Capítulo 12
J oshua tardó la mayor parte de una semana en acostumbrarse a la presencia de su esposa en la casa…
aunque se esforzó todo lo posible por evitarla.
No es que no apreciara su compañía —y ella se mostraba de lo más educada—, sino que no lograba librarse de la culpa punzante que sentía cada vez que la veía.
Nunca había esperado que ella fuera en su busca, jamás había pensado que se negaría a instalarse tranquilamente en el campo, como él había deseado.
Pero entonces, tardíamente, cayó en la cuenta de que se había casado con una mujer que no se parecía en nada a la típica dama, y eso era precisamente lo que apreciaba de ella.
Luego estaba, por supuesto, el hecho de que Violet insistía en participar en cualquier discusión sobre la investigación.
Aunque, para su sorpresa, había hecho varias propuestas muy acertadas sobre cómo encontrar a quienes habían matado a Sir Whitby y, en ese mismo momento, Lord Sebastian estaba con el hombre bajo custodia, siguiendo su sugerencia sobre cómo sacarle más información.
Al principio le había molestado su presencia, pero descubrió que, cuanto más se sentaba a escucharla, más le costaba apartar la vista de ella. Era grácil, hermosa e inteligente… y su esposa, al menos sobre el papel.
Por las noches, permanecía despierto en la cama, consciente de que su mujer estaba justo en la habitación contigua. Recordaba cómo la había tomado en brazos, la sorpresa y el puro deleite en su rostro cuando le había mostrado cómo era el amor entre marido y mujer.
Había sido un privilegio hacerlo y, en aquel momento, tenía toda la intención de seguir instruyéndola cuando regresara de la ciudad.
Claro que ahora todo había cambiado. En lugar de mirarlo con pasión o intriga, el dolor llenaba los ojos de ella cuando le prestaba alguna atención. Le había hecho daño, y no tenía ni idea de cómo remediarlo.
* * *
—¡Buenos días, Greville!
—Buenos días —respondió él, acercándose a trompicones a la mesa y pasándose una mano por los ojos—. Estás aquí muy temprano, Sebastian.
—Eso es porque me ha invitado tu querida esposa —contestó, sonriendo ante el bostezo que Joshua fue del todo incapaz de ocultar—. Vamos a discutir los detalles del caso.
—Ya veo —dijo Joshua, satisfecho de poder hablar del asunto y averiguar si Sebastian había hecho algún avance, pese a lo temprano que era.
—¿No duermes bien?
Joshua gruñó mientras se dirigía al aparador y se servía el desayuno antes de sentarse al otro lado de la mesa, frente a Sebastian, que le sirvió el café. No había lacayos ni criados de ninguna clase en la estancia, dado que lo que estaban a punto de discutir era completamente secreto.
—Deduzco que no duermes bien —continuó Sebastian cuando Joshua no respondió—. ¿Qué será lo que te ronda por la cabeza?
Joshua alzó la vista y vio cómo su amigo le sonreía, percibiendo la ironía en sus palabras. Estaba claro que Sebastian sabía muy bien qué —o más bien, quién — le impedía dormir.
—No la mereces, ¿sabes? —dijo Sebastian en voz baja—, y menos después de lo que hiciste.
—¡Creía que me apoyabas! —exclamó Joshua, dejando a medias la tostada.
—Te apoyé —respondió Sebastian al instante—. Aunque la has tratado muy mal: la manipulaste para casarte con ella, acostarte con ella y luego marcharte sin explicación. ¿Es que no tienes ni idea de cómo complacer a una mujer, Greville?
Joshua negó con la cabeza.
—Supongo que no —murmuró, dejando el cuchillo de la mantequilla—. Ni sé cómo enmendar las cosas.
Sebastian abrió la boca —con la esperanza de ofrecer una solución—, pero antes de que pudiera decir nada, un frufrú de faldas les alertó de la llegada de Violet. Se quedó un momento en la entrada, observando a los hombres que tenía delante, y luego entró en la estancia.
Joshua se puso en pie de inmediato, igual que Lord Sebastian, pero ella se rio e hizo un gesto con la mano, diciéndoles que no hacía falta tanta ceremonia por su causa. Llevaba un vestido amarillo pálido y parecía iluminar la habitación al entrar.
—Buenos días —dijo, sentándose junto a su marido y tendiendo la mano hacia la bandeja del té tras servirse su propio desayuno—.
