Las señales del afecto (Corazones a la deriva 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

V iolet cerró los dedos en puños, clavándose las uñas en las palmas a través de los finos guantes blancos.

¿Estaba lo bastante oculta donde se encontraba?

¿Cómo podría escapar? Aquel Roberts —un asesino— había disparado contra Sir Whitby y ahora recorría los jardines para asegurarse de que no quedaran testigos de lo ocurrido.

Violet no necesitaba imaginar qué le sucedería si la encontraba, pues su crueldad había quedado patente.

No podía abandonar el templete por miedo a que la viera, pero tampoco podía quedarse allí indefinidamente. Y sin embargo, debía encontrar a alguien, contarle lo que sabía.

Un repentino chirrido le aceleró el corazón y se llevó las manos a la boca para no gritar.

—Vamos, vamos —masculló una voz grave mientras alguien entraba trastabillando en el templete—. Veamos dónde te escondes.

Violet retrocedió pegándose a la pared del templete, sin saber quién era aquel hombre, pero consciente de que su voz no coincidía con ninguna de las que ya había oído. Eso le permitió respirar algo más tranquila, aunque seguía existiendo la posibilidad de que estuviera compinchado con los otros.

En el más absoluto silencio, Violet observó cómo el desconocido se dirigía al lateral del templete, se agachaba y escudriñaba por la ventana como si buscara algo.

—Todavía no han llegado —murmuró, hablando para sí—, a menos que me los haya perdido.

Los temblores se le habían atenuado, aunque no cesado del todo, mientras se preguntaba si aquel hombre estaría, tal vez, esperando a que llegaran los implicados en aquella escena.

Solo que no se daba cuenta de que ya era demasiado tarde.

Violet no sabía si revelarle su presencia, pues seguía sin tener la menor idea de quién era.

Si la descubría allí, ¿intentaría silenciarla también?

¿O querría ayudarla? Era un riesgo demasiado grande, así que Violet optó por guardar silencio.

Por desgracia, pronto dejó de estar en su mano decidirlo.

El hombre se puso en cuclillas y algo cayó al suelo con estrépito.

Maldijo entre dientes y se agachó aún más.

Violet ya no lo veía en absoluto: la oscuridad del fondo del templete lo ocultaba por completo.

Lo oía rebuscar por el suelo en busca de lo que se le hubiera caído, aunque sospechaba que intentaba moverse con el mayor sigilo posible.

El pulso se le aceleró, mientras procuraba respirar apenas, y el sonido de su búsqueda se aproximaba.

Sin previo aviso, una mano le rozó las faldas, y a Violet le costó todo su autocontrol no soltar un grito.

—¿Quién anda ahí? —gruñó el hombre, incorporándose—. Le advierto que le irá peor si no se muestra.

—Por favor —susurró ella, con la voz quebrada—, no me haga daño, se lo suplico.

—¿Hacerle daño? —respondió él en un susurro áspero, seguramente al percatarse de que era una mujer—. ¿Por qué iba a hacerle algo así?

El alivio la invadió.

—¿No está usted con… con ellos?

—No lo estoy.

Ella tomó aire y se apretó las manos en el regazo.

—Entonces, ¿puedo preguntarle quién es, caballero?

Violet no estaba del todo segura de creer que aquel señor no tuviera nada que ver con los asesinos, pues era evidente que sabía de su presencia esa noche.

—Lord Greville —fue la sorprendente respuesta—. ¿Y usted es…?

—Lady Violet Harrington —murmuró ella tras un instante de vacilación, incapaz de pensar en otra respuesta por la impresión, aunque ahora estaba convencida de que aquel hombre no era quien decía ser.

Lord Greville era un conde a quien conocía solo de nombre y de pasada, pero desde luego no un hombre que rondara los jardines en una noche oscura en busca de un asesino.

—Hija del duque de Ware, entonces, según creo —respondió el conde, en un tono que apenas superaba el susurro—. ¿Qué hace usted aquí fuera?

Violet no supo qué decir, pues, con aquella frase, al menos había demostrado conocer a su familia. Frustrada por la oscuridad que los envolvía a ambos, deseó poder distinguir sus facciones. ¿Podía ser realmente Lord Greville?

