes de acercarle una silla a Violet.

—Quién sabe —dijo mientras ella tomaba asiento—. Quizá se nos ha escapado alguna pista esencial.

Unos diez minutos después, Violet oyó el golpe seco de la puerta principal al cerrarse, lo que indicaba que Joshua ya iba camino de su encuentro con Lord Swinton. Sonrió para sus adentros mientras la pluma apenas garabateaba unas letras en un trozo de pergamino en blanco.

Tenía el corazón rebosante de esperanza e ilusión, tanto por la conclusión de aquel misterio como por el futuro junto a su marido.

El beso que habían compartido había estado cargado de promesa, y ya deseaba que llegara la próxima vez que pudieran quedarse a solas.

Era más que atracción: había llegado a amarlo, y solo podía esperar que él sintiera de verdad lo mismo.

De repente, se detuvo en sus cavilaciones y bajó la mirada hacia las letras que había trazado en el pergamino. El corazón le dio un vuelco tan violento que aspiró una bocanada de aire, apartó la silla y se puso en pie.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sebastian al instante, corriendo hacia ella—. ¿Sucede algo?

Violet señaló lo que había escrito, y Lord Sebastian se acercó para contemplar el pergamino junto a ella.

—Ha escrito dos nombres —dijo él, despacio, sin comprenderlo en absoluto—. ¿Y bien?

—Mire —susurró Violet, con la mano temblorosa al volver a sentarse y trazar una línea bajo los nombres—. ¿Lord Swinton? ¿Swinney North?

Respiró hondo, intentando acallar el temblor que le recorría el alma.

—Resultan demasiado familiares, ¿no le parece?

—Parecidos, sí —respondió Sebastian, acercando una silla—. Pero no es tan alarmante.

La mente de Violet trabajó a toda velocidad; tomó de nuevo la pluma y ordenó las letras. Extrajo las letras de «Swinton» del nombre «Swinney North», lo que le dejó cinco letras sueltas, y las recombinó hasta que apareció, nítido, el nombre «Henry Swinton».

—Dígame que el nombre de pila de Lord Swinton no es Henry —se lo suplicó, mirando a Sebastian con auténtico pavor—. Dígame que mi marido no acaba de ir a ver al único hombre que está detrás de todo esto.

Sebastian guardó silencio un instante, con la mirada clavada en el nombre. Luego, sin pronunciar palabra, alzó los ojos hacia ella con expresión de horror.

—Debo irme.

Exclamó y salió disparado de la estancia. Violet lo siguió, bajando las escaleras tras él a toda prisa.

—¡No puede venir! —le gritó por encima del hombro—. ¡Es demasiado peligroso!

—¡No me quedaré aquí esperando! —replicó ella, con la sangre martilleándole en las venas—. ¡Es mi marido!

Sin aguardar siquiera a recoger los guantes y el sombrero, le gritó al lacayo que abriera la puerta principal y salió a toda prisa, con Lord Sebastian ya pisándole los talones.

No había tiempo para preparar un carruaje, así que pararon un coche de punto y, en pocos minutos, se pusieron en marcha.

Por suerte, Lord Sebastian conocía la dirección y, aunque tardaron menos de un cuarto de hora en llegar, Violet no podía dejar de imaginarse el cuerpo sin vida de su marido cayendo al suelo, mientras Lord Swinton ordenaba arrojarlo al Támesis.

—Tenemos que salvarlo —dijo, casi para sí misma, sin apartar la mirada angustiada de la ventanilla—. No puedo perderlo.

Lord Sebastian no dijo palabra; tenía la vista clavada en algo al otro lado del carruaje.

—Ya hemos llegado —anunció en voz alta.

Agarró la manilla, abrió la portezuela de golpe y descendió lo más rápido que pudo.

—Venga, Lady Greville.

Violet lo siguió como pudo por el sendero hasta la entrada de la gran mansión de piedra, frustrada porque las voluminosas faldas le impedían moverse con la rapidez que deseaba.

—Abra la puerta —oyó decir a Sebastian, dirigiéndose sin duda al mayordomo, que mantenía la puerta apenas entreabierta—. Tengo un asunto urgente con Lord Greville, el conde , que creo que está hablando con su señor.

Por lo visto, el título no impresionó lo más mínimo al mayordomo, porque la puerta no se abrió ni un centímetro más.

Violet subió los escalones, se plantó delante de Sebastian y fulminó con la mirada al mayordomo que la observaba desde el interior.

—Va a abrir ahora mismo —dijo en voz alta—. Mi marido está ahí dentro y pienso verlo. Es una cuestión de vida o muerte y, si me niega la entrada, su sangre bien podría caer sobre su cabeza.

El asombro dibujado en el rostro del mayordomo bastó para infundirle esperanzas a Violet y, cuando empujó la puerta, él no intentó impedírselo.

—Y ahora, ¿dónde está su señor? —exigió Violet mientras Sebastian entraba tras ella.

—En el despacho, milady —respondió el mayordomo, todavía con expresión de asombro—. Por aquí, la segunda puerta a la derecha.

Violet no se detuvo a darle las gracias ni esperó a que les guiara. Avanzó a toda prisa hasta encontrar la puerta y, antes de que Sebastian la alcanzara y sin un instante de vacilación, la abrió de golpe y entró.