Las señales del afecto (Corazones a la deriva 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

N o hizo falta que nadie le dijera a Violet cuándo había llegado su madre.

Estaba sumergida en la bañera de su nuevo dormitorio, mientras una joven y encantadora doncella le limpiaba el hollín y la sangre del cabello, esforzándose por disimular la emoción que le provocaba todo cuanto ocurría en la casa del conde.

Llamaron a la puerta principal; enseguida se oyeron pasos y la voz de su madre saludando al conde, su futuro yerno.

Poco después se abrió la puerta del dormitorio y entró su hermana Polly, con su exuberancia habitual, seguida de la doncella de Violet, que llevaba uno de sus mejores vestidos.

Le aseguró que había empaquetado gran parte de su ropa y sus pertenencias hasta que Violet pudiera regresar a casa para decidir qué más necesitaba.

Cuando Lord Greville dijo que quería casarse cuanto antes, Violet no se había imaginado hasta qué punto iba en serio.

Pero en cuanto habló con su padre de la presencia de Violet en su casa sin acompañante, su padre convino en que era de suma importancia acudir al arzobispo.

Y allí estaban ya, con la licencia matrimonial en la mano.

A Violet se le revolvía el estómago ante la nueva vida que se le venía encima con apenas unas horas de margen.

Aquella mañana se había levantado esperando un día relativamente corriente en casa de su familia, y ahora no solo había estado a punto de morir, sino que iba a casarse con un hombre al que apenas conocía y a convertirse en la señora de su propia casa.

Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera alejar la abrumadora confusión que se había apoderado de ella.

Al menos Polly la ayudaba a distraerse y a quitarle hierro a la situación. Su hermana casi brincaba por la habitación, parloteando sin parar, entusiasmada con todo lo que estaba sucediendo.

—¡Tendrías que haber oído a mamá, Violet, cuando recibió la nota de Lord Greville!

Creí que se iba a desmayar de la impresión —dijo Polly, mientras observaba el suntuoso dormitorio, con su gruesa y mullida alfombra y sus relucientes muebles de madera oscura.

Unas pesadas cortinas cubrían en ese momento los amplios ventanales.

Una hermosa cama con dosel, de colgaduras blancas e intrincados motivos florales en rojo intenso, hacía juego con la colcha.

Violet mantuvo los ojos cerrados mientras se hundía un poco más en la bañera de cobre que habían subido y llenado para ella. Se abandonó al calor del agua mientras escuchaba el parloteo de Polly.

—… y papá se limitó a decir «¡Santo cielo!

» con ese tono tan suyo, y preguntó qué podía haber tan urgente para que tuvieras que casarte con tanta premura.

Luego, claro, al imaginarse cuál podría ser el motivo, se puso rojo como un tomate, a lo que mamá respondió que acababas de conocer al caballero hacía dos noches en el baile y que apenas habíais coincidido unos minutos a solas fuera del salón, así que no podía haber nada impropio de por medio; pero, naturalmente, aquí estabas tú, en su casa, algo tan impropio de ti, Violet.

¿Cómo acabaste saliendo sola de casa? No puedo dejar de preguntarme qué ha provocado tanta urgencia.

Lord Greville se lo estaba explicando abajo a mamá y a papá, pero yo insistí en verte de inmediato.

Violet abrió los ojos.

—He sufrido un accidente, Polly. El carruaje se incendió y, al volcar, me di un golpe muy fuerte en la cabeza.

Lord Greville me sacó del carruaje y me puso a salvo.

Ha decidido, pese a mi insistencia en lo contrario, que no debo ser trasladada y que, por tanto, debo quedarme en su casa.

Por supuesto, esto sería del todo indecoroso a menos que nos casáramos, así que ha determinado que la boda se celebre de inmediato.

Creo que ya ha conseguido una licencia especial.

—¡La ha conseguido! —respondió Polly—. De hecho, el clérigo ya está aquí. ¿Cómo te encuentras ahora? ¡Ay, mira esa pobre frente! ¡Vaya brecha, querida Violet!

Violet tuvo que admitir que no estaba en su mejor momento. La habitación seguía dando vueltas cuando abría los ojos, y le costaba concentrarse en lo que Polly decía.

Su última esperanza, sin embargo, acababa de desvanecerse: Lord Greville, en efecto, había conseguido la licencia especial con tanta rapidez.

* * *

Los preparativos para la breve ceremonia se alargaron más de lo habitual.

Las dos doncellas se tomaron su tiempo para secarle el cabello antes de rizárselo y recogérselo con arte, para ocultar el vendaje que le habían fijado en la frente.

Violet tuvo que sentarse varias veces a descansar mientras se vestía con su mejor vestido, una seda blanca con capullos de rosa bordados.

Polly le pellizcó las mejillas para tratar de devolverles algo de color, pues su piel seguía muy pálida.

Cuando por fin se vio en el gran espejo circular de la esquina, ya estaba casi agotada.

