LA AYUDA
Amparo, Celia y María no se movieron del hotel a la mañana siguiente. Los segundos se les pasaban interminables dando explicaciones a los familiares de Andrea y esperando noticias.
Andrea debía volver, tenía que hacerlo en cualquier momento, pero ¿y si estaba perdida? ¿Y si ni siquiera se reconocía a sí mima?
Se sintieron diminutas e inseguras. Ni siquiera acertaban a tomar el aire para respirar.
Alrededor de las tres de la tarde, llamaron a la puerta de la habitación. Las tres se miraron con los ojos bien abiertos.
¿Andrea?
El corazón les dio un vuelco, pero, cuando Celia se apresuró a abrir la puerta, no era su amiga la que estaba al otro lado. Ante ella se erguía un hombre alto. Aparentaba no más de sesenta y pocos y tenía el porte atractivo. Vestía un traje de lino y un pañuelo elegante anudado al cuello.
—¿Rodolfo? —preguntó. Y las demás se asomaron.
Su mirada era grave, pero, aun así, el hombre esbozó una sonrisa. Tenía los dientes blancos y perfectos. Con los ojos buscaba a la que no estaba en la habitación.
—¿Qué haces aquí? —preguntaron Celia y Amparo casi al unísono.
María fue la que contestó.
—Yo lo he llamado —explicó—. Es que no sabía qué más hacer y no quería decíroslo por si no me dejabais. Se me ocurrió de repente. Le he contado lo del médico, ya sabéis.
Las otras no sabían qué pensar y la propia María, viéndolo frente a ella, entendió que tal vez tampoco pudiera ayudarlas. Estaban perdidas, tan perdidas como la propia Andrea.
—Tranquilas —les pidió Rodolfo—. He venido lo antes posible. Ya estaba de vuelta en Miami. Contadme si sabéis algo más.
Las tres sacudieron la cabeza. No había nada nuevo que pudieran decirle. Los asistentes de Hans todavía buscaban. Habían ampliado el área y el número de voluntarios, pero no daban con ella y la policía todavía no estimaba oportuno intervenir.
—Tú sabes que ella no se hubiera ido por su propio pie, no nos hubiera dejado solas —lloró Amparo—. Ella es la que nos mantiene unidas, la que nos impulsa para adelante. Lo sabes, ¿verdad?
Rodolfo asentía. Hubiera querido decirles que ellas también eran fuertes; que, de hecho, eran el apoyo de Andrea, las que la mantenían optimista; pero había cosas más importantes que hacer.
Rodolfo se asomó a la ventana del hotel y miró hacia la calle. Bajo él se extendía una India abarrotada de gente, animales y vehículos. Los tres carriles por calzada de Nungambakkam acomodaban seis filas de vehículos y el tráfico circulaba lento.
—No os preocupéis por nada —dijo, con la vista fija todavía en la calle—. No pararé hasta dar con ella. A mí Andrea no se me vuelve a escapar.
Antes de despedirse de las mujeres, Rodolfo les propuso cambiar de hotel. Las veía cansadas y pensó que tal vez les convendría un lugar más amplio y más cómodo, pero ellas se negaron en redondo.
¿Y si volvía Andrea?
Rodolfo asintió y se marchó.
La siguiente vez que llamaron a la puerta de la habitación, se trataba de una empleada del hotel portando comida que Rodolfo había encargado para ellas.
Y a la mañana siguiente tuvieron noticias al fin.
Rodolfo las llamó por teléfono.
—La hemos localizado. Os he mandado un coche, está de camino ya.
Y con la emoción de la noticia se abrazaron las unas a las otras. Cuando quisieron darse cuenta, no había nadie al otro lado del teléfono.
Había colgado.
—¿Dónde está entonces? —preguntó Celia.
—Pero ¿está bien? —dijo Amparo.
Deberían haber estado más atentas. Les dolía el estómago de los nervios y la incertidumbre. No querían perder un segundo y se cambiaron de ropa a toda prisa. Mandaron un mensaje a Tomás para decirle que la habían encontrado y el chico les contestó al instante con aplausos.
Bajaron a la calle después de casi dos días sin pisarla y la sintieron más ruidosa que nunca. Vieron llegar el coche y se subieron sin darle oportunidad de detenerse completamente. Sabían que era el de Rodolfo, ya que era el único que habían visto de gama alta fuera de los estudios de cine.
Llamaron a Hans y le dijeron que habían dado con Andrea.
Condujeron durante más de una hora, aunque no recorrieron ni veinte kilómetros a través de la ciudad, y se les hizo la travesía más larga del mundo.
Afuera, los transeúntes sobrevivían ajenos los unos a los otros, conviviendo en un sistema que los convertía en invisibles.
Cuando se detuvieron al fin frente a la entrada principal de un hospital, no pudieron más que mirarse las unas a las otras y cogerse fuerte.
