Las señales del afecto (Corazones a la deriva 2) Prólogo
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Las señales del afecto (Corazones a la deriva 2)

Las señales del afecto (Corazones a la deriva 2)

Por Ellie St. Clair

© inepub.com

Prólogo

L a paciencia podía ser una virtud propia de una joven, pero desde luego no era una que Violet disfrutara especialmente. En ese momento esperaba —con paciencia— en el salón ornamentado a que llegara su tía Bess.

Sentada en el borde del sofá, paseó la mirada por la estancia, hacia sus antepasados, que la observaban desde sus retratos colgados en las paredes azul oscuro de Woodsworth, la casa de campo de su familia.

Violet nunca terminaba de sentirse cómoda en aquel salón, con sus muebles severos, la madera bruñida hasta relucir y los cristales tallados de la araña cayendo en cascada desde el centro de la estancia, realzados por las molduras doradas de las esquinas del alto techo.

Era hermoso, aunque aquel era el dominio de su madre.

Aun así, Violet la habría esperado en cualquier parte con tal de verla.

Bess era la hermana de su padre: vivaz, interesante, arrolladora. Violet la adoraba.

—¡Ya llega! ¡Veo su carruaje por la avenida!

Polly, la hermana de Violet, irrumpió en el salón para anunciar la llegada de su tía.

Violet se levantó y siguió a Polly a un paso más pausado.

Le habría gustado echar a correr también, pero ya era mayor, con su debut en sociedad a la vuelta de la esquina.

Su madre desaprobaba lo que consideraba comportamientos infantiles, así que Violet se conformó con seguir la cabeza rubia de Polly tan deprisa como pudo sin romper a correr.

Cuando Bess entró por la puerta, trajo consigo una vitalidad renovada en la amplia sonrisa que les dedicó a todos.

Violet estaba encantada de verla, pero casi tanta curiosidad le despertaba el hombre que acompañaba a su tía.

Bess, viuda del duque de Newton, se había vuelto a casar hacía poco con un italiano, un hombre sin título, lo cual había escandalizado a muchos.

El padre de Violet, sin embargo, se limitó a encogerse de hombros y decir que su hermana ya tenía edad de hacer lo que le viniera en gana, y que él ya tenía bastante con preocuparse por sus propios hijos.

El italiano era cautivador. Tenía la edad de sus padres, pero sus ojos oscuros resultaban encantadores y el pelo le caía en ondas sobre los hombros. Los saludó en inglés, con un brazo rodeando con soltura a Bess.

—Mio Caro —oyó Violet que le murmuraba mientras entraban en el salón.

Qué bonito, pensó Violet al ver la misma mirada de afecto con que Bess correspondía a su marido.

La cena fue de lo más animada, con los cinco hermanos Harrington, muertos de curiosidad, preguntando a su tía por su nuevo hogar en Venecia, una ciudad que nunca habían visitado. Les intrigaba la idea de casas levantadas sobre el agua, canales en vez de calles y barcas en lugar de caballos.

—¿Podremos visitar a la tía Bess, padre? —preguntó Thomas, el segundo de los hermanos, que anhelaba explorar mundo.

—Tal vez —respondió su padre en su tono habitual.

—No sé cómo encontraríamos tiempo para cruzar el continente —dijo Marie—. Sin mencionar que…

—Eres bienvenido cuando quieras, querido.

La interrumpió Bess, dedicándole una sonrisa a su sobrino.

Marie se calló. Violet sospechaba que su madre siempre se había sentido en secreto algo intimidada por su cuñada, aunque jamás lo reconocería.

Bess era una belleza, con el pelo liso, casi negro azabache, retirado del rostro para resaltar sus pómulos marcados y sus vivaces ojos azules, ahora rodeados de arrugas de la risa bien ganadas.

Tenía una sonrisa amplia y disfrutaba de la compañía de los demás, sobre todo de su familia.

Como no tenía hijos propios, se había pasado la vida mimando a sus sobrinos.

Aunque Violet se alegraba de que su tía fuera feliz, su única pena era la distancia física que ahora las separaba.

Después de la cena, Violet por fin dispuso de un momento a solas con su tía.

Siempre había sentido en Bess un alma afín, mucho más que en su propia madre.

Marie nunca conseguía entender a su hija mayor, que parecía despreciar todo aquello por lo que ella vivía.

A Violet le repelían los humos de sus iguales en sociedad, y aún más todas aquellas conversaciones insustanciales de bailes, cenas, veladas musicales y demás.

Prefería con mucho quedarse en casa explorando la biblioteca de su padre, ya fuera allí, en el campo, o en su gran residencia de Londres.

—Ay, tía Bess, Marco es magnífico —dijo Violet con una sonrisa soñadora—. Parecéis tan felices juntos… Qué suerte tuvisteis al encontraros.

—Sí, Violet —respondió Bess—. No sabía que pudiera encontrarse tanta felicidad en un matrimonio.

Desde luego, yo nunca la vi en mis propios padres ni en muchos miembros de la alta sociedad.

Cuando era joven y me casé con Robert… —se interrumpió y pareció sopesar si debía seguir compartiendo sus pensamientos con Violet.

Se encogió de hombros, al parecer ya resuelta—.

Me casé con Robert porque él era duque y yo, la hija de un duque —prosiguió—.

Al principio del matrimonio fue bastante agradable.

Era cortés y parecía preocuparse por mi bienestar.

Sin embargo, como sabes, de nuestro matrimonio no nació ningún hijo.

Robert empezó a disgustarse cada vez más por ello.

Como duque, era de suma importancia que su linaje continuara.

Cuando vio que nuestros esfuerzos no daban fruto, Robert dejó de buscarme en nuestro lecho conyugal para irse a las camas de otras mujeres.

No es que eso fuera del todo insólito, desde luego, pero se volvió cada vez más frío conmigo y, al final de nuestro matrimonio, apenas hablábamos.

Los ojos de Violet se abrieron de par en par mientras miraba a su tía, más seria de lo que la había visto jamás.

—No debes contarle nunca a tu madre que te he hablado de esto —dijo Bess, ahora con una risilla—.

Se escandalizaría muchísimo si supiera que te hablo de estas cosas.

Sin embargo, te lo cuento, querida Violet, porque tú también eres hija de un duque, una joven a punto de debutar en sociedad.

Yo me casé la primera vez según lo que la sociedad exigía de mí, y ahora me he casado siguiendo mi propio corazón.

Marco quizá no tenga título, pero me atesora por encima de todo, y ahora vivo cada día sabiendo cuánto me ama.

Desearía de veras que alguien me hubiera dado este consejo hace veinte años, así que te lo daré yo ahora.

Cásate por amor, Violet. Encuentra a un hombre que no solo sea amable, que no solo te trate bien, sino que esté perdidamente enamorado de ti.

Solo tienes una vida: vívela como está destinada a vivirse.

Violet asintió. Era un consejo que jamás olvidaría.