Lord Sebastian, es un placer verlo. Espero que tenga algún progreso que comunicar, pues he de confesar que me estoy aburriendo bastante de pasar encerrada en casa todo el día.
—Debe quedarse dentro —insistió Joshua, palideciendo al pensar en lo que podría ocurrirle si ponía un pie fuera de la casa—. A estas alturas ya sabrán lo de nuestro matrimonio y habrán deducido que era usted quien estaba en los jardines aquella noche. Salir solo serviría para ponerla en peligro.
Vio cómo la luz se atenuaba en sus ojos y cómo inspiraba hondo.
—Tenemos que ser prudentes —dijo en voz baja—. No puede ponerse en riesgo.
—¿Crees que aún desean acabar conmigo, entonces? —preguntó ella, desaparecida la ligereza de su tono—. ¿Y no piensan que tú o Sebastian estáis implicados?
—No puedo estar seguro, pero no, no lo creo —respondió él, deseando poder tomarle la mano para tranquilizarla—. Por eso debe quedarse dentro y uno de nosotros estará siempre con usted, como hemos hecho esta última semana.
Ella suspiró, pero no lo contradijo, evidentemente consciente de que él hacía cuanto podía por protegerla.
—Bien, veamos en qué punto estamos —continuó Joshua, mirando expectante a Sebastian—. ¿Has descubierto algo?
Sebastian sonrió, lo que de inmediato encendió una chispa de esperanza en el pecho de Joshua.
—Creo que nos estamos acercando, Greville.
—¿Ah, sí?
Sebastian se aclaró la garganta y se recostó en la silla.
—Como sabes, el primer hombre que capturamos la noche en que os encontrasteis se mostró muy poco cooperativo y al principio se negó a dar detalle alguno sobre el segundo hombre que fue tras vosotros… o sobre quién lo organizaba todo entre bastidores.
—¿Hicisteis lo que sugerí? —preguntó Violet, un poco sin aliento—. ¿Ha soltado más información?
Sebastian asintió y se le iluminaron los ojos.
—Su sugerencia ha funcionado a la perfección, Lady Greville.
—Violet, por favor —respondió ella con rapidez, como si quisiera dejar a un lado las formalidades.
Joshua hizo una mueca al ver la sonrisa de Sebastian; le irritaba que su esposa sonriera a su amigo en vez de a él, aunque sabía que estaba siendo irracional.
—Muy bien —prosiguió Sebastian, inclinando levemente la cabeza—.
No era del todo consciente de lo que estaba en nuestra mano, y cuando le ofrecimos la posibilidad de contarnos más de lo que sabía o acabar en la horca, habló.
Hemos acordado mantenerlo a salvo de cualquier represalia por parte del hombre al mando…
lo que incluía un viaje solo de ida a la colonia que él eligiera.
Joshua se había inclinado en el asiento, con los ojos clavados en su amigo. El corazón le martilleaba el pecho como nunca antes, y la sangre le retumbaba en las venas.
—¿Le ha dado un nombre?
—Así es —respondió Sebastian, sonriendo—. El hombre para el que trabajan Roberts y ese hombre, el que está al mando de todo… Swinney North.
La expectación, la esperanza, la felicidad… todo abandonó a Joshua de golpe, haciéndole caer los hombros y agachar la cabeza.
—¿Swinney North? —dijo, dejándose caer contra el respaldo del sillón—. ¿Qué clase de nombre es ese?
Sebastian se encogió de hombros.
—Es el nombre por el que se lo conoce. No es su verdadero nombre, obviamente, pero ya es algo.
—¿Y ninguna descripción?
Sebastian negó con la cabeza y le lanzó una mirada a Joshua.
—No. Quienes hacían el trabajo sucio de North jamás llegaron a verlo. Las órdenes les llegaban a través de ese tal Roberts, el mismo al que, creo, Lady Greville vio disparar contra Sir Whitby aquella noche.
—¿Y no tenemos ni idea de quién es ese hombre ni de dónde puede estar?
—Esta noche voy a visitar a nuestros amiguitos de la calle —respondió Sebastian con una sonrisa fugaz—. Han estado muy atentos.
—También estaba usted siguiendo al otro hombre —lo interrumpió Violet—. El que escapó aquella noche en el baile. ¿Lo ha encontrado?
Joshua hizo una mueca al ver que Sebastian le dirigía una mirada preocupada.