—¡Ay, Violet, qué guapa estás! —exclamó Polly, encantada—. Qué suerte tiene Lord Greville. Vamos, te estarán esperando abajo.

Lord Greville aguardaba en el vestíbulo para ayudar a Violet a bajar la escalera.

Al ofrecerle el brazo, le dedicó una sonrisa apreciativa que devolvió a sus mejillas parte del color que tanto necesitaban.

Cuando llegaron al pie de la escalera, Marie corrió hacia su hija, angustiada por su estado tras el accidente y también desconcertada, pues era evidente que había estado esperando con ilusión la boda de Violet, aunque quizá no en semejantes circunstancias.

—¿Estás segura de que te encuentras lo bastante bien para casarte hoy, cariño? —preguntó su madre con cierta inquietud.

—Estoy bien, mamá —respondió Violet, aunque la mano que mantenía apoyada en el brazo del conde para sostenerse en pie decía lo contrario.

—Haremos que la ceremonia sea breve, para que pueda descansar —le dijo Lord Greville mientras la conducía al salón, que habían reorganizado para la ocasión.

El padre de Violet dejó a Benjamin y a Lord Sebastian, con quienes estaba conversando, para acercarse a besar a su hija en la mejilla.

Salvo Thomas, por supuesto, y Daniel, que se hallaba en Woodsworth, la finca familiar en el campo, toda su familia había acudido para presenciar el acontecimiento.

Lord Greville le dijo que, lamentablemente, su madre estaba de vacaciones en Bath, pero que estaba seguro de que se alegraría muchísimo de su enlace.

—Estás encantadora, querida —dijo Lionel en una rara muestra de emoción al tomarle el brazo—. Todo esto está ocurriendo demasiado deprisa para mi gusto, pero mientras seas feliz, es lo único que importa.

Ella le regaló una sonrisa sincera y le aseguró que no tenía nada de qué preocuparse. Inclinó la cabeza ante Benjamin y Lord Sebastian, que le ofrecieron cortésmente sus buenos deseos. Ambos parecían algo preocupados por todo aquel asunto, cada cual por sus propios motivos.

—¿Estás segura, Violet? —le preguntó Benjamin en voz baja, con el rostro habitualmente risueño ahora serio, y ella se limitó a asentir. Lo cierto era que no le quedaba otra opción. Lord Greville se había asegurado de ello.

La ceremonia fue breve, y a Violet le costó concentrarse.

Su padre la acompañó hasta Lord Greville, que aguardaba junto al clérigo.

Repitió las palabras que este le dictaba, con la mirada fija en sus manos.

El conde le alzó la barbilla para que lo mirara mientras pronunciaba sus votos, prometiéndole amor y fidelidad mientras los dos vivieran.

Violet sabía, sin embargo, que aquellas palabras eran huecas, una promesa que todas las parejas casadas hacían pero que pocas mantenían sagrada.

Era la razón por la que había rechazado a tantos pretendientes.

Siempre había pensado que cuando pronunciara esas palabras — si las pronunciaba—, serían por un verdadero matrimonio por amor.

Al menos esperaba que, con el tiempo, el afecto que el conde parecía sentir por ella no se desvaneciera.

Su familia se quedó a una cena ligera servida temprano, preparada con tanta premura como la propia boda.

Benjamin apartó a Violet para asegurarse de que todo iba bien y de que no hacía falta que interviniera para defenderla del conde.

Ella sonrió y le aseguró que estaba bien y que agradecía su respaldo.

Violet se retiró poco después de la cena, despidiéndose de su familia.

Su marido la acompañó hasta su dormitorio para comprobar que se encontraba bien antes de desearle buenas noches.

Al entrar en la habitación, a solas salvo por su doncella, se dejó caer sobre el colchón, extrañamente desolada.

Comprendía que él probablemente estuviera evitando consumar el matrimonio debido a sus heridas, y se alegraba de ello; sin embargo, aquello distaba tanto de la noche de bodas con la que siempre había soñado.

Se hundió en la cama, abrumada y sola, y pasó la noche en un duermevela agitado.

* * *

Cuando Joshua se situó junto al clérigo y su prometida soltó el brazo de su padre para tomar el suyo, por fin comprendió la magnitud de la situación y de lo que estaba haciendo.

Se casaba con esa mujer. Para el resto de su vida.

Ella alzó la vista hacia él con una mezcla de desconcierto, aceptación y —solo tal vez— esperanza, y el corazón se le encogió en el pecho al sentir una oleada de asombro: aquella mujer sería suya, y solo suya.

Por muy independiente que supiera que era, lo invadió de pronto un sentido de la responsabilidad como nunca antes había sentido.

Le correspondía mantenerla a salvo. En parte ya lo había logrado por el mero hecho de que ahora fuese su esposa, y podría mantenerla a salvo dentro de su casa.

