LA BODA
Rodolfo y Andrea se casaban en una villa situada sobre un acantilado en la costa de Alicante.
Era asombrosa y tenía un jardín enorme desde el que podía verse el Peñón de Ifach y la costa de Calpe y Moraira.
Habían colocado el altar y las butacas para los invitados cara al mar.
Eran principios de septiembre y habían dispuesto toldos de seda para que se encontraran frescos.
Ramos de flores engalanaban los rincones y la tarima en la que tocaría la orquesta. La brisa era agradable.
Esperaban a unos cien invitados y el personal contratado para el evento se ocupaba de los últimos detalles: la alfombra que llegaba al altar, ajustar los farolillos y colocar las tarjetas para los invitados en las mesas.
Andrea, más ilusionada que nerviosa, contemplaba el ir y venir de gente desde la ventana de su alcoba.
Ella ya estaba preparada y tenía especial cuidado de no mancharse con nada.
Iba preciosa con su vestido de novia de tirantes con mangas transparentes.
La falda le llegaba en tubo por debajo de las rodillas y los tacones estilizaban sobremanera su figura.
La habían maquillado a la perfección y se miraba al espejo mientras sus hijas le preparaban las joyas que luciría.
—¿Se puede? —llamaron a la puerta.
Antes de que pudiera contestar, la cabeza de María ya asomaba. Andrea se volvió hacia ellas.
—Pasad, pasad, mis damas de honor —las animó.
Las tres entraron. Llevaban tres vestidos con el mismo tono de azul suave, de seda, cada uno adaptado a la personalidad de cada mujer.
—Andrea, eres la novia más guapa —dijo Celia al acercarse, admirada.
Andrea no pudo evitar reír. Lo de ser el centro de atención, la novia nada más y nada menos, hacía que sintiera emoción y nervios a partes iguales. Lo bueno es que le daba por reír y eso la hacía parecer de lo más simpática.
—Oye —dijo María cuando estuvieron las cuatro frente al espejo—, que, si tienes dudas de última hora de esas de salir corriendo, tú cuéntanos, que te las quitamos de un bofetón, en confianza.
Las cuatro rieron.
—No tengo dudas, eso no. Creo que esto es lo más natural que he hecho en toda mi vida —aseguró la novia.
—Quién nos lo iba a decir —suspiró Celia— cuando volvíamos del funeral de Camila. La que hemos liado.
—Por ella —dijo Andrea, mirando hacia el cielo. Las demás miraron al cielo también—. Vosotras sí que estáis guapas. Espero que tengáis vuestro discurso preparado.
Las tres asintieron.
—Yo contaré cómo conocimos a Rodolfo —dijo Celia, mirando a María de reojo.
—¡Ni se te ocurra! —se defendió esta última—. Dime que es broma, ¡dímelo, Celia!
Las demás se echaron a reír recordando el incidente de María en el hall de aquel hotel.
—Es broma —reconoció al final Celia—. Pero, si me quedo en blanco con el que me he preparado, no descarto echar mano a esa historia.
—¡Prométeme que no! —suplicó María.
Y sus amigas la abrazaron.
—¡Lo prometemos! —gritaron al unísono.
Y se echaron todas a reír.
Andrea las miró de repente, como si hubiera recordado algo:
—Por cierto, llevamos ya mucho dinero en regalos recaudado para FHU. Rodolfo dice que hemos doblado las expectativas.
A Celia se le iluminó la mirada y a Amparo, recordando a Chapati Kumar, también.
—Mi nieta va a estar contentísima —anunció Celia—. Mil gracias de corazón. Después te dirá ella misma, pero no te puedes ni imaginar lo que las donaciones de los amigos de tu futuro marido están haciendo por la comunidad.
«Marido». Aquella palabra hizo que a Andrea le volvieran los nervios. Si no pensaba en otra cosa, comenzaría a morderse las uñas.
—Amparo, ¿cómo va Mónica? —preguntó a su amiga.
—Va muy bien. Está viéndose con Alonso a escondidas. Piensa que no lo sabemos, pero los hemos pillado un par de veces. Creo que mi yerno le está haciendo pasar por el aro, pobre.
Escucharon de repente voces desde el jardín. Los invitados comenzaban a llegar.
—Mirad, ya llega gente —señaló María.
—¿Y ese cochazo? ¿Conoces a la rubia que baja? —preguntó Amparo asomándose por la ventana.
—La cuestión es que a mí me suena de algo —dijo Celia, intentando hacer memoria.
Alguien bajó del vehículo y cogió a la rubia de la mano. ¿Quién sería? Desde donde estaban solo podían ver el cogote de un hombre de pelo negro y tez muy morena.
Les resultaban tan familiares los dos… La chaqueta clara, la manera de caminar… Las cuatro cayeron de repente, se miraron entre sí y comenzaron a chillar.
—¡Julio Iglesias! ¡Es Julio Iglesias con Miranda!
—¡Juliooooo!
Y, sin que ni siquiera las hijas de Andrea pudieran detenerlas, abandonaron la habitación y corrieron escaleras abajo, atropellándose las unas a las otras.
María se desequilibró y tuvo que abrazarse a la barandilla porque Celia pisó su vestido y, cuando Andrea se apresuró a ayudarla, hizo tropezar a Amparo.
No pudieron contener las risas y se sentaron en los escalones.
Entonces se abrazaron. Ayudaron a María a colocarse la manga y Celia se limpió una mancha de maquillaje.
Se miraron un instante y se abrazaron con todo el amor de su corazón. Eran las reinas de Asia.
FIN