LOS PREJUICIOS DE MARÍA
María estaba encantada con sus gatos. Luis, el nieto de Celia, salió con ella del aeropuerto y, después de dejar en casa a sus hermanas, la llevó hasta su apartamento a recoger las cosas de los felinos. Gabriel, que también quería despedirse de Sofy y Loren, los esperaba con la comida lista.
—María, estás muy guapa —dijo al recibirla—. ¿Estás más delgada? Pareces otra.
María sonrió coqueta. Ella también se lo había notado.
—Es que soy otra —dijo orgullosa.
Luis y Gabriel la miraban sin entender. ¿Se habría operado de algo?
Y al final María se lo dijo:
—Yo también soy lesbiana.
Los muchachos la miraban divertidos.
—Señora, nosotros no somos lesbianas.
—Ya me entendéis.
Los dos la abrazaron. Estaban convencidos de que no habría sido fácil para ella llegar a esa conclusión y querían mostrarle todo su apoyo.
Desde que se había aceptado a sí misma ya no tenía esas urgencias por comer ni esas hambres de madrugada que le hacían atacar la nevera.
Tantos años recibiendo señales de su cuerpo para avisarla de que algo no estaba en equilibrio la habían convertido en una mujer insegura y llena de miedos y prejuicios.
Por primera vez en la vida se encontraba bien consigo misma.
Y hablaron del viaje y de todas las cosas que les habían pasado, desde el momento en el que conocieron a Rodolfo hasta su intento de salvar a Blanca de la secta en la que pensaban que estaba atrapada.
La nueva María, la que se reía de sí misma, la que aceptaba cada parte de su personalidad, rio al recordar cada anécdota y disfrutó rememorando cada momento.
¿Tantas cosas les habían pasado?
Ni siquiera ella misma podía creerlo.
Comieron, brindaron con vino y lo pasaron bien.