Las señales del afecto (Corazones a la deriva 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

V iolet permanecía sentada en un rincón del salón, observando el torbellino de faldas que pasaban ante ella.

La habían invitado a unos cuantos bailes, pero su carné de baile distaba mucho de estar lleno.

Nunca llegaría a convertirse del todo en un florero, pues, como hija de un duque, los caballeros seguían sacándola a bailar, pero eso le servía de muy poco consuelo.

La sacaban a bailar por puro interés, para demostrarle a la duquesa que seguían interesados en su familia, aunque Violet no correspondiese a sus atenciones.

Sabía que tendría que pasar una hora o más escuchando a su madre repasar cada uno de los caballeros con los que hubiera bailado, mientras Marie le proporcionaba una lista de sus logros y cualidades.

Violet no alcanzaba a comprender cómo un solo baile podía demostrar que un hombre era un buen partido.

El salón de baile estaba espléndido, cubierto de adornos florales y colgaduras rosas.

La mirada de Violet se posó en su hermana pequeña, Polly, que giraba por la pista con unos cuantos tirabuzones rubios escapados del elaborado recogido y una sonrisa radiante mientras echaba la cabeza hacia atrás al reír.

Violet sonrió ante la alegría de su hermana, pero se llevó una mano con gesto cohibido a sus oscuros mechones castaños, simplemente recogidos en un moño suelto.

Eso sí, le encantaba el vestido que llevaba esa noche.

El lila de su combinación de satén asomaba bajo el vestido blanco de encaje, y al cuello llevaba un zafiro que Thomas le había traído como regalo del Caribe.

Algo cansada ya de sus propios pensamientos y de su melancolía, Violet se levantó en silencio y se dirigió, procurando no llamar la atención, por el lateral del salón hasta alcanzar las puertas de cristal.

Estaban abiertas de par en par, por fortuna, y el aire fresco de la noche le dio la bienvenida, envolviéndola y atrayéndola aún más hacia el exterior.

Sin duda habría parejas paseando por los senderos, y Violet no quería tropezarse bajo ningún concepto con un abrazo impropio, así que decidió internarse en la exuberante espesura que se extendía más allá de la balconada.

Sus zapatillas no hacían ruido sobre la hierba suave y se humedecían ligeramente a medida que se internaba en los jardines iluminados por faroles, que le parecieron hermosísimos bajo la luz tenue.

Ondulantes extensiones de césped quedaban enmarcadas por setos, mientras la luz de los faroles arrancaba destellos a puentes, estatuas y macizos de flores.

Otra vez sola , pensó, con cierta melancolía. Ya deberías estar acostumbrada.

El problema era que, por mucho que estuviera dispuesta a buscar una vida distinta, sencillamente no tenía opciones. Sus hermanos, como caballeros, podían hacer lo que quisieran. Ojalá las damas disfrutaran de las mismas libertades.

Al sentarse en un banco de piedra, Violet alzó la vista hacia el cielo nocturno y dejó vagar la mirada por las estrellas.

Era tan pequeña e insignificante comparada con el vasto y oscuro firmamento.

Quizá debería rendirse y vivir como su madre quería, aceptando al caballero que pareciera menos difícil de soportar.

Sin embargo, sería triste rendirse ahora, cuando aún no estaba todo perdido.

Sí, pronto la clasificarían como solterona, pero ¿era pedir demasiado esperar al amor?

Bess se llevaría una decepción si se casaba por cualquier otro motivo, pero una también debía hacer lo que pudiera con las oportunidades que se le presentaran.

Se tensó al oír un murmullo de voces y echó un vistazo rápido por los jardines. ¿Estaba a punto de toparse con una pareja abrazada? Por muy impropio que fuera el lance, Violet no tenía ningún interés en verse envuelta en él.

Mirando a su alrededor, agradecida por los faroles que iluminaban los senderos, buscó un lugar donde esconderse y empezó a avanzar deprisa por el sendero, adentrándose más en los jardines.

Sintió alivio al dar con un pequeño templete.

Estaba retirado en un rincón, rodeado de árboles y arbustos, con enredaderas cayendo sobre el enrejado de las paredes de madera y resguardando un pequeño banco.

Quedaba sumido en la oscuridad, bien escondido, y al rodearlo el corazón de Violet le martilleó en el pecho.

¿Estaba a punto de encontrarse con algún fantasma aterrador en su interior?

¿Habría dentro alguna pobre muchacha secuestrada, y tendría que ser Violet quien la liberara de sus captores?

Leía demasiados libros. Entró en el templete y se quedó quieta hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra, antes de encontrar un lugar donde sentarse.

Por desgracia para ella, no había ni fantasmas ni una muchacha secuestrada.

Lo cual significaba que su vida seguía el mismo curso insulso de siempre.

Tienes una imaginación demasiado desbocada , se reprendió con firmeza. Contrólate, Violet.

Negando con la cabeza, recorrió el perímetro del templete circular, con la esperanza de que no hubiera demasiadas arañas.

Su madre se disgustaría mucho si Violet regresaba al baile con telarañas adornándole el pelo y el vestido.

Al oír pasos que se acercaban, Violet se detuvo entre las sombras, confiando en que la pareja que andaba por allí regresara pronto al salón para poder escapar de su escondite.