—Yo podría preguntarle lo mismo —replicó ella, sintiéndose algo más entera ahora que no estaba sola—. ¿Un conde tras la pista de un asesino?

La brusca inhalación de él le indicó que había revelado más de lo que creía.

—¿Los ha visto, entonces? —preguntó él con aspereza—. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Han matado a un hombre?

—¡Silencio, por favor! —susurró ella, apremiante—. Hay un hombre con una pistola recorriendo los jardines en este mismo momento, para asegurarse de que no hubiera testigos.

Él hizo una pausa, sin duda sopesando lo que ella le decía.

—Entonces no será el único que ande buscando, porque hay más —murmuró al cabo de un momento—. Este templete está bien resguardado; de hecho, si yo no hubiera sabido que estaba aquí, puede que no lo hubiera visto, porque la oscuridad de la noche lo oculta muy bien. ¿Cómo llegó usted a encontrarlo?

—Yo… sencillamente di con él por casualidad.

Violet no pudo evitar otro escalofrío.

—¿Cree que nos encontrará?

El banco crujió al sentarse ella, sintiéndose de nuevo muy fría y asustada, y necesitando su apoyo.

—¿Me permite?

Antes de que pudiera responder, el caballero dio un paso al frente e intentó sentarse a su lado. El banco no era muy ancho, pero él logró acomodarse de algún modo mientras ella apartaba las faldas para dejarle sitio.

—Tiene usted frío —murmuró él, quitándose la chaqueta. Un calor envolvente la cubrió cuando él se la puso sobre los hombros, y ella aspiró el aroma a pino que la rodeó de inmediato, notando que la serenaba.

—Permanezcamos aquí unos minutos más y luego, cuando me haya asegurado de que todo está bien, volveremos al baile.

—Se lo agradezco —susurró ella, luchando contra el extraño deseo de apoyarse en él y reclinar la cabeza en su hombro—. Reconozco que estoy muy asustada.

Sintió el aliento de él en la mejilla cuando él inclinó la cabeza para susurrarle al oído. Se estremeció otra vez, y esta vez no de miedo, sino por su aliento en el cuello.

—¿Qué fue lo que vio? —le preguntó—. ¿Puede contármelo con detalle?

Aunque no deseaba rememorar aquel espectáculo horripilante, comprendía que era necesario, así que Violet cerró los ojos y expuso con rapidez los detalles, estremeciéndose al recordar cómo el cuerpo del hombre más menudo se había desplomado en el suelo, la vida extinguida en un instante.

—¿Podría identificar al primer hombre si volviera a verlo? —susurró él con voz ronca—. Piense bien, Lady Violet. Es de suma importancia.

—No… no lo sé —respondió ella en voz baja—. Tal vez pudiera reconocer su voz, aunque recuerdo que el difunto…

—Sir Whitby —la interrumpió.

—Sí, Sir Whitby —prosiguió ella, con apenas un leve estremecimiento—. Se refirió a ese hombre como «Roberts».

La respuesta pareció satisfacerlo, porque apartó la mirada y no preguntó nada más. Violet se arrebujó un poco más en la chaqueta, ciñéndosela bien a los hombros. Pronto estaría de vuelta en el baile, y todo aquello le parecería un sueño o una novela de intriga.

—Vamos —dijo él, y le ofreció el brazo, conduciéndola hacia la puerta mientras se agachaba de improviso para recoger un reloj de bolsillo, que debía de ser lo que había estado buscando antes.

—Debemos guardar silencio —murmuró al salir al aire frío—. El peligro aún no ha pasado.

Violet se tragó el miedo y dejó que sus ojos se adaptaran a la luz de la luna.

Hasta el momento, el conde había demostrado ser digno de confianza y, desde luego, no había dado la menor señal de querer hacerle daño.

Seguía preguntándose qué hacía merodeando alrededor del templete y por qué le interesaba tanto lo que ella había visto.

Parecía tener cierta comprensión de lo que estaba ocurriendo, mucha más que ella.

Por el momento, tendría que confiar en él, pues desde luego no podría regresar al salón de baile sin su ayuda.

—¡Espere! —susurró.

Apenas se habían alejado dos pasos del templete cuando lo vio detenerse y sintió la tensión ondularle por el brazo bajo la mano que había apoyado en él.

