Las señales del afecto (Corazones a la deriva 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

Seis años después

V iolet cerró los ojos, apartó de su mente la voz de su madre y dejó que los sonidos que llegaban del otro lado de la ventana del salón —el trino de los pájaros, el susurro de los árboles y las voces de la calle— la envolvieran.

Sonrió para sus adentros preguntándose qué estaría haciendo su hermano Thomas en ese momento.

Thomas, apenas un año menor que ella, los había dejado a todos atónitos cuando el año anterior les escribió con la noticia de que había abandonado la Marina Real en busca de aventuras.

Y, por lo visto, había encontrado mucho más que eso, porque hacía poco, al visitarlas en Londres, las dejó sin habla al presentarse con una esposa.

Su madre se había escandalizado al principio, pues Eleanor carecía no solo de título, sino de cualquier linaje.

Sin embargo, las había conquistado con su belleza, su ingenio y el hecho de que Thomas estaba más feliz de lo que lo habían visto en años.

Si bien Thomas siempre había anhelado la aventura, también había sido un hombre profundamente guiado por el sentido del deber, y Violet había creído que ese deber lo ligaba firmemente a la Marina Real.

Tras conocer a la esposa de Thomas, se preguntó hasta qué punto Eleanor habría influido en los deseos de él.

Eleanor decía todo lo que debía y se comportaba con total corrección, pero había algo en su expresión y en el brillo de la mirada que dejaba entrever otra cosa.

No importaba: parecían muy felices juntos y bien avenidos, y Violet se alegraba muchísimo por su hermano.

Él y su esposa vivían ahora del trabajo de Thomas como corsario, llevando la vida con la que siempre había soñado, aunque resultara inesperada y hubiera escandalizado ligeramente a la alta sociedad.

Durante un tiempo, su madre, Marie, se había quedado algo más tranquila al ver que al menos uno de sus hijos por fin se había casado.

Pero Thomas y su flamante esposa apenas habían cruzado la puerta tras su breve estancia cuando Marie volvió a sentirse abrumada por el hecho de que le quedaban otros cuatro hijos todavía por desposar…

y ahora, además, sobre su apellido pesaba cierto escándalo.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo con dramatismo.

Violet se giró hacia su madre.

—Mamá, ya basta —dijo con firmeza.

Su madre, al parecer atónita por la contundencia de las palabras de Violet, interrumpió en seco su teatral preocupación en mitad del salón de su casa de Londres y se quedó mirando a su hija con la boca ligeramente abierta.

—No has parado de hablar de las decisiones de Thomas y de nuestras posibilidades de matrimonio —prosiguió Violet con determinación, levantándose del sofá y dejando a un lado el libro en el que no había logrado concentrarse—. A mí me parece que ha dado un magnífico ejemplo.

—¿Un magnífico ejemplo? —repitió su madre, enarcando las cejas bajo su melena oscura que empezaba a encanecer.

Seguía siendo una belleza, algo que a menudo había hecho que Violet se sintiera bastante poca cosa—.

¡Dejó la Marina, Violet! ¡Y ahora capitanea no sé qué barco pirata por el océano, viviendo en la miseria y en tierras salvajes!

—No es un pirata. Es un corsario y vive en Port Royal, una ciudad consolidada —respondió Violet con calma—. La profesión que haya elegido, sea cual sea, no empaña mi alegría al saber que ha escogido su propio camino en esta vida.

Se encogió de hombros.

—Si lo que quiere es aventura, ¿por qué no buscarla?

—Nos dejó —dijo su madre, demudándose.

Violet se ablandó un poco al comprender que, en el fondo, lo que de verdad le dolía a su madre era saber que vería a Thomas menos que nunca antes.

—Es el hijo segundo y…

Violet alzó una mano e interrumpió a su madre.

—Es el segundo hijo, mamá. Tu hijo mayor ya cumple con su deber.

—¿Daniel? —preguntó su madre—. Está muy lejos de cumplir con sus obligaciones. No se ha casado, apenas habla con tu padre. Él…

Violet se contuvo para no poner los ojos en blanco.