Rodolfo las esperaba a la entrada y corrió a abrirles la puerta y ayudarlas a bajar. Decenas de personas salían y entraban, había ambulancias y gente herida que se dirigía a la puerta de emergencias, y sintieron claustrofobia.
—Ella está bien —se limitó a decir Rodolfo—. No os preocupéis, que Andrea está bien.
Las tres decidieron creerlo al instante. Rodolfo les explicó que había contratado a un grupo de detectives para que buscara en todos los hospitales y casas de socorro. Debían preguntar por una mujer blanca que anduviera desconcertada o que hubiera sufrido algún tipo de accidente.
—Pero ¿está bien? —insistió Amparo.
Rodolfo asintió de nuevo.
—Al parecer tuvo un accidente poco después de salir del hotel. Un rickshaw debió de golpearla y perdió la consciencia. Estuvo un rato caída en la calle hasta que una muchacha detuvo su vehículo, la cargó con ayuda de una amiga y la trajeron a este hospital.
Las tres lo miraban sin perder detalle de cualquier gesto que les revelara el estado en el que se encontraba su amiga. Les había dicho que estaba bien, pero la historia que les contaba era terrible.
Rodolfo seguía hablando:
—Despertó anoche y, según las pruebas que le han hecho, no hay hemorragias ni nada alarmante. Está descansando. He podido verla, pero no he querido despertarla. Sé que la alarmaría verme. Prefiero que os vea a vosotras primero.
—¿Y lo otro…? Ya sabes —preguntó María.
—Su accidente y el hecho de no haberos contactado no se debe al alzhéimer. Su enfermedad no ha tenido nada que ver. Cuando despertó, no pudo comunicarse con nadie, pero sí escribió sus nombres en un papel y la ubicación aproximada del hotel. Su cabeza está perfecta.
Las tres suspiraron aliviadas. Notaron que les temblaban las piernas y se abrazaron las unas a las otras.
Subieron por un ascensor que estaba repleto de gente.
Cuando se abrieron las puertas de la planta en la que se encontraba su amiga, caminaron despacio, dirigidas por Rodolfo, hasta la habitación.
—Esperad —las detuvo Celia antes de que entraran—. Tal vez sea mejor que no sepa… bueno, ya me entendéis, que lo sabemos. Este es su viaje.
Tenían los ojos empapados en lágrimas. Las demás asintieron. La emoción no les dejaba decir más.
Había dos hombres apostados en la puerta de la habitación que, tras recibir instrucciones por parte de Rodolfo, desaparecieron. Las tres mujeres entraron solas.
Andrea compartía habitación con seis personas más.
Un sistema de rieles y cortinas las aislaban entre sí.
Se acercaron a ella intentando contener la emoción para no sobresaltarla y, cuando estuvieron junto a su cama, la observaron atentamente.
Estaba plácidamente dormida. No había vendajes, tan solo algún rasguño en la cara, una venda en un brazo y la vía del gotero.
Los días de búsqueda, el descubrimiento de la terrible noticia y el convencimiento de que podrían no volverla a ver afloraron en forma de lágrimas silenciosas al tomar su mano.
Unos minutos después Andrea abrió los ojos y se incorporó de la cama de un salto.
—¡Chicas! —exclamó—. ¡Por fin! ¿Cómo me habéis encontrado? Menos mal, estaba preocupadísima por vosotras, no sabía cómo avisaros.
Después hizo una mueca de dolor. Había recibido el golpe en la espalda.
—Andrea, guapa, qué susto —dijo Amparo, besándole la mano.
—Lo siento, lo siento mucho. Solo recuerdo el golpe y después ya nada, desperté aquí y no había manera de explicarles cómo avisaros —sollozó Andrea.
Se abrazaron procurando no ejercer presión sobre su dolorida amiga. La habían extrañado tanto…
—No te preocupes, no te preocupes —la tranquilizó Celia, haciendo que se tumbara de nuevo—. No debiste dudar ni un momento que te encontraríamos.
—Claro —dijo María—. Somos las cantantes de Bangkok, las terapeutas de Bali y las actrices indias. Podemos con todo. Nos une un hilo invisible, para siempre.
Las tres asintieron y se inclinaron sobre su amiga de nuevo.
—Sois las mejores, chicas —dijo Andrea.
—Y ¿cómo te encuentras? —preguntó Celia. Andrea miró al techo.
—Pues como si, después de haber caído de un barco tras una tormenta, haber sido objetivo de cien pelotas de goma y haberme despeñado por un precipicio, me hubiera atropellado un rickshaw .
Las otras tres sonrieron.
—¿Cómo lo habéis hecho? ¿Cómo me habéis encontrado? —preguntó Andrea curiosa.
—Nos ha ayudado alguien —confesó María. Andrea las miró sin comprender.
—¿Hans? —se atrevió a preguntar.
—Aparte del pobre Hans —dijo Amparo.