Se quedó inmóvil cuando él alzó una mano en señal de que guardara silencio; Violet obedeció y esperó, deseando que su respiración no fuese tan acelerada, pero consciente de que no podía dominar el miedo.

¿Se acercaba alguien? ¿Habían salido del templete demasiado pronto?

Su mente se llenó de imágenes de lo que aquel hombre podría hacer si los encontraba, pues estaba bastante segura de que actuaría deprisa, sin el menor miramiento por quiénes eran ni por lo que hubieran visto.

A decir verdad, probablemente le daría igual que hubieran presenciado el asesinato o no, porque no pensaba correr ningún riesgo.

Si tenía a un grupo de hombres a su disposición, Violet y el conde no serían más que otras dos desapariciones sin explicación, con sus cuerpos en el fondo del Támesis, donde quizá nadie llegaría a encontrarlos.

El pulso de Violet se disparó ante unas imágenes tan vívidas.

Entonces, de forma totalmente inesperada, el conde se volvió, le rodeó la cintura con ambos brazos y la empujó de espaldas contra el lateral del templete, con los ojos bañados por la luz de la luna mientras la miraba.

Violet alzó la vista hacia él, con las manos apoyadas contra su pecho, y vio su rostro por primera vez.

Por un instante, reparó en unos ojos color cacao y en una mandíbula firme, con una sombra de barba bajo una nariz aguileña.

Sin embargo, no tuvo mucho más tiempo para seguir contemplándole la cara, porque, sin previo aviso, él inclinó la cabeza y la besó con firmeza.

Violet se quedó allí, paralizada por la conmoción, mientras las manos de él le presionaban suavemente la espalda. Le costaba pensar con claridad a medida que el beso se intensificaba, confundida por el motivo de aquel beso y por cómo se suponía que debía reaccionar.

Luego, poco a poco, empezó a sentir algo de lo más inesperado.

Era un calor gradual, como si se desplegara, que nacía en la boca del estómago y empezaba a extenderse por todo su cuerpo, hasta la punta misma de los dedos.

Sus manos ascendieron hasta el cuello de él y se deslizaron entre su cabello cuando él ladeó la cabeza para profundizar el beso.

Fuera lo que fuese lo que él pretendía con aquello, Violet estaba ya completamente perdida en todo lo que aquello despertaba en ella.

No supo cuánto tiempo la estuvo besando, y mantuvo los ojos cerrados cuando él al fin alzó la cabeza.

—Es usted de lo más hermosa —murmuró él, alzándole la barbilla con la mano—. Aunque debería disculparme por mi falta de decoro.

Ella le dedicó una sonrisa ligeramente aturdida.

—En absoluto —murmuró, y aquel calor que la había invadido le dio fuerzas para sostenerse en pie sin la ayuda de él.

Ahora tenía unos instantes más para recrearse en su rostro, suavizado por el atisbo de una sonrisa amable.

Era un hombre atractivo: no guapo en el sentido clásico, pero sí intrigante.

Supuso que habrían coincidido en las mismas veladas en el pasado.

Violet se extrañó de no haber reparado antes en él.

Sus oscuros cabellos caoba, algo más largos de lo que dictaba la moda, se rizaban ligeramente en las puntas, y Violet contuvo el impulso de retirarle un par de mechones que le habían caído sobre la frente.

Lo observó mientras él se agachaba a recoger la chaqueta, que se le había escurrido a ella de los hombros y había caído al suelo durante el abrazo. Mientras él se la volvía a poner, ella permaneció allí, algo incómoda, sin saber qué decir, hasta que él retrocedió y le ofreció el brazo.

—Deberíamos regresar al baile —dijo él en voz baja—. Lleva fuera bastante tiempo, y no me gustaría inquietar a su madre.

Violet advirtió la forma en que sus ojos recorrían los jardines y adivinó el porqué de aquel beso. Había sido solo una estratagema para ocultarse a plena vista. El calor que sentía se evaporó al instante, y la leve sonrisa se borró de sus labios mientras tomaba el brazo de él.

—Por supuesto —murmuró con voz apagada, maldiciéndose por su falta de juicio mientras cruzaban los jardines de vuelta al baile y a la realidad.

No había significado nada. Y ella era una tonta por haber supuesto lo contrario.