—Mamá, Thomas está haciendo lo que quiere con su vida. Daniel acabará entrando en razón. Tarde o temprano se casará. Deja que Thomas haga lo que considere mejor y alégrate de que no se haya convertido en una especie de jugador degenerado o algo parecido, como les ocurre a tantos segundones.

Aquello le quitó a su madre las ganas de seguir discutiendo, porque Violet sabía que sus palabras encerraban una buena dosis de verdad.

Un duque ocupaba el rango más alto de la nobleza titulada, y los segundones —e incluso los terceros hijos, cuando los había— solían pasarse la vida en un lento descenso hacia un libertinaje cada vez mayor, sin más propósito que dilapidar su fortuna.

Para Violet era un alivio que Thomas no hubiera mostrado esa inclinación, aunque su madre seguía sin ver la bendición que suponía.

De hecho, Marie haría mejor en preocuparse por Benjamin, pero aún estaba demasiado concentrada en sus hijos mayores.

—Bien —prosiguió Violet con tono práctico—. ¿Por qué no haces una visita a Lady Mallen? Quedan bastantes horas de día y estoy segura de que estará encantada de escuchar tus cuitas.

Contuvo el aliento mientras su madre se lo pensaba, con un leve ceño fruncido.

—Supongo que podría —dijo la duquesa al fin, con la voz más suave que antes—. Lady Mallen también es madre. Me entenderá.

Violet asintió con una breve sonrisa, confiando en que aquello pusiera fin a la conversación.

Lo cierto era que Violet sabía que, en cierto modo, era una decepción para su madre.

Pese a ser hija de un duque y haber recibido numerosas proposiciones, no había aceptado ni una sola, para desesperación de la duquesa.

Era una continua pugna de voluntades entre ambas damas, aunque Violet se había prometido a sí misma en silencio no seguir enzarzándose con su madre a propósito de su estado civil. Sencillamente, su madre no lo entendía.

Su padre, el duque de Ware, no parecía demasiado preocupado por la reticencia de su hija a casarse. Le bastaba con que eligiera su propio camino en la vida y le decía que todo acabaría saliendo bien, tal como había ocurrido con su propio matrimonio.

Violet vio con alivio cómo su madre salía de la estancia entre un revuelo de faldas, al parecer todavía irritada por la negativa de Violet a escuchar sus preocupaciones.

Con una sonrisa satisfecha, Violet tocó la campanilla para que le llevaran el té y volvió a acomodarse en el sillón junto al fuego.

Aquella tarde el salón estaba algo frío, pues el sol de octubre no traía demasiado calor, por mucho que se empeñara en brillar a través de los ventanales orientados al sur, casi de suelo a techo.

Recogió el libro del punto donde lo había dejado antes de que su madre la interrumpiera e intentó concentrarse en lo que estaba leyendo, pero no pudo.

La llegada de la bandeja del té la obligó de todos modos a dejar el libro, y se quedó a solas contemplando las llamas del fuego, que crepitaban y ardían.

No era que Violet no deseara casarse o tener hijos algún día, sino que se negaba a casarse con alguien a quien apenas conocía. Le habían dicho que el afecto solía conducir al amor. Pero ella había resuelto no conformarse jamás con menos que un matrimonio por amor.

Por desgracia, ningún caballero parecía interesarse ya por Violet.

Por supuesto, era de esperar, dado que había rechazado a tantos; pero, además, la mayoría de los caballeros no buscaba precisamente a una dama tan dada a la lectura y a cultivar el entendimiento, y Violet era exactamente esa clase de dama.

Llevaba ya algún tiempo considerada una solterona, aunque ella se sentía aún bastante joven, y ni siquiera así la tenue esperanza del amor y el matrimonio quería abandonar su corazón.

—¿Quién sabe? —murmuró, todavía con la mirada fija en el fuego—. Quizá esta noche conozca a alguien en el baile.

Una sonrisa ligeramente triste le curvó los labios.

Aunque, si su pasado servía de indicio, desde luego que no.