Pero cuanto más indagaba en aquella trama criminal, más le parecía que Londres ya no era seguro para Violet.

La había observado durante la cena posterior a la breve ceremonia. Apenas había probado bocado, y no supo si se debía a lo abrumada que estaba por haberse casado tan de repente o a los efectos del atentado contra su vida ocurrido más temprano ese mismo día.

Cuando la acompañó a su dormitorio para que se retirara por la noche, el cuerpo le pedía a gritos seguirla al interior y mostrarle que el matrimonio tenía ventajas que quizá ella no había imaginado.

Sin embargo, vio el cansancio en sus ojos y notó cómo se apoyaba en él para subir las escaleras, y supo que aquella no era la noche de iniciarla en el lecho conyugal.

La dejó en la puerta con un beso casto en la mejilla y volvió a reunirse un rato con los presentes.

La única manera de mantener a Violet verdaderamente a salvo era que se instalara en su finca del campo, adonde la llevaría en cuanto se hubiera repuesto del trance.

Durante los dos días siguientes, mientras esperaba, trabajó sin descanso en la investigación de la muerte de Sir Whitby y de los hechos que la habían precedido.

El hombre al que Sebastian había atrapado en los jardines estaba bajo custodia, y aunque la policía lo estaba interrogando con eficacia, Joshua sentía la necesidad de verlo por sí mismo.

Hasta el momento, no había revelado nada de interés, ni siquiera si sabía que la dama del jardín era Violet.

Mientras tanto, mantenía a uno de sus hombres en todo momento en la casa de Londres para garantizar la seguridad de Violet. Le había pedido que se hiciera pasar por criado, para no inquietarla más. Violet seguía sin saber el peligro que corría, y Joshua no quería infundirle temor alguno.

Cuando se reunió con su esposa en la mesa dos días después de la boda, observó que el color le había vuelto casi por completo a las mejillas y que comía algo más que un par de bocados.

Cuando él le preguntó, ella le dijo además que la habitación ya no le daba vueltas al ponerse en pie y que veía con perfecta claridad.

—Creo que deberíamos pasar una temporada en Colemore —dijo él mientras se servía una copa de vino.

—¿Colemore?

—Sí, mi finca en el campo —respondió, sorprendido de que no supiera a qué se refería.

Había olvidado que hacía muy poco que siquiera conocía a Violet, por no hablar de que se había casado con ella—.

Está a menos de un día a caballo. Si sales mañana temprano, deberías llegar sin apuros.

Yo te seguiré poco después, en cuanto termine mis asuntos en Londres.

—Ah —dijo ella, y él vio pasar un destello de decepción por su rostro—. ¿No viajaremos juntos? ¿No puedo esperar a que tú también estés listo para marcharte de Londres? Aún no he terminado de deshacer el equipaje desde que me mudé aquí y me gustaría acomodarme un poco antes de partir.

Ante su desaliento, él cambió de táctica.

—Será nuestra luna de miel, unos días para nosotros solos en el campo. Solo te sugiero que te adelantes para que conozcas la casa y al servicio. No tardaré mucho en reunirme contigo.

En realidad, no sabía cuánto tiempo se quedaría en Londres. Habría preferido quedarse allí hasta averiguar quién estaba detrás de aquellos crímenes, pero la falta de avances empezaba a desesperarlo.

Ella se limitó a asentir ante su respuesta, pero a él no se le escapó la forma en que se le tensó la mandíbula mientras bajaba la vista al plato y apenas tomaba unos pocos bocados más antes de declarar que estaba ya satisfecha.

Sintió una punzada de culpa en el pecho.

No quería decepcionarla, pero su prioridad era mantenerla con vida.

Joshua también deseaba desesperadamente consumar su matrimonio con Violet.

Le gustaría hacerlo aquella noche, pero tenía una reunión ya concertada con sus hombres que no podía cancelar.

Habían bajado al Támesis para hablar con los pilluelos callejeros y averiguar si alguno había visto a hombres arrojando el cuerpo de Sir Whitby al río la otra noche.

Estaba impaciente por saber si habían averiguado algo.

Unirse a su esposa en el lecho conyugal tendría que esperar a otra noche, pensó con un suspiro.

Al mirarla al otro lado de la mesa, el resplandor de las velas iluminaba la suave piel allí donde oscuros mechones de cabello le rozaban la mejilla.

Ansiaba tender la mano y rozar con los dedos aquel mismo lugar para comprobarlo por sí mismo, pero se contuvo.

Si empezaba, ya no podría dejarla, y debía hacerlo, aunque solo fuese por su propia seguridad.

Siempre se tomaba aquellas investigaciones muy en serio, sabedor de que había vidas en juego y decidido a hacer justicia a las víctimas inocentes. Ahora, sin embargo, se sentía más resuelto que nunca a descubrir quién perpetraba aquellos crímenes.

Porque, al hacerlo, podría salvar la vida de Violet.