María se puso en pie.
—Mejor voy a buscarlo. Seguro que quiere verte.
La cara de Andrea era un poema. Fruncía el ceño en un esfuerzo por entender de quién podría tratarse.
Si no era Hans, no se le ocurría nadie.
Y cuando María volvió a entrar, Rodolfo la acompañaba.
Amparo y Celia se pusieron en pie y Andrea simplemente se quedó boquiabierta.
No se lo hubiera imaginado ni en un millón de años, aunque fuera la persona que hubiera deseado ver cada día desde que se separaran.
Rodolfo se acercó a la cama. Su traje de lino le sentaba impecablemente bien y el pañuelo era muy acertado.
Sostenía un ramo pequeño con unas cuantas rosas rojas.
Era Rodolfo, un Rodolfo con dientes, terriblemente atractivo. Andrea no podía creerlo. Intentó peinarse y alisarse la sábana que la cubría. Celia la ayudó con una nueva almohada para que pudiera incorporarse.
—Os dejamos solos —dijo Amparo, tirando literalmente de Celia y María, que no querían perderse la escena del encuentro por nada del mundo.
Y cuando estuvieron solos, ambos se sonrieron.
—¿Tú? —preguntó Andrea.
Rodolfo se encogió de hombros y le tendió las flores.
Andrea las aceptó. Agradeció tener algo entre las manos.
Estaba terriblemente nerviosa. Rodolfo cogió una de las sillas que descansaba cerca de la pared y la acercó a la cama para sentarse junto a Andrea.
No quería incomodarla, así que no se acercó todo lo que le hubiera gustado.
—Estás muy guapo. Estás increíble —balbuceó ella.
—Son los dientes —dijo él.
—No, eres tú —lo dijo sin pesar y se arrepintió nada más hacerlo. Se tapó la cara con las flores y a él le dio la risa—. ¿Cómo has venido?
—Me llamaron. Tus amigas se preocuparon al ver que no aparecías.
—Pobres, menudo susto han debido de darse.
—Yo también me asusté, Andrea —confesó Rodolfo—. Cuando me dijeron que algo podría haberte sucedido, no lo dudé un momento, no había nada más importante que hacer. Tenía que venir.
Andrea no sabía qué decir.
—Te lo agradezco. Gracias. Siento todo esto…, que te molestaras. Yo…
—No lo sientas. Lo digo de corazón.
—He pensado en ti todos los días —confesó él. Andrea se escondió tras las flores de nuevo.
—¿Has venido solo hasta aquí? —dijo ella intentando cambiar de tema.
—Me acompañó mi hijo, él aprovechó para programar un par de reuniones en Delhi. No debimos separarnos nunca, Andrea. Estuve tentado de buscarte en Bali, pero no era justo, era vuestro viaje. Pero ahora… ahora ya no quiero dejarte más.
Andrea negó con la cabeza.
—Rodolfo, eres una persona increíble, realmente increíble. Eres tan independiente, tan activo… No sería buena compañía.
Rodolfo la miró. Andrea quería decirle más y quiso dejarle el tiempo para hacerlo.
—Rodolfo, estoy enferma. Me detectaron alzhéimer hace unos meses. Por eso no es justo… Tú… ya sabes.
Rodolfo le cogió la mano.
—Andrea, los dos sabemos lo que es la vida.
Llevamos unos cuantos años navegándola y hay incertidumbre, nunca ha dejado de haberla.
Cuando algo maravilloso sucede, hay que aprovecharlo, y Dios dirá.
Yo quiero estar contigo. No somos tontos, aprovecharemos bien el tiempo, lo estiraremos.
Tengo setenta y ocho y dientes nuevos. Nunca es tarde. Andrea no sabía qué decir.
Rodolfo se puso en pie, apartó hacia atrás la silla e hincó la rodilla junto a la cama de la mujer.
—Andrea, ¿quieres casarte conmigo? Mostró un estuche con un anillo.
Andrea no podía salir de su asombro. Volvió a quedarse boquiabierta. No sabía qué decir. Pudo ver a sus amigas, asomadas a la puerta, que daban palmas y le indicaban que aceptase. Andrea estaba demasiado desconcertada como para decir nada.
Los que entraban y salían de la habitación se detuvieron para ver qué pasaba con aquellos dos y Andrea, que se encontraba totalmente abrumada, dijo que sí con la cabeza. Lo dijo de manera tenue al principio y más segura después.
—Sí, sí, sí.
Hubo aplausos y vítores. Incluso los que vagaban por el pasillo se contagiaron por la alegría de la buena nueva.
Rodolfo se inclinó hacia Andrea y la besó.
Las amigas no podían creerlo. Se acercaron a su amiga y la abrazaron también.
¡Andrea se casaba!
¿No era increíble?
¿No es maravilloso cuando la vida de repente abre mil ventanas donde cerró una puerta enorme?