Frunció ligeramente el ceño, desconcertada, al darse cuenta de que las voces no pertenecían a un caballero y una dama, sino a dos hombres.

Quizá tenían algún asunto secreto que tratar, lo cual significaba que Violet no debería estar escuchando en absoluto.

Sin embargo, tampoco podía taparse los oídos con las manos, porque el roce de sus faldas al levantar los brazos podía delatar su presencia con facilidad.

Y, si era completamente sincera consigo misma, sentía cierta curiosidad.

Estaban justo al otro lado de la ventana abierta del templete, lo que obligó a Violet a replegarse aún más en la sombra y rezar para que no la vieran.

—Se nos acabó la paciencia —oyó decir al primer hombre, con una voz áspera y fuerte—. Llevamos demasiado tiempo esperando.

—Se lo ruego —llegó la respuesta desesperada del segundo—, solo un poco más de tiempo. ¡Un día o dos como mucho!

Del primer hombre brotó una risa gutural, y un escalofrío de miedo recorrió la columna de Violet. Aquello distaba mucho de ser una conversación agradable, y se preguntó qué podía significar, sobre todo cuando estaba teniendo lugar allí, fuera del salón de baile.

—Debe comprender mis dificultades —siguió suplicando el segundo—. ¡Tengo que pensar en mi familia y en mi propia reputación!

El primer hombre soltó un bufido desdeñoso.

—Ya no le queda reputación alguna. En cuanto decidió involucrarse, la perdió.

—Sabe muy bien que no tuve elección —respondió el segundo, con la voz un poco más aguda—. No me quedó otra alternativa que aceptar. Y ahora va a tener que esperar.

Está intentando darse valor , comprendió Violet, y se sintió apenada por el segundo hombre, fuera quien fuese. ¡Valentía frente a la crueldad!

Desvió la mirada hacia la ventana abierta, tratando de distinguir las siluetas en el exterior.

Por lo poco que alcanzaba a ver, dedujo que había dos hombres de pie uno frente al otro, aunque uno le sacaba al otro al menos media cabeza, y la luz de la luna brillaba sobre su cabeza ya algo despoblada.

El segundo hombre siguió defendiendo su postura, tratando de demostrar al primero que no pensaba echarse atrás ni ceder a sus exigencias.

—Estoy harto de sus lloriqueos —dijo el primer hombre y, para horror de Violet, sacó una pequeña pistola del bolsillo. Al levantarla en el aire, el arma destelló a la luz de la luna.

—¡No! —exclamó el segundo, retrocediendo despacio—. ¡Espere, Roberts! Me necesita.

El primer hombre resopló, como si el segundo acabara de decir una estupidez.

—No, Sir Whitby. Usted es prescindible. Tenemos a otros que pueden ocupar su lugar, otros que harán el trabajo mejor y más rápido de lo que lo ha hecho usted.

—Por favor —suplicó el segundo, mientras el primero avanzaba unos pasos—. Mi familia, mi esposa…

—Pagarán las consecuencias de su fracaso —dijo el primero, con calma, antes de disparar un único tiro.

Violet jadeó y se llevó ambas manos a la boca para ahogar un grito silencioso.

Sabía que no podía emitir ningún sonido por miedo a acabar como Sir Whitby, y sin embargo todo su ser le gritaba que echara a correr.

Todo el cuerpo empezó a temblarle cuando el primer hombre soltó un silbido bajo y, poco después, otros tres hombres pasaron frente a la ventana del templete.

Violet pegó la espalda contra la pared de su escondite, desesperada por ocultarse por completo, rezando para que nadie la viera.

Tenía que permanecer completamente inmóvil, aunque se obligó a mantener los ojos abiertos para no perderse lo que ocurría fuera.

Tampoco sabía a quién iba a contarle lo que había visto.

—Lleváoslo de aquí —llegó la voz ronca del primer hombre—. Tiradlo al Támesis o algo así, pero aseguraos de llenarle la ropa de ladrillos para que no salga a flote dentro de un par de días.

Se le escapó una risa lúgubre.

—No necesitamos que nadie haga preguntas, ¿verdad? Y nadie tiene por qué saber que estuvo aquí.

—¿Cree que alguien nos habrá oído? —preguntó otro hombre, a lo que el primero respondió con una risotada siniestra.

—No, todos están demasiado ocupados bailando o propasándose en otras zonas del jardín.

Resopló con desdén.

—Además, he inspeccionado el lugar de antemano. Le echaré otro vistazo, pero dudo que haya nadie más por aquí.

—Bien, bien —llegó la respuesta, y aquella voz empezó a dar órdenes al resto de los hombres, que estaban atareados envolviendo el cadáver.

Los temblores de Violet se intensificaron.

Había deseado un respiro de su aburrimiento cotidiano, pero de pronto el aburrimiento ya no le parecía tan terrible cuando la posibilidad de acabar muerta se volvió mucho más probable.

¿Estaba a punto de ser descubierta? Con los ojos muy abiertos, distinguió a cuatro hombres levantando un fardo envuelto en tela y, a lo lejos, oyó el traqueteo de un caballo y un carruaje.

—Marchaos —dijo el primer hombre, con brusquedad—. Ahora os alcanzo.