Las reinas de Asia LA BIENVENIDA
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LA BIENVENIDA

Una veintena de familiares las esperaba en el aeropuerto de Valencia.

Los más expectantes eran los hijos de Andrea, que acudieron con su pareja y sus hijos, impacientes por conocer a su misterioso novio.

Alzaban la cabeza intentando atisbarla entre los pasajeros que salían a la terminal, curiosos, y se mordían las uñas de la incertidumbre.

¿Era verdad que volvía con novio? ¿Sería indio?

¿Balinés? El tema les traía de cabeza. Con la de hombres que la habían cortejado sin éxito y en un mes en el extranjero parecía haber encontrado al amor de su vida.

Estaban también los tres hijos de Celia y su nieto Luis con dos transportines desde los que se escuchaba maullar a Sofy y a Loren.

Había dos hermanas de María y también estaban Clara, la hija de Amparo, su marido Víctor y Martín.

Desde que anunciaran el aterrizaje de su vuelo no dejaron de mirar a los que salían cargados de maletas.

¿Dónde estarían? ¿Por qué se entretenían tanto?

Seguro que eran las últimas en salir del avión.

Estaban impacientes por besarlas, verlas y comprobar de primera mano que estaban bien.

Tomás se soplaba el flequillo para no perder detalle y fue el que alertó a los demás de que las había visto de refilón en la cinta de recogida de equipajes.

Dio un grito y echó a correr para abrazarlas aun antes de que salieran por la puerta, haciendo que un par de guardas de seguridad estuvieran a punto de placarlo.

Ellas respondieron a su efusividad con un cálido abrazo.

Rodolfo y Ángel, que iban más retrasados con el carrito de maletas, adivinaron al instante de quién se trataba.

—Gracias —le dijeron las mujeres—, nos has dado la vida, Tomás.

—Sois mis ángeles, chicas —lloraba él.

Celia adivinó que sus emociones se debían a los nervios por no haber podido decir nada acerca de la enfermedad de Andrea. Seguro que era lo que lo tenía tan afectado, así que, dándole unas palmaditas en la espalda, lo abrazó y le dijo que todo estaba bien, que no debía preocuparse por nada.

Y cuando las cuatro aparecieron por la puerta al fin, a la vista de todos los que las esperaban, los familiares gritaron, aplaudieron y se adelantaron hacia ellas. Hubo besos, abrazos y mucha emoción. Y hubo también apretones de manos y presentaciones.

Rodolfo y Andrea respondieron pacientes a las primeras preguntas de los hijos de ella, María achuchó a sus gatos y Celia a sus hijos.

Era extraño volver a sus vidas después de lo que se les había antojado una eternidad y, cuando llegó la hora de separarse, las cuatro se fundieron en un efusivo abrazo.

—Os voy a echar mucho de menos —sollozó María—. Ya casi me había acostumbrado a vuestros ronquidos.

—Que yo no ronco —se quejó Andrea. Y Celia lanzó una risotada.

—Lo hemos conseguido, chicas —dijo Amparo.

—Esto no ha hecho más que empezar —replicó Andrea.

—Somos las reinas de Asia —proclamaron.

Y las cuatro pusieron una mano en el centro del corro que formaban y se la apretaron con fuerza. Recordaron entonces aquella primera foto en el fotomatón. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Parecían años en los que habían crecido, aprendido, llorado, reído y amado.

Se abrazaron de nuevo y después se miraron a los ojos, sabiendo que eran mujeres nuevas, mujeres dispuestas a disfrutar de la vida. Regresaron con sus respectivas familias, mirándose por última vez a medida que desaparecían en taxis, coches y autobuses.

Estaba bien volver a casa.