Las reinas de Asia LA PAZ DE AMPARO
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LA PAZ DE AMPARO

Amparo no pudo esperar a salir al aparcamiento para darle a Martín su regalo: una de las piedras que le había regalado Kumar, y durante el resto del trayecto el chico jugó con ella. Clara conducía y Amparo se sentó a su lado. Detrás iban Víctor y el pequeño.

—¿Y tu hermana Mónica? —susurró Amparo, preocupada.

—No está bien —respondió su hija en voz muy baja para que no escuchara el niño—. No te queríamos decir nada para no preocuparte, pero Alonso y ella se están separando.

Amparo apoyó la nuca en el reposacabezas.

—¿Cómo está tu hermana? —preguntó.

—Fatal. Decía que no podía con todo, que estaba sola… Y cada vez se mostraba más apática. ¿Qué te voy a contar? Mal genio, ya la conoces. No podíamos decirle nada porque todo la ofendía. Un día se despertó y él ya no estaba. La había dejado con una nota.

—¿Como en las películas?

—Como en las películas.

—¿Y dónde está Alonso?

—Está en casa de su madre. Víctor fue a tomarse ayer una cerveza con él.

—¿Y?

—Pues que está muy tranquilo, mamá. Que este no vuelve. Amparo sacudió la cabeza.

—Pobres. ¿Y Martín?

—Pues aguantando a su madre también. Menos mal que está lo de la comunión, que lo tiene entretenido.

—¿Dónde está Mónica?

—Está en casa. No tenía fuerzas para venir —dijo Clara.

—Llévame a su casa. Me gustaría verla.

Clara negó y fue a decir algo, pero en ese momento Martín se inclinó hacia su abuela.

—¿Vienes a mi casa? ¡Bien!

Mónica les abrió a través del interfono sin ni siquiera preguntar quiénes eran.

—Víctor —dijo Amparo—, ¿por qué no te bajas con Martín a comprar algo de comida o unos helados y comemos después? Danos media hora.

Víctor cogió al niño y se fueron hacia la plaza, a ver qué se les ocurría.

—¡Vamos a comprar hamburguesas y pizzas ! —escucharon decir al niño al alejarse.

—Mamá —dijo Clara—, estás cansada. Y ya sabes que ese tipo de comida…, ya sabes, la pone de mal humor. ¿Por qué no dejamos esto para otro día?

Amparo miró a su hija y dijo:

—Porque no podemos seguir ocultándola de sí misma como hemos hecho hasta ahora ni un segundo más. No podemos dejar que siga autodestruyéndose así.

Clara no entendía exactamente qué era lo que su madre quería decir con aquello. Cuando llegaron a la puerta del piso, estaba abierta. Pasaron hasta el salón. Mónica las esperaba sentada en uno de los sillones con reposabrazos.

Amparo se adelantó a besar a su hija.

—Bienvenida, mamá. Espero que te hayas divertido mucho en tu viaje. A nosotros por aquí no nos ha ido tan bien.

Amparo tomó una silla y la acercó a su hija.

—Me lo he pasado como nunca, hija, muchas gracias —respondió, y Mónica la miró como si lo que acababa de decir fuera lo más inapropiado del mundo.

Clara las observaba pasando las pupilas de la una a la otra, nerviosa, temiendo lo peor.

—Y tu hermana —prosiguió la mujer— me ha contado que Alonso se ha ido, que os habéis separado.

—Claro —dijo Mónica—. Pero tú no te preocupes, tú te puedes volver a ir de viaje, que está todo bien.

Amparo la miró calmada.

—Cariño, yo os quiero a los dos y me preocupa vuestra felicidad. Si tiene que ser juntos o separados, eso será lo que tenga que ser.

Mónica se puso en pie y volvió a sentarse. Había enfado en sus palabras.

—Me parece increíble que digas eso. ¿Qué hay de tu responsabilidad? ¿Crees que tu viaje no ha tenido nada que ver?

—¿Mi responsabilidad? Tú no te has separado por mi culpa. Tú te has separado porque no le dejabas hablar, porque lo tenías anulado y porque haces con él lo mismo que haces con nosotras: echarnos la culpa de todo lo que no te va bien.

Mónica no podía creer lo que acababa de decirle su madre.

—Me parece increíble que seas tan egoísta e insensible, mamá.

—Mónica, cariño —continuó Amparo—. Sí hay algo de lo que me considero responsable: en mi empeño por no enfadarte, no te he dejado crecer, y lo siento. Ahora es el momento de pensar si quieres luchar por Alonso o si no. Tú tienes la última palabra, la responsabilidad de…

—¿Qué pasa? —chilló Mónica, poniéndose en pie—. ¿Te has iluminado de sabiduría en India? ¿Es eso? ¿Tienes la respuesta del Universo? Mamá, te lo advierto, que haya paz, que haya paz porque si no…

—¿Paz? —exclamó Amparo levantándose ella también—.

Ese ha sido siempre nuestro problema, que hemos intentado llenar nuestros encuentros y conversaciones de paz, y ¿sabes lo que te digo?

Que la familia no es un lugar para que haya paz, es un lugar donde debe haber crecimiento y pasión, que cada uno sea quien quiera ser, así que ya me has oído.

¡Si quieres a tu marido y no haces nada para que vuelva, será cosa tuya!