Las reinas de Asia LA DETERMINACIÓN DE ANDREA
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LA DETERMINACIÓN DE ANDREA

Rodolfo y su hijo Ángel fueron sometidos a un verdadero interrogatorio por parte de los hijos de Andrea desde que salieran del aeropuerto, pese a los intentos de Andrea para que no los atosigaran tanto.

—Que acabamos de aterrizar —se quejaba la mujer—. ¿No habéis oído hablar del «yelang»? Estamos muy cansados, que no respetáis nada. No seáis pelmas, que sois muy pelmas cuando os ponéis.

Pero ni caso.

Cuando llegaron al aparcamiento, los hijos de Andrea discutieron acerca de la manera de distribuirse en los coches, porque todos querían a Rodolfo en el suyo para seguir con las preguntas.

Ángel, divertido, sacó bolígrafo y papel e hizo esquemas imposibles para ver cuál podría ser la mejor opción.

Al final metió a su padre en el mismo coche que los dos hijos y los dos yernos de Andrea y le deseó suerte.

Él subió en el de una de las hijas con los nietos y Andrea montó con su otra hija y sus nueras.

Cuando todos estuvieron conformes, comenzaron la marcha y tres interrogatorios paralelos, cada uno en uno de los vehículos.

—Bueno, espero que tus intenciones sean serias —dijo uno de los hijos a Rodolfo—. ¿Pensionista?

—No, todavía trabajo.

—Lo importante es que te quede buena paga —replicó.

—Cuando mi madre nos dijo que había conocido a tu padre en Tailandia, nos imaginamos, ya sabes… —dijo la hija de Andrea a Ángel—. No lo digo en alto porque están los niños…

—¿Qué te habías imaginado, mamá? —preguntó una de las nietas pequeñas mirando a Ángel de reojo.

—Nada, nena, pues que hay señores que salen de viaje a ver si consiguen una mujer jovencita por ahí… —le explicó su madre.

—¿Y para qué? —insistió la pequeña.

—Para quererla mucho, nena, pero deja que hable con el hijo del novio de tu abuela.

—Mamá, que casarse son palabras mayores.

—Lo sé, por eso me caso, Isabel —replicó Andrea.

—Deja a tu madre, que tonta no está —dijo una de las nueras—. Anda que menudo señor se ha buscado. Qué porte.

Hablaban tan deprisa entre ellas que Andrea ni siquiera encontraba hueco para contestar.

—¿Me dejarás a mí hablar con mi madre?

—Tiene pinta de actor —dijo la otra nuera.

—¡Ala! —chilló Andrea.

—Solo espero que no esté contigo por papeles —se quejó Isabel.

Cuando llegaron al piso de Andrea, la mujer no se atrevía a abrir la puerta.

No sabía lo que Tomás habría hecho con su casa ni si estaría en condiciones de ser visitada, pero más de quince personas la apremiaban para que girara la llave y no pudo demorar aquel instante ni un segundo más.

Abrió y, para su tranquilidad, olía a limpio.

Anduvo hacia el salón y todo tenía muy buena pinta, así que la inquietud dio paso a la sensación agradable de encontrarse en su hogar con sus paredes, su sofá y su televisión.

Disfrutó poco de aquella sensación porque los que venían por detrás de ella estaban impacientes por sentarse y escuchar a su madre explicar qué era todo eso de la boda.

Y cuando se sentaron, Andrea los hizo callar al fin y habló con ellos. Les contó que se había enamorado, que pensaba vivir la vida y que contaba con todos ellos para disfrutarla. Cogiendo la mano de Rodolfo les dijo que era el hombre al que amaba y que no quería separarse de él por nada del mundo.

Y nadie pudo decir nada porque Andrea se sentía pletórica.

No había duda de que era feliz.