LA ESENCIA DE CELIA
Una vez en el coche con sus hijos, Celia respiró hondo y se dirigió hacia el mayor, Pepe, y le colocó el brazo en el hombro.
—Llévame a ver a tu padre —pidió.
Pepe carraspeó y lanzó una mirada fugaz a su hermano Manolo antes de contestar. Este se encogió de hombros.
—¿No estás cansada, mamá? —replicó—. Podríamos ir mañana.
—Lo echo mucho de menos —confesó Celia—. Necesito verlo.
—No conoce a nadie —susurró Sonia, la pequeña.
—Solo quiero verlo, un segundo.
—Pues que no se diga —dijo Pepe—, pero no te desanimes, que has venido muy guapa, mamá. Estás radiante, diferente. Papá está enfermo, eso es todo. No es algo que pueda elegir o controlar, así que no te sientas mal.
—Lo sé —aseguró Celia. Pero no estaba muy segura de entenderlo.
—Pero, bueno, cuéntanos de tu aventura —dijo Sonia, para animarla—. ¿Qué ha sido lo mejor?
Celia suspiró y no pudo evitar sonreír al recordar su estancia en FHU.
—Lo mejor de mi viaje ha sido Blanca, tu Blanca —dijo dirigiéndose a Manolo—. Lo mejor ha sido comprobar la gran persona y la incansable luchadora en la que se ha convertido. Sin ella, no habría comunidad.
Manolo se reclinó hacia atrás en el asiento.
—Ya estamos —se enfadó—. Si tan luchadora es, ¿por qué no se saca una oposición y está aquí, como todo el mundo?
Celia frunció el ceño.
—Porque está donde tiene que estar, donde muy pocos podrían.
Y en todo momento tiene presentes a su familia y a su carrera.
Está intentando usar lo que ha estudiado para mejorar el mundo y es muy ambiciosa.
Ni todos los que están aquí valen ni se han ido los que menos valía tienen.
Y ahora os digo que la próxima vez que alguien hable de mi Blanca sin todo el respeto que merece, se las verá conmigo.
—Cómo se nota que no es tu hija —se quejó Manolo—. Su madre está preocupada y…
—Pues, si está preocupada, que coja un avión y que vaya a visitarla. Y a ti te digo lo mismo, Manolo, que Blanca no está en otra galaxia.
Celia se cruzó de brazos y mantuvo el gesto serio. Los tres hermanos se miraron por el espejo retrovisor central y arquearon las cejas, sorprendidos por su reacción.
Entraron juntos a la residencia de Manuel.
A Celia le había parecido que habían pasado mil años desde la última vez que estuvo y lo observaba todo como si lo descubriera.
Tenía tantas ganas de verlo que no dejó que el miedo hiciera temblar su paso.
La conversación con su hijo le había dado la inyección de adrenalina que necesitaba para enfrentarse a ese momento.
Cuando vio a su esposo en la sala de la televisión, estaba sentado solo frente a una mesa con el gesto ausente; el sol que entraba por la ventana recortaba su silueta contra la pared contigua.
Celia resopló para tomar fuerzas y se acercó a su marido.
Sus hijos la siguieron varios pasos por detrás. Cuando llegó hasta él, lo llamó.
—¿Manuel?
Y él alzó la mirada hasta clavarla en la de ella.
Celia, que no había esperado que lo hiciera, se sentó a su lado.
—Manuel —repitió, buscando en sus pupilas. Y se reconoció en ellas.
—Celia —dijo él.
Abrazó a su marido y le dio un beso en los labios. Él sonrió.
—Manuel…
—Creí que no vendrías nunca, Celia, llevas años sin visitarme, menos mal que has vuelto. A veces viene una mujer y me cuenta cosas, pero no eres tú. Tú estás aquí, has vuelto.
Celia lo abrazó mientras sus hijos, emocionados, presenciaban lo que parecía un milagro.
El momento de lucidez de Manuel no duró mucho y pronto volvió a mirar al infinito, pero a Celia le bastó.
Le acarició la barbilla con lágrimas en los ojos y volvió a besarlo en la mejilla.
Decidió dejar de ser la sombra en la que se había convertido desde que él se puso enfermo, una sombra que había perdido su esencia; y, a partir de entonces, comenzó a arreglarse cada vez que visitaba a su marido.
Se maquillaba y se ponía su mejor perfume, incluso a veces aparecía con gafas de sol y recogido de peluquería.
Entonces sentía que, por un instante, él la reconocía.