—Sí —dijo, quitándole la responsabilidad a Sebastian.
No había querido compartir esa noticia con su esposa, pero sabía que le quedaba poco margen.
—Lo encontré hace apenas un par de días —prosiguió Joshua en voz baja—. Está vigilando la casa.
En cuanto pronunció esas palabras, vio cómo su esposa palidecía y cómo los dedos se le aflojaban en torno a la taza de porcelana que sostenía, haciéndola tintinear contra el platillo.
—Por eso debemos ser prudentes —añadió Sebastian con amabilidad, tras una pausa—. Aquí está protegida, Lady Greville, pero, por ahora, no puede salir.
Joshua quiso acercarse a su esposa; la necesidad de tranquilizarla lo dominaba. Antes de darse cuenta de lo que hacía, le cogió la mano y sintió el pulso acelerado en las venas de la muñeca.
—Está completamente segura aquí, se lo prometo —dijo en voz baja—. Por favor, confíe en mí y permanezca dentro.
Violet le sostuvo la mirada, pero no retiró la mano. Al contrario, la dejó donde estaba y siguió estudiándolo, como si sacara fuerzas de su mirada.
—Ojalá pudiera servir de más ayuda —dijo por fin—. Me siento tan inútil, encerrada aquí todo el tiempo…
Retiró la mano despacio, pero no sin antes regalarle una breve sonrisa.
—Ya ha sido usted de gran ayuda —intervino Sebastian con rapidez—. Esto se resolverá pronto.
Violet asintió, y la mirada se le fue un instante hacia Joshua.
—Entonces, ¿en qué punto estamos? ¿Qué nos queda por hacer?
Joshua frunció el ceño y fue enumerando puntos con los dedos.
—Necesitamos averiguar qué era lo que Sir Whitby debía entregarle a ese tal Roberts, para que este, a su vez, se lo diera a nuestro misterioso instigador, Swinney North.
—Necesitamos descubrir quién es Swinney North y qué es lo que quiere —masculló Sebastian, negando con la cabeza.
—Y necesitamos asegurarnos de que usted esté a salvo —concluyó Joshua, volviéndose hacia su esposa—. Apenas un par de cosillas —intentó bromear, pero ni Sebastian ni Violet le devolvieron la sonrisa.
—Debería visitar a la viuda de Sir Whitby —dijo Violet despacio—. Quizá pueda descubrir algo que nos sirva.
La muerte de Sir Whitby había aparecido en los periódicos de sociedad esa misma semana —por lo visto, los hombres de Roberts no habían lastrado el cuerpo lo suficiente antes de arrojarlo al Támesis—, así que la noticia seguía muy presente en su mente.
—¡No! —exclamaron Joshua y Sebastian al unísono, con idéntica vehemencia.
—Debo hacerlo —insistió Violet, al parecer haciendo caso omiso de todo lo que acababan de decir—. ¿De qué otra forma voy a ayudar?
Cuando Joshua iba a protestar de nuevo, ella levantó una mano y esperó a que el tartamudeo de él cesara.
—Puede acompañarme, si lo desea, pero estoy segura de que caminar desde los escalones de la entrada hasta el carruaje y de vuelta no va a matarme. Estará a mi lado en todo momento, ¿no es así?
—Pero si usted no conocía a ese hombre —balbució Joshua, intentando desesperadamente encontrar cualquier excusa para mantener a su esposa en casa—. ¿Qué razón podría tener para visitar a su viuda?
Ella alzó un hombro con delicadeza, y un destello de acero le cruzó los ojos.
—Estoy casada con un hombre rico, y es mi deber mostrar consideración y compasión por los demás. No hago más que lo que debo.
La comisura de los labios se le curvó en una sonrisa.
—Además, una mujer que está de luto no va a echar de su casa a una dama compasiva, la conozca o no. Estoy segura de que podré brindarle algo de consuelo y, tal vez, ayudar a nuestra investigación.
Joshua quiso protestar, pero supo por aquel brillo resuelto en los ojos de ella que haría lo que quisiera, sin importarle su opinión. Supuso que lo único que podía hacer era plegarse a sus deseos y procurar mantenerla tan a salvo como le fuera posible.
—Muy bien —suspiró; la alegría que iluminó el semblante de ella le levantó el ánimo pese a sus preocupaciones—. Mandaré que preparen